La noble historia de Madre Teresa mueve y conmueve

Ana María Ch. de Holmann

Era pequeñita, menuda y frágil, se doblaba al caminar, quizás no tanto por los años, sino por las penas de los seres humanos que la agobiaban. Cuando saludaba, ofrecía misericordia. Surcaban sus mejías un laberinto de arrugas profundas, como profundo es el egoísmo y la falta de amor en el mundo. Sus ojos surgían tras esos pliegues de su cara con una mirada viva, chispiante y penetrante, como queriendo entrar en las conciencias y guiar hacia el camino de la Verdad. Su frente, casi cubierta con el velo del sari (túnica que usa la mujer pobre hindú) una vestimenta de manta blanca cruzada con listados azules en honor a la Virgen Santísima, de un azul infinito y luminoso, intenso azul como ella… azul que le agrada a Dios y canta el poeta. La sonrisa, siempre estaba a flor de labios y su voz era firme, melodiosa, pero también a veces prefería el silencio y la soledad, los que le engendraban la oración y la intimidad con el Señor. Cristo era la fuente de su inspiración y su fuerza para alcanzar el éxito. Su carácter, apacible y tranquilo no parecía concordar con la magnitud, la dimensión, el esfuerzo, la energía de la intensidad con que creaba y dirigía sus obras.

Esta era ella: Madre Teresa de Calcuta; un ser humano pequeño, pero grande en espíritu y en amor: un ser excepcional que mueve y conmueve…

Su paso por este mundo fue veloz y su escala a los altares, fue también veloz. Tan sólo en seis años, desde su encuentro con el Señor el 5 de septiembre de 1997 a esta fecha 19 de octubre del 2003, ella ha sido nombrada oficialmente Beata, digo oficialmente porque ella ya ocupaba un sitio en los altares desde la tierra. Beata significa: “feliz”, feliz por haber cumplido los designios de Dios en la tierra como ella los cumplió con su misión de apostolado, de fe y compasión.

Conocí a Madre Teresa a través de un artículo publicado en una revista en la que refería acerca de su nombramiento como Premio Nobel de la Paz en el año 1978. Escribí en los años ochenta acerca de los méritos que evaluaron ese nombramiento bien merecido por su labor de amor, y de dedicación a la enseñanza de la fe y de los valores y principios cristianos; algo que en esa época contrastaba con la enseñanza que se impartía a la juventud, tratando de quitarles la fe e inculcarles en su mente todo lo que fuera ausencia de Dios.

En julio de 1988 —apenas hacía dos meses de la muerte de mi esposo Carlos— Madre Teresa visitó por segunda vez Nicaragua y tuve la oportunidad de estar presente en la misa que se celebró en la Iglesia del Calvario, contiguo donde las Hermanas Misioneras tienen la primera de tres fundaciones en este país. Ella hizo un llamado invitando a colaborar en su obra diciendo: “Si quieren colaborar con esta obra: primero su hogar”. “Segundo su hogar”, reiteró. “Tercero su hogar…”, advirtió. “Y, si les queda tiempo, venga a colaborar con la obra de las Misioneras”. Yo me sentí invitada para ser una colaboradora, pues ya no tenía quién me esperara en mi hogar y comencé. Allí encontré consuelo en mi pena, al ver el dolor ajeno, lo que me sigue sirviendo de alivio. He aprendido a confiar más en la Divina Providencia pues las Hermanas hacen inmensos planes para llenar un poco las necesidades de los demás; los pobres más pobres, los ancianos, los enfermos, los drogadictos etc. y al final todo aparece, alcanza y hasta sobra a veces, en esos planes que parecen imposibles… He aprendido a tomar más en cuenta a todas estas personas necesitadas de aliento y atención, y a ver a Cristo en cada una de ellas. He aprendido a sonreír más y a más gentes.

Creo que esta obra de Madre Teresa de Calcuta ha ocasionado en Nicaragua una verdadera revolución, contagiosa y creciente, en caridad, en compasión, en convivencia, y en amor. Revolución que ha generado en tan sólo unos pocos años, tan sólo, haciendo “algo” en el círculo de cada quien, y ese “algo” se une con otro círculo, y así se van entrelazando los círculos de luz hasta poder formar un solo ambiente luminoso en el mundo, por medio de la caridad que es el amor mismo.

Era su principal martirio y su dolor mientras vivió: “Cristo humillado en el hombre. Cada vez que menospreciamos a uno de nuestros hermanos porque es pobre, o enfermo, es a Cristo a quien humillamos. Muchas veces lo humillamos sin pensarlo en las personas que tenemos más cerca, en la familia. Cuando un padre no hace caso de su hijo, o cuando el hijo no respeta a su padre; cuando los hermanos no se tratan con cariño; cuando no se tiene consideración por los ancianos. Cuando nos dirijamos a alguien, recordemos que Cristo vive en esa persona”.

Unos pies cansados y agotados por el paso ligero y constante por el mundo dejaron una huella luminosa tras “las Sandalia del Pescador” que calzaba Madre Teresa llevando todo un Evangelio de Cruz, Pan y Vida a todos los rincones más recónditos del mundo dejando siempre su ejemplo a toda la humanidad y su mensaje de aliento y de amor en el eco de su voz que resuena en todo el Universo clamando:

“Enjuga por lo menos una lágrima y Dios te enjugará todas, sino aquí , sin duda alguna en la eternidad”.

¡Enjuguemos tan sólo esa lágrima…!

La autora es colaboradora de las misioneras Madre Teresa de Calcuta.

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