Thanatos

Luis Sánchez [email protected]

En noviembre del año pasado escribí en esta columna sobre el origen y significado del Día de Muertos (La Muerte Quirina, 16 de noviembre de 2002). Y mencioné en aquella ocasión, sólo de pasada, a Thanatos, la deidad griega que representaba a la muerte.

Thanatos era hijo de Erebo (el Tenebroso, sitio de las tinieblas infernales, lugar de expiación o prisión subterránea que estaba situado debajo de los Campos Elíseos) y de la Noche; hermano de Hipnos (o Sueño) y del barquero fúnebre Caronte. A Thanatos fue que encadenó Sísifo cuando pretendió llevárselo por orden de los dioses, y tuvo que ser liberado por Ares (Marte) para que pudiera seguir cumpliendo su funesta misión.

Thanatos era imaginado como un hombre joven, con las piernas cruzadas, alado y esgrimiendo una espada, pero otros estudiosos de la mitología griega consideran que Thanatos pertenecía al género femenino. Hesíodo —siglo VIII antes de Cristo— en su Teogonía describe a Thanatos como una diosa que se caracterizaba por tener un corazón insensible y era odiada por los dioses inmortales del Olimpo. Por su parte, Eurípides (480-406 antes de Cristo) la introduce en su tragedia Alcestes y la presenta como una mujer alada, vestida de negro absoluto y empuñando una daga.

Cuando Thanatos se llevaba a alguien entregaba el alma del muerto a su hermano Caronte, para que éste la condujera en su barca hacia el otro lado de la laguna Estigia, según unos autores, o del río Aqueronte, según otros. Caronte era un viejo extremadamente flaco, huesudo más bien, los ojos llameantes, que lucía una espesa barba y su semblante cruel y fúnebre. El barquero de la Muerte rechazaba a los difuntos que no habían sido sepultados, los cuales debían vagar durante cien años por las orillas de la laguna Estigia y del río Aqueronte, implorando que les permitieran entrar al mundo del descanso eterno. También Aqueronte golpeaba de manera despiadada, con su remo, a los muertos que no podían pagarle el óbolo, que era el precio obligado del pasaje para ser trasladados a la morada de los difuntos, al reino de Plutón.

Thanatos vivía en el Tártaro, un profundo y oscuro abismo que se hallaba equidistante del Cielo y la Tierra. Era como una inmensa prisión rodeada por tres muros y por un río de fuego llamado Flegetón. Sobre este río navegaba una góndola conducida por tres Furias (Alecto, Meguera y Tisífona) que llevaban en una mano una antorcha ardiendo y en la otra un látigo ensangrentado, con el que golpeaban a los muertos que en vida habían cometido crímenes graves. Allí estaba Titio (el gigante que ofendió a Latona, la madre de Apolo) a quien un buitre le comía el pecho incesantemente; Tántalo, que corría sin cesar tras el agua y los alimentos; las Danaides (las 49 hijas de Danao que por instigación de éste degollaron a sus maridos durante la noche de bodas), que se esforzaban en vano por llenar de agua un barril sin fondo; y estaban allí también todos los que en vida habían odiado a sus hermanos, los que irrespetaron a sus padres, los que engañaron a sus pupilos, los que fueron infieles a sus amos, los que traicionaron a su patria, los avaros y codiciosos, los que le robaron a los pobres, los que provocaron guerras injustas, etc.

Allí, en el Tártaro, ni la juez Juana Méndez podría favorecer a sus condenados favoritos.

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