Entre hierros retorcidos y pestilencia a químicos, en las antiguas bananeras doña Digna Jirón trae a su memoria la pesadilla de los años que ahí laboró. “Nunca imaginé que al manosear ese químico hoy padecería de esta enfermedad que me está matando”. (LA PRENSA/M. ESQUIVEL)

Víctimas del Nemagón: Génesis de una pesadilla

Mientras el caso del Nemagón va con incertidumbre al banquillo de los acusados en Estados Unidos, en Chinandega la muerte y el dolor recorren sin prisa los paisajes rurales del Occidente del país, donde dos pensamientos ocupan la mente de miles de campesinos pobres que trabajaron en las fincas bananeras: la esperanza de una indemnización […]

  • Mientras el caso del Nemagón va con incertidumbre al banquillo de los acusados en Estados Unidos, en Chinandega la muerte y el dolor recorren sin prisa los paisajes rurales del Occidente del país, donde dos pensamientos ocupan la mente de miles de campesinos pobres que trabajaron en las fincas bananeras: la esperanza de una indemnización que aún no llega y la lucha por no morirse.

José Adán Silva [email protected]

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PRIMERA ENTREGA
En el verano Posoltega es un pueblo ardiente donde el sol cae tan fuerte que hasta parece que se le escuchan los pasos al calcinar la superficie de polvo, maleza y piedra. Un paisaje inerte de llanos desolados y árboles lánguidos se extiende del centro de la ciudad a este caserío rural con aires de abandono, donde hace cinco años la muerte bajó convertida en un alud de lodo que mató a unas tres mil personas, durante el trágico paso del huracán Mitch por Centroamérica, en octubre de 1998.

Ahí, en una casa de madera, piso de tierra y techo de zinc, tan humilde como silenciosa, vive Leticia Vidaurre. Sentada en una vieja silla de metal, a unos dos metros del fogón de leña en brasas y pendiente del olor que emana de un viejo trasto donde se cocina una masa burbujeante de frijoles, cuenta que sufre de cáncer.

Obesa, de piel canela y ojos dulces, con 45 años encima, intenta reprimir el llanto que se le viene de muy hondo cuando recuerda el día en que un médico le diagnosticó cáncer en la matriz.

Antes pensaba que la tortura de sus riñones en proceso de secamiento era lo más terrible del dolor humano, pero luego le vino el cáncer en las entrañas, las manchas negras sobre la piel, las pesadillas sobre sus hijos enfermos y, desde entonces, no conoce la paz.

“Esto no es vida”, comenta agobiada, sudando por la cercanía del fogón, con los ojos húmedos y dos bolsas plásticas repletas de recetas médicas asidas a sus manos regordetas.

Está contando su historia de obrera de las fincas bananeras que se asentaron en el Occidente del país a finales de los años sesenta, cuando la realidad le interrumpe el recuerdo y algo le muerde muy fuerte en su interior.

Se queda muda sobre su silla, inclina el cuerpo hacia sus rodillas, se aprieta con ambas manos el bajo vientre, los ojos se le llenan de lágrimas y su rostro se torna lívido. Parece a punto de desmayarse. Con dificultad nos pide agua, y toma las pastillas que guarda en el delantal blanco. No puede seguir hablando. Debe descansar.

PESADILLA COLECTIVA

La visita a casa de Leticia fue el final de un recorrido de varios días por comunidades rurales disgregadas en todo el departamento de Chinandega, donde se vive un drama que consume el tiempo y la salud de miles personas: una demanda masiva de ex trabajadores de las fincas bananeras, quienes esperan, en pobreza todos y en agonía muchos, el desenlace de un juicio que inició hace 13 años.

Ella sabe que el caso se ventila en cortes y juzgados de Managua, Chinandega y Los Ángeles (Estados Unidos), contra tres compañías norteamericanas a las que acusan de haberles expuesto a los efectos tóxicos de los pesticidas, conocidos comercialmente como Nemagón y Fumazone, pero nada más. Leticia, al igual que todos los ex bananeros afectados, pregunta con emoción: “¿Usted sabe algo nuevo de la demanda?”.

RATAS, PRIMERAS VÍCTIMAS

Ella sólo sabe, o cree, que esa sustancia llamada Nemagón, que de lejos olía a piña madura y que era tan sabroso su olor que la gente se paraba en las rondas a respirarlo con profundidad, es la que la está matando. No sabe, por ejemplo, que el Nemagón es el nombre comercial del DBCP o 1.2-dibromo-3-chloropropane, un nematicida cuya toxicidad llevó al gobierno de Estados Unidos a prohibir su uso en suelo norteamericano. “Yo no sé de esas cosas, sólo sé que yo no era así hasta que salí de trabajar ahí”, se queja.

Según diversos estudios citados por los abogados de las víctimas, en el expediente radicado en una Corte Federal de Los Ángeles, el DBCP es un químico altamente persistente y móvil, que se descompone lentamente en el suelo y puede filtrar la tierra hasta llegar a los mantos acuíferos y permanecer ahí entre 80 y 200 años.

