Marcela Sánchez [email protected]
La más reciente propuesta de paz de Uribe ocupó los titulares el pasado fin de semana por todas las peores razones posibles. Su plan para motivar la desmovilización de fuerzas paramilitares de derecha fue criticado duramente en informes de prensa y editoriales como una invitación para más abusos, con el agravante de que los peores asesinos de Colombia podrían quedar impunes.
Ante posibles desastres Washington emite sus propias señales de peligro, que en este caso parecieron inequívocas para el comisionado de paz de Uribe, Luis Carlos Restrepo, a su llegada a Washington esta semana.
Encontró un Departamento de Estado ansioso por establecer cierta distancia entre el presidente