El vuelo del Ángel Negro

José Adán Silva LOS ÁNGELES, [email protected] Nació en un pueblo ardiente del África Central, donde por más de 30 años, han vivido en guerras tribales, sequías generadoras de hambrunas apocalípticas y tragedias de enfermedades raras que nacen de pronto y matan a miles. Por eso, en cuanto pudo, huyó de su patria y llegó a […]

José Adán Silva LOS ÁNGELES, [email protected]

Nació en un pueblo ardiente del África Central, donde por más de 30 años, han vivido en guerras tribales, sequías generadoras de hambrunas apocalípticas y tragedias de enfermedades raras que nacen de pronto y matan a miles.

Por eso, en cuanto pudo, huyó de su patria y llegó a los Estados Unidos, en busca de una oportunidad de mejor vida, y ahí está ahora: al frente de un taxi, masticando inglés y contando su historia a algunos tontos inmigrantes que llegan a Los Ángeles, California.

Un japonés, un africano y dos nicaragüenses, uno de ellos más folclórico que las fiestas patronales de San Sebastián, envueltos en una pequeña simbiosis de vileza humana.

Del Aeropuerto Internacional de Los Ángeles a City Cudahy, señor japonés, vamos a esta dirección, address, here.

Y el asiático, como dando reverencias tradicionales, que sí, que ya resolvía, y de entre varios taxis aparcados, llamó a Anakem, quien hablaba un inglés similar al de nosotros: terrible, pero más completo.

Pues resulta que Anakem tenía su historia, y en un impensable diálogo de palabras, señas y gestos, iba en gran plática con mi compañero de viaje y colega de LA PRENSA, Manuel Esquivel, quien a todas luces se veía compadecido de la triste historia del hombre. Que tenía dos hijos, que su pasado fue terrible, que en su país han pasado cientos de calamidades y que tenía que trabajar duro para sobrevivir, y así pasamos muchas millas y minutos: Esquivel ido en el diálogo de señas con el africano, yo observando los carros veloces en un “Freeway”, y el taxímetro, dándose gusto y pariendo dígitos rojos.

El aburrimiento de ver pasar carros me recordó que ya llevábamos mucho tiempo dando vueltas, y casi con señas, le pregunté al taxista que cuánto faltaba y por dónde íbamos. Su respuesta no me gustó: no sabía.

Fue hasta entonces cuando sacó un mapa, miró la dirección que le habíamos escrito en una hoja de papel, y muy sonriente nos señaló una maremagno de rayas, nombres y números de colores: “Estamos aquí, y vamos para aquí”.

Dio la vuelta, y regresó casi por media hora, por el mismo sitio por el cual nos había llevado. El taxímetro marcaba 34 dólares y no se detenía.

Al final, el taxista supo que la dirección que le dimos era fácil de llegar, y con el mapa en la mano, Anakem encontró nuestro destino, pero ya cuando el taxímetro marcaba sin compasión 60.20 dólares. Muy sonriente bajó nuestras maletas, con su muy mal hablado inglés nos dijo gracias, se puso sus gafas oscuras, y arrancó de regreso al aeropuerto, quizás dispuesto a encontrar a alguien a quien contarle la trágica historia de su pueblo y su vida. No sé por qué recordé a Forrest Gump.

Ya antes, el año pasado en Washington, había recibido un tour de varias vueltas en una misma ruta, que me costó 40 dólares. El señor taxista, según pude comprobar después al reconstruir la ruta, me llevó varias veces por la ruta más larga que encontró, cuando en realidad yo estaba a cinco cuadras de mi hotel.

La historia se repitió en Los Ángeles. Una vez en el lugar que nos dejó Anakem, yo aún impresionado de haber pagado la carrera más cara de mi historia en un taxi, revisé un mapa, comparé la dirección, y descubrí adolorido que estábamos a escasos 20 minutos del aeropuerto.

Me indignó mucho haber sido estafado y maldije al africano que nació en un pueblo ardiente del África Central, pero para cuando reaccioné dispuesto a mentarle a la progenitora de sus oscuros días, ya no había ni rastros del tipo. El Ángel de la historia triste, ya había volado, y con él, nuestros 60.20 dólares.

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