Ayúdate, que te ayudaré

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Ayúdate, que te ayudaré





Hoy concluye la reunión de dos días, en Managua, del Grupo Consultivo de países donantes con Nicaragua; reunión que tiene el objetivo de “analizar la situación actual de la nación para ver de qué forma se orientará la cooperación para los próximos años”, según informó LA PRENSA ayer lunes.

En realidad, en esta reunión se discute el Plan Nacional de Desarrollo (PND), que propuso el presidente Enrique Bolaños el 12 de septiembre pasado, de hecho como una alternativa a la llamada Estrategia Reforzada de Crecimiento Económico y Reducción de la Pobreza (ERCERP), que es el plan internacional prácticamente ineficaz que se ha venido aplicando desde hace varios años. Y en esta reunión se busca cómo congeniar ambos proyectos.

El secretario de Cooperación Externa de Nicaragua, Mauricio Gómez, lo dijo a LA PRENSA con lenguaje diplomático: “La relación entre las metas del desarrollo y el pueblo de Nicaragua será el Plan Nacional de Desarrollo, pero la relación entre el Gobierno y la comunidad internacional sería esta Ercep II, la cual se fortalecería con los insumos que el actual PND tiene”.

Como sea, es de rigor expresar a la comunidad internacional el agradecimiento de la nación por la valiosa ayuda que le ha brindado, después de la catástrofe político-social que provocaron la revolución sandinista y la guerra civil de los años ochenta; de la destrucción que causó el huracán Mitch en 1998; y del desastre político, económico y moral provocado por la corrupción en el gobierno de Arnoldo Alemán.

Pero también es preciso señalar que a pesar del chorro de recursos que ha recibido Nicaragua para reparar los daños causados por los desastres mencionados, así como para que el país camine por sus propios pies y para erradicar o al menos disminuir la extrema pobreza, sin embargo ésta sigue básicamente igual.

Los distintos gobiernos que ha tenido el país en los últimos años siempre han dicho que cumplen responsablemente las condiciones de la ayuda internacional. Todos ellos se han jactado de sus logros, sobre todo en las políticas macro-económicas, y los funcionarios internacionales y representantes diplomáticos de los países donantes —salvo los euro-nórdicos, cuya franqueza es proverbial—, han respaldado esas jactancias.

Entonces, ¿qué es lo que ha faltado para que la cuantiosa ayuda internacional cumpliera realmente su propósito? ¿Por qué a pesar de tanta ayuda la mayor parte de los nicaragüenses sigue sufriendo los estragos de la pobreza y la miseria? ¿A qué se debe que no obstante de que el país recibió más de 7,500 millones de dólares desde 1990, cuando se puso fin al totalitarismo sandinista y comenzó la democratización, todavía no funciona el Estado de Derecho en el país y que éste aún no es suficientemente creíble, como lo dijo el representante regional del BID, señor Miguel Martínez?

Lo que pasa es que gran parte de esa ayuda se ha usado en gran medida para mantener una situación de irresponsabilidad y corrupción; no ha servido para hacer que el país produzca riqueza y genere empleo productivo, sino que ha ido a parar a los bolsillos sin fondo de burócratas, activistas de la “sociedad civil”, consultores y políticos que han creado amplias clientelas en los partidos co-gobernantes.

Por otra parte, la cuantiosa ayuda internacional se ha desviado de sus verdaderos objetivos, primero porque el país no ha tenido un plan nacional viable de recuperación, que sirviera para garantizar la adecuada administración e inversión de los recursos externos recibidos; y segundo porque los gobernantes y la sociedad no han aplicado la regla de que lo más importante es ayudarse a sí mismo, sino que se han acostumbrado a mal vivir de la ayuda extranjera, sin hacer nada efectivo —con el trabajo, la austeridad y el ahorro— para erradicarla.

De muy poco puede servir la ayuda internacional mientras no haya responsabilidad y disposición a la autoayuda de los mismos nicaragüenses. En realidad, lo que más se necesita es cambiar los hábitos de gobierno y de trabajo; vivir de acuerdo con las posibilidades reales del país; entender que lo hace próspera a una nación no es el presupuesto del Estado, ni leyes demagógicas, ni la ayuda extranjera, sino el trabajo, la disciplina, la ética, el ahorro, el respeto a la ley y la austeridad. Es decir, aplicar el precepto de “ayúdate que te ayudaré”.

Editorial
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