“Son más importantes cien maestros que un …”

Hortensia Rivas Zeledón

En los años setenta los sandinistas eran un reducido grupo de marxistas leninistas hambrientos de poder y de riquezas, que vendían ilusiones al pueblo. Ofrecían el oro y el moro para conseguir el apoyo popular, alcanzar el poder y salir de pobres; por esa misma época el cantautor Carlos Mejía Godoy compuso una canción de crítica a la dictadura militar de los Somoza, que en una de sus estrofas decía: “son más importantes cien maestros que un blindado batallón”.

Mucha gente creyó que si los sandinistas tomaban el poder habría más maestros, pero fue todo lo contrario, pues cuando los nueve comandantes tomaron el poder a través de las armas, militarizaron todo el quehacer nacional y la educación fue víctima del militarismo; los niños comenzaron a contar, sumar y restar granadas, rifles y tanques, a los estudiantes de secundaria se les impuso el servicio militar obligatorio y a los maestros también se les obligó a ir a la guerra, en la que muchos perdieron la vida.

En vez de llevar las escuelas y la educación técnica a todos los rincones del país, llevaron el espionaje, la persecución, la guerra, las bases militares, los cuarteles, los Batallones de Lucha Irregular (BLI), los Batallones de Reserva y las cárceles para los disidentes.

Los maestros ingenuos que creyeron en las promesas falsas no sólo no mejoraron económicamente, sino que fueron acosados, perseguidos y hasta echados de las aulas. Además, el salario se les redujo a la mínima expresión y un profesor de secundaria que antes del sandinismo devengaba mensualmente el equivalente de quinientos dólares, durante el totalitarismo pasó a ganar el equivalente de doce dólares al mes.

Durante la tiranía sandinista hubo una inflación tan grande que el sueldo de un mes apenas alcanzaba para tres días, y después de la “Operación Berta” (desmonetización) del 14 de febrero de 1988, el sueldo de un profesor de secundaria era de dos mil seiscientos córdobas, y una libra de mantequilla costaba mil novecientos córdobas al precio oficial.

Cuando algún maestro osaba reclamar un reajuste salarial salían los dirigentes de ANDEN a justificar los míseros salarios y la escasez, y a quien no estaba de acuerdo lo acusaban de agente del imperialismo, de la CIA y enemigo de la revolución, porque la prioridad era la guerra, y decían: “todo para la defensa, todo para los frentes de guerra”.

La jornada laboral era de cuarenta horas aula a la semana. En diciembre de 1982 recogí firmas demandando que la jornada se redujera a treinta horas aula semanales, y entonces el señor José Antonio Zepeda, quien era el subdirector del Instituto Miguel de Cervantes, de Managua, y ahora es diputado por el FSLN, me dijo que esa demanda era contrarrevolucionaria, además que los maestros no teníamos derecho de reclamar nada porque éramos improductivos.

Cuando los sandinistas perdieron el poder hicieron el más grande atraco a los bienes y propiedades del Estado por medio de las leyes de la piñata, y mientras ellos se convirtieron en nuevos ricos el pueblo quedó empobrecido, súper-endeudado y obligado a pagar todos los robos de la nomenclatura y sus allegados, las quiebras fraudulentas de los bancos y los costos del pacto libero-sandinista que sólo sirvió para aumentar la burocracia corrupta y el número de magistrados y contralores sumisos a los caciques de los partidos pactistas.

Para colmo, con gran desfachatez esos señores que sólo daños han hecho a este pobre país y que todavía como una pesadilla continúan haciendo tranques, plantones y asonadas, ahora pretenden aparentar que defienden a los maestros y a la hora de discutir el Presupuesto General de la República simulan que demandan más salario para los educadores, pero no dicen de dónde va a salir el dinero.

Lo que deberían proponer es que se reduzca el gasto en el Ejército y trasladar el producto de ese ahorro a la inversión en educación y al salario de los maestros, porque un país tan pobre que desprecia los pocos centavos en un Ejército es como un padre de familia que derrocha en francachelas el dinero de la comida de sus hijos.

La autora es maestra, ex viceministra de Educación.

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