“¡Qué gran artista pierde el mundo!”

Franklin Bordas Lowery [email protected]

Hollywood, al igual que el Capitolio, ha dejado ya de ser quimera. En nada se diferencia una estrella del cine con una estrella de la política. Con impetuosidad, bandada de actores están tras ésta. Los millones rápidos están en ambas profesiones, aunque la diferencia estriba en que en una se trabaja menos, y aunque se gana más, los riesgos son cada vez mayores. Ésa es la política.

En el fondo, hoy día es opinión generalizada que tanto la política como la actuación son altamente rentables. Aunque “Hércules” —que fue uno de los primeros papeles de Arnold Schwarzenegger— se decidió primero por la actuación, declarando años atrás en una entrevista a Playboy: “Admiro a la gente que decide seguir la carrera política, pero no puedo concebir el correr los riesgos y hacer los sacrificios de estas personas”.

Pero, obviamente, su declaración respondía casi a un guión cinematográfico porque en verdad este imponente ídolo del cine norteamericano ya buscaba un sitio en la política. Hoy el exitoso Terminator de la pantalla grande ha resultado ser el nuevo gobernador de California. Y con esto, ¿quién podría aseverar que a Tom Cruise no le interese la Presidencia de los Estados Unidos? ¿Por qué no podrían interesarse Madonna o Barbra Streisand en Relaciones Exteriores, o Clint Eastwood en los asuntos de seguridad?

Los estudiosos de Hollywood han escrito en muchas ocasiones acerca de las preferencias políticas de las estrellas. El cine americano de los últimos años ha llevado a la pantalla con bastante realismo las candentes batallas políticas que se libran en el país para alcanzar el sillón presidencial. Tales representaciones han terminado por acercar esa fina raya de la ficción y la realidad, hasta hacer creer a los actores que el Capitolio está a sólo un paso. Y lo está. Ronald Reagan formó parte de esa avanzadilla.

Los múltiples papeles que representan los actores en el cine (que van desde presidentes hasta sacerdotes y policías) los puede sensibilizar hasta el extremo de conducirlos a defender causas verdaderamente nobles invirtiendo recursos financieros propios; aunque también, a terribles ridículos ante la opinión pública como fue el caso de Barbra Streisand que pidió a algunos congresistas que “no se criticara a Saddam Hussein”, sino a Bush. Esto es como pasarse al bando enemigo, opinó la ciudadanía.

¿Por qué es tan aterrador imaginarse a un actor ávido de poder político? A lo mejor subestimamos las cualidades que éstos pueden tener en la vida real. No parece ser tan caótico el caso del nuevo gobernador californiano. El musculoso actor, que muchos atribuyen su victoria a su masa muscular y sus películas cargadas de adrenalina, hoy, definitivamente tendrá que anteponer mayor materia gris que músculos a su gestión.

En los círculos políticos no sólo norteamericanos ha sido un polvorín la victoria de Hollywood, porque al final es la capital del cine la que carga con los aplausos. Pero la lección es clara. Los políticos nacen en cualquier parte y momento. Charles Atlas, si estuviera vivo hoy, a lo mejor sería ya una pieza política. Maradona puede serlo, y, ¿por qué no Jennifer López? El cantante panameño Rubén Blades, socio de Hollywood, no puede negar sus actuales inversiones políticas.

Es antiguo esto de la política y la actuación. El emperador romano Nerón creía ser un gran artista, y danzaba y cantaba mientras quemaba a Roma. ¡Qué gran artista pierde el mundo!, alcanzó a decir mientras cantaba sus penas y moría a manos de su esclavo preferido. La ascensión de Schwarzenegger a la gubernatura del estado californiano es posible que invite a otros importantes ídolos del cine a incursionar en la política, aunque la pregunta que flota es: ¿cuál fue la predilección de los votantes? ¿Terminator? ¿Hércules?

El autor es escritor.

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