Fernando Centeno Chiong [email protected]
No se necesita ser científico social o consultor coleccionista de títulos para comprender realmente lo que está pasando en Nicaragua: un país que sólo exporta 600 millones de dólares pero importa hasta 1,600 millones, de los cuales parte es destinada para artículos suntuarios. Con un presupuesto de ingresos de apenas diez mil millones de córdobas nos damos el lujo de gastar 15 mil, por lo que cada año tenemos que extender la mano a la comunidad internacional para que nos complete nuestro déficit fiscal.
Tenemos un crecimiento económico de apenas un uno por ciento y un crecimiento poblacional de un tres por ciento, lo que equivale decir que cada año nacen 150 mil nuevos nicaragüenses, que demandarán servicios de salud, educación, transporte, alimentación, etc., situación que amenaza con mantenerse por la falta de políticas de población eficientes que originan la reproducción de la pobreza.
Somos un país que se da el lujo de destinar más de 900 millones de córdobas para la educación pública universitaria a pesar que sólo una tercera parte se gradúa y de éstos apenas un 20 por ciento obtiene trabajo en un mercado laboral cada vez más competitivo. Mientras la inversión por un estudiante universitario es de aproximadamente 900 dólares la inversión en los estudiantes de primaria es 12 veces menor, a pesar que según los expertos esta última es la más importante.
Un país donde a pesar que el nivel de escolaridad promedio del nicaragüense es de apenas un cuarto grado de primaria nos damos el lujo que el promedio de escolaridad de los nicaragüenses que trabajan en empresas norteamericanas es de secundaria completa, lo que equivale decir que continuamos exportando lo más valioso que tenemos, como son los recursos humanos.
Si hablamos del tema ambiental, mientras otros países procuran preservar y cuidar sus bosques para la venta de oxígeno, aquí los estamos destruyendo a un promedio de 150 mil hectáreas por año y si de agua dulce hablamos, continuamos la acelerada contaminación de nuestros, lagos, ríos y lagunas, a pesar que en el futuro este recurso podría ser nuestro principal producto de exportación.
Por todo lo anterior, cada vez que se discute el presupuesto anual salen a relucir éstas y otras graves inequidades sociales, como por ejemplo que a pesar de ser el país más atrasado del continente paga los mejores salarios a sus funcionarios y los más bajos a los educadores y trabajadores de la Salud, y donde los legisladores se autorrecetan 400 mil córdobas anuales cada uno para gastos discrecionales.
Está de más continuar presentando más cifras, estadísticas o situaciones que reflejan los problemas de Nicaragua y de los nicaragüenses, los cuales debemos encarar y analizar con suma preocupación para provocar discusiones que ayuden a generar riquezas para poder reducir los altos índices de pobreza que nos agobian.
Todo lo anterior es una realidad que no puede ocultarse a la comunidad internacional, y quizás por ello, en una reciente plática con un funcionario diplomático me decía que el principal problema de los nicaragüenses no es que ya no somos prioridad para los países donantes, sino que sencillamente tenemos que comenzar por ordenar la casa.
El autor es periodista.