Según la documentación, el nacimiento de esta sustancia data de los años 50 del siglo pasado. Los primeros estudios toxicológicos sobre el DBCP fueron realizados por el doctor en medicina Ted Torkelson por parte de Dow Chemical, y por su colega Charles Hine, de la Escuela de Medicina de la Universidad de California, por Shell Chemical.

Ambos encontraron problemas en sus pruebas de laboratorio con dosis bajas, cuando las ratas que usaron para los experimentos mostraban un crecimiento retardado, daños en sus órganos y testículos reducidos. Con dosis mayores, todas las ratas que sobrevivían habían reducido el tamaño de sus testículos a la mitad. Con dosis más altas, las ratas quedaron estériles.

En un informe confidencial de Shell, fechado en abril de 1958 y revelado por ex empleados que demandaron a la compañía años después, el doctor Hine escribió: “Entre las ratas que han muerto, lesiones mayores han podido observarse principalmente en los pulmones, riñones y testículos. La exposición prolongada o repetida puede resultar en atrofia testicular”. El informe fue ocultado y el químico salió al mercado para ser usado en las plantaciones de banano y piña en el mundo.

Desde finales de los años sesenta y se sospecha que hasta finales de los ochenta, el DBCP fue usado en cientos de plantaciones bananeras en todo el mundo. Los países donde se aplicó el químico fueron: Guatemala, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Panamá, Perú, Ecuador, Filipinas, Santa Lucía, República Dominicana, San Vicente, Burkina Faso y Costa de Marfil.

ROCÍO MORTAL

En Nicaragua el Nemagón se mezclaba con el agua de riego que salía por las torres de aspersión, a través de pistolas giratorias, que lanzaban potentes chorros de líquido que caían sobre las plantaciones.

A un ex obrero bananero cuyos pulmones se le redujeron hasta casi asfixiarlo, y ahora habla entre silbidos, explica a LA PRENSA que el producto químico se aplicaba así cuando el suelo estaba seco y soplaba poco viento.

Recuerda que la aplicación del químico por este procedimiento se hacía en las noches, hasta el amanecer, cuando ya no había trabajadores en la plantación.

“Muy tempranito a la mañana siguiente, todos los trabajadores, sin ninguna protección, entrábamos a las haciendas a las labores de siempre; cuando el sol salía y calentaba la tierra, aquellas fincas llenas de enormes matas de banano se convertían en ollas de vapor venenoso. Aquello era bravo amigo, salía uno como dundo y con una sed jodida que no se calmaba con nada”, cuenta el viejo jornalero.

MORTALES TRAMPAS VERDES

Dicen los que vivieron aquella época, que las hojas del banano, anchas, largas y entrecruzadas formaban un techo verde que dificultaba la ventilación, y el tóxico le llegaba al obrero por dos vías: se escurría del techo en forma de agua que se empozaba en las coronas de las plantas y se elevaba del suelo por medio de vapores que impregnaban todo.

El Nemagón y el Fumazone se utilizó en las bananeras de Nicaragua hasta 1985, cuando se agotaron las últimas reservas heredadas en bodegas al inicio de la revolución sandinista. En la Dirección del Registro Nacional y Control de Insumos Agropecuarios del Ministerio Agropecuario y Forestal de Nicaragua, en un libro de registros, se encuentran inscritos los ingresos oficiales de las sustancias químicas al país.

El uso del Nemagón se registró el 14 de agosto de 1973, traído por la Compañía Química Nicaragüense Sociedad Anónima, una representante de Shell en Nicaragua. El uso de Fumazone se registró el 24 de febrero de 1976; fabricado por Dow Chemical, según los registros oficiales, fue distribuida por Servicio Agrícola Gurdián Sociedad Anónima.

Estas sustancias fueron prohibidas oficialmente en Nicaragua por la Comisión Nacional de Plaguicidas bajo una resolución del cinco de agosto de 1993. Muchos años después, la prohibición fue ratificada en un acuerdo ministerial del 27 de julio del 2001, junto a 16 sustancias más a las que en círculos médicos se les llamó como “la lista maldita”.

Las advertencias más fuertes en las etiquetas de los barriles de DBCP que se encontraron olvidadas y oxidadas en las casas de los peones, indicaban en letras pequeñas: “No respirar los vapores”, “Use sólo en áreas bien ventiladas” o simplemente “Evitar respiraciones prolongadas”.

Una vez que el Nemagón se aplicaba, los capataces regalaban a los obreros los barriles, los que eran llevados a las casas para almacenar agua. Cuenta Victorino Espinales, otro de los demandantes y líder de un sector de ex bananeros, que en una de las fincas existía un camión que llevaba la bomba en su interior. Mediante unos tubos, recogía el agua de los pozos para realizar la mezcla con el veneno. En algunas ocasiones, la bomba sufrió fallas, por lo que la mezcla regresó al pozo de donde había salido. Allí, el agua era de consumo humano.

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