- Cada uno de los 39 longevos que posan en el Club de Ancianos Santa Lucía, cuenta una triste historia de olvido y necesidades. Muchos lloran a solas porque sus familiares, simplemente los dejaron en el portón del hogar, y se fueron para siempre
Martha Marina GonzálezCORRESPONSAL/ [email protected]
Lleva 16 años viviendo en el Club de Ancianos Santa Lucía; doña Evita Flores Rodríguez, siempre recuerda a sus familiares, pero ellos la abandonaron, el único cariño que recibe es el de las encargadas de ese centro.
Como Evita Flores, la mayoría de los ancianos han sido olvidados por quienes un día dijeron que los querían y cuidarían en su vejez, incluso hay quienes son dejados en el portón como cualquier traste, sólo para que no registren el nombre del familiar que lo llevó.
De los 39 ancianos que viven en este hogar, ubicado en la salida sur de Estelí, solamente siete reciben visitas de sus familiares. Eso afecta emocionalmente a la mayoría y sufren depresiones como el caso de José Briones, él llora y cuando se le pregunta dice: “Es que se han olvidado de mí, estoy desamparado por mi familia”.
Algunos han muerto en el club de ancianos, como don Adrián Aguilera. Una de las religiosas puso un aviso por la radio y nadie se presentó, ahí lo velaron y fue llevado al cementerio. “Fue triste, muy pocos lo acompañamos, los viejitos se pusieron de luto y lloraron”, expresó la religiosa María Elena Montano.
Hilda Tijerino, originaria de Rivas, se muestra disgustada con quienes la rodean, está deprimida y angustiada porque nadie la visita, ella ni siquiera sabe dónde está su tío, el sacerdote José Francisco Tijerino. “No sé dónde lo tienen ahora, pero no me ha visitado. Seguro que no tiene tiempo para estar viajando”, comenta.
ENFERMA Y SOLA
A doña María Gutiérrez Dávila le gustaba trabajar y visitar el vecindario del Barrio José Benito Escobar, pero enfermó y quedó sola y fue remitida a ese centro y, según dijo, se siente muy bien en el club de ancianos. “Por lo menos aquí tengo asegurada la comida y la compañía de otros viejitos; no me casé, pero a veces me visitan algunos familiares”, expresó.
Sor María Elena Montano, de la Orden Franciscana Inmaculada Concepción, es una de las religiosas que hasta le da de comer en la boca a algunos viejitos que no pueden hacerlo porque tienen dificultades motoras.
La mayoría de los ancianos no reciben ninguna protección del Estado y, para colmo, los familiares los abandonan. “Se requiere de voluntad, amor y paciencia para atender a los ancianos, ellos son la representación de Cristo en la Tierra”, aseguró la religiosa Montano.
Varios ancianos permanecen en la cama, están enfermos y no tienen los medicamentos necesarios ni participan de las actividades diarias, aunque no les falta la atención de las encargadas del centro.
VOLUNTARIOS
En el Club de Ancianos Santa Lucía trabajan voluntariamente 16 personas que se encargan de la atención, porque la mayoría de los ancianos no pueden bañarse solos. “Son como niños, tenemos que bañarlos, vestirlos, darles los alimentos, durante toda la mañana reciben terapia física como ejercicios, deshilar, hacen cojines, manteles, ven televisión, rezan, van a misa. Sólo el sábado tienen libre”, expresó Claudia Patricia López.
Para estos adultos mayores la mejor alimentación es la carne. Los frijoles casi no les gusta, a veces rechazan la comida y prefieren una tortilla con sal, como lo hizo durante el almuerzo del miércoles el señor Julio Pineda Téllez.
Entre ellos se promueve la disciplina, el respeto, no se les permite que se insulten; están bajo el mismo techo, comparten la alimentación y deben quererse como hermanos, afirma sor María Elena Montano.