Sutiaba: “Alter Ego” de León y su mito del cacique Adiac

Jorge Eduardo [email protected]

La existencia histórica de Sutiaba –que en 1548 tenía 160 indios tributarios pertenecientes a encomenderos de León Viejo— propició la de León en su nuevo asentamiento. En efecto, el traslado de la ciudad se hizo pensando en aquel pueblo, ubicado en medio de mejores condiciones naturales. El regidor Diego de Villegas, uno de los protagonistas de ese traslado, refirió que a raíz del último terremoto los vecinos de León Viejo “acordaron de común consentimiento que convenía mudarse” y, de hecho, se mudaron contiguo a Sutiaba, uno de los cuatro pueblos más que formaban el Corregimiento de Quezalguaque con Telica, Posoltega y Posolteguilla.

Nombrados por el rey durante un período de cinco años, los corregidores tenían una función de gobierno independientemente del gobernador de provincia, encargándose de la justicia entre los indios y de recaudar sus tributos para la corona. De acuerdo con los censos respectivos, en Sutiaba se contabilizaban, desde finales del siglo XVII, alrededor de mil tributarios: 903 en 1690; 1,457 en 1740; 1,227 en 1780 y 801 en 1807. Pero en la primera mitad del mismo siglo sus indios habían construido la ciudad, al servicio de los alcaldes ordinarios, suministrándoles mano de obra semi gratuita. Y no sólo eso: siguieron al servicio de los mismos alcaldes, familiares y allegados, fabricando, sacando maderas para embarcaciones, y laborando en trapiches y obrajes de añil. Esos mismos alcaldes daban a todos los vecinos españoles de León —e incluso a mestizos, mulatos y negros— indios zacateros y leñadores. “Y cuando alguna india paría —informa Alfonso Ayón—, la llevaban violentamente a criar los hijos de los españoles residentes en la ciudad”.

Una larga historia de explotación, pues, marca las relaciones entre León y Sutiaba: su “alter ego” u otro yo. Explotación que produjo continuas tensiones a partir de los años refundacionales, llegando a su primer clímax en el motín de 1681. Para entonces, Sutiaba se dividía en diez parcialidades, sumando entre todos 510 indios casados, 30 viudas, 20 viudos, 25 solteros y una iglesia parroquial (la de Veracruz) más cuatro ermitas: San Pedro, Santiago, San Andrés y San Sebastián.

En 1700, bajo la administración del Corregidor Diego Rodríguez Méndez, comenzó a construirse la segunda parroquia: San Juan Bautista. En la descripción geográfica que hizo del pueblo, Juan Salgado observaba lo siguiente: “La Veracuz que está en su primitiba (sic) sede fue la Matriz de este pueblo….” En 1705 el sobrino de Rodríguez Méndez, Bartolomé González Fitoria y Valdés, terminó de erigirla y la inauguró el 24 de agosto de 1710. De ahí que esta Iglesia, dedicada a la advocación de San Juan Bautista, sea la más antigua de Nicaragua, pues hasta 1741 comenzó a construirse la sexta y definitiva Catedral de León. El obispo Morel de San Cruz afirmó en su informe de 1751: “Toda ella es tan primorosa que pudiera servir de catedral”.

Desaparecidos los corregimientos de Nicaragua, por orden de la Audiencia de Guatemala y la Capitanía General el 24 de julio de 1787, Sutiaba quedó como simple municipio indígena, regido por sus propias autoridades, hasta que por ley del 27 de diciembre de 1902 fue anexado como barrio de la ciudad, la cual virtualmente le debía su existencia. El pueblo se convirtió en barrio —dijo sin tapujos Juan de Dios Vanegas— “para identificarlos con los intereses de León”. Mas no con los suyos propios.

En esta dirección, no pocas fueron las iniciativas de los sutiavas por hacer valer sus derechos comunitarios —que no es necesario consignar— y sus aspiraciones intelectuales, al igual que sus involucramientos en las revueltas post-independencia. Ya Mario Rizo ha precisado su papel en tales confrontaciones.

Sin embargo, ignora que el mito del cacique Adiac y de su hija Xochitl —que han asumido los sutiabas contemporáneos como héroes culturales— fue una invención del caballero leonés Joaquín Macías Sarria en 1923, como lo prueba el relato “Xochitl Acatl” (Flor de Caña) publicado en el diario El Centroamericano e incluido en su folleto “20 narraciones y una conferencia” (1936). En resumen, la candorosa acción la sitúa en el año de 1610, a raíz del traslado de León Viejo a su actual asiento. Adiac —según la “cabeceña” tradicionalista de Sarria— tenía una hija, de nombre Xochitl, quien se enamoró locamente de un capitán español (Alberto Gurdián y Espinal). Pero el novio de ella de su misma etnia, lengua y religión (Cehuatl-Miquiatli) tuvo conocimiento de los amores de su prometida con el intruso castellano y, dominado por los celos, acudió a las autoridades coloniales para denunciar la preparación, falsa por supuesto, de un levantamiento popular de los sutiabas acaudillado por el cacique Adiac.

El desenlace era de esperarse: la vil denuncia condujo a las autoridades españolas a enviar al capitán Gurdián y Espinal hacia la residencia del cacique, a quien capturó y ahorcó en un árbol de tamarindo, con los miembros de su concejo y algunos familiares. Xochitl huyó ante la barbarie del crimen. Perseguida, no se le dio alcance y, agotada por la fatiga, decidió inmolarse en una hoguera preparada por ella misma. Macías Sarria fue más allá: difundido su relato entre los sutiabas, los convenció de que le hicieran un homenaje por haber “rescatado” esa “tradición oral”; homenaje que él mismo financió, pues era un hombre rico, bajo el árbol del tamarindo. (“El Tamarindón” fue llamado después), donde había sido “ahorcado” Adiac. Macías Sarria eligió para el evento el árbol ubicado hoy hacia la banda izquierda de la carretera al pequeño aeropuerto “Godoy”, en las inmediaciones de León y del barrio Sutiaba.

“Durante la administración del doctor Juan Bautista Sacasa —señala Julián N. Guerrero—, el Ferrocarril hizo colocar en su base una placa conmemorativa y un muro protector en derredor del tronco”. El mito había surtido efecto. No en vano idealizaba, más que la belicosidad, el arrojo y el valor de los sutiabas, remontados a su resistencia ante los conquistadores, la cual no bastó para impedir la exportación de esclavos a Panamá y el Perú que incluían con demasiada frecuencia niños, mujeres y hombres por [Gonzalo de] Pizarro se ejecuta en gran parte desde Nicaragua, con tropas indígenas suministradas por [Diego] de Almagro. El número de sutiabas enviados al Perú debió ser tan grande que Squier recoge al menos once palabras de este idioma incorporadas a la lengua Aymará del Perú”. Pero, volviendo a la resistencia indígena, concretamente a la desplegada por los sutiabas contra Francisco Hernández de Córdoba en 1524, demostró la bravura de este pueblo. Aunque en ella no haya participado Adiac, como afirma Mario Rizo.

El autor es Secretario de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua.

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