Los brasileños, en especial Kleber Ojima (74) y Rodrigo Mijamuto (28), lloraron su derrota ante Cuba, a quienes quedaron a tres outs de vencerlos. (LA PRENSA/AP)

Hasta Fidel tembló ante Brasil

Cubanos tuvieron la soga al cuello Edgard Tijerino M. [email protected] LA HABANA.- De pronto, aquí se paró la vida y todo el mundo quedó petrificado con el índice en los labios, sin respirar. Renán Sato tomó con su swing un lanzamiento del “as de espadas” cubano Vicyohandri Odelín, y la bola se proyectó hacia las […]

  • Cubanos tuvieron la soga al cuello

Edgard Tijerino M. [email protected]

LA HABANA.- De pronto, aquí se paró la vida y todo el mundo quedó petrificado con el índice en los labios, sin respirar.

Renán Sato tomó con su swing un lanzamiento del “as de espadas” cubano Vicyohandri Odelín, y la bola se proyectó hacia las tribunas provocando asombro en las tinieblas.

Sin exagerar, hasta Fidel tembló.

Ese batazo, en el techo del noveno inning, le permitió a Brasil tomar ventaja por 3-2, colocando una soga en el cuello del equipo cubano.

El equipo “Monstruo” del torneo al borde de la eliminación en el propio arranque de la etapa de muerte súbita. Y frente a Brasil, uno de los enanos de Blanca Nieves. ¿Se imaginan eso?

Ahí estaba el verdugo Kleber Ojima, con más de cien lanzamientos, listo para el posible remate, con toda Cuba acordándose del Padre Nuestro y las Avemarías, rogando por un milagro.

“Por el momento, Cuba pierde 3-2”, dijo el locutor cubano Roberto Pacheco por Radio Rebelde, mientras el joven artillero de la nueva generación, Yulieski Gourriel, hijo de un tigre llamado Lourdes, se acercaba al cajón de bateo y la multitud rugía ¡Cuba! ¡Cuba!

No lo podíamos creer. El súper-equipo de rodillas y Tomita luciendo de alguna forma tan grande como Roger Clemens.

Fue entonces cuando los cubanos, expertos en salirse del hoyo a tiempo, como en el 72 con el gran batazo de Marquetti que se perdió entre las estrellas y golpeó las puertas de San Pedro, o en 1988 frente al pitcheo asfixiante de Jim Abott, en un alarde de agallas de clase, limpiaron sus manchas de sangre y se volcaron en forma fulminante.

Gourriel conectó un triple enloquecedor y Kendry Morales avanzó hacia el cajón de bateo, con la carrera del empate a sólo 90 pies, sin out. La tensión siguió acumulándose hasta que fue quebradiza como una bujía. El más ligero toque y todo podía explotar.

Era un final tan conmovedor como el de Casablanca. Precisamente, parecía planeado por un realizador de Hollywood, Spielberg o Coppola.

Había que tener sangre fría en el montículo y en el plato, y en el instante supremo, sólo veíamos a Tomita balanceándose y Kendry Morales amenazante, crispado, con sus ojos bien abiertos, lo más próximo a una pantera.

El impacto estremeció Cuba.

¿Quieren una imagen para un poster imperecedero?… Olvídense de Robert Redford en El Natural, Morales no fue una fotocopia de Kirk Gibson en el 88 dándole la vuelta al cuadro con el cuello de Dennis Eckersley retorcido, pero se vio tan grande y majestuoso como él.

Tómenlo y colóquenlo en un marco. Lo merece.

En tanto, los brasileños, frustrados con una impresionante rapidez, se sintieron súbitamente viajando hacia el centro de la Tierra.

Tomita, con la cabeza en la mano, buscando dónde ponerla, lloraba, disminuido por la inclemencia de la impotencia frente a la devastadora majestuosidad del poder.

La posibilidad de la hazaña, se había esfumado.

Y así, milagrosamente, Cuba escapó en casa, a algo tan catastrófico como el Maracanazo que sufrió y todavía hace sangrar a Brasil en fútbol desde 1950.

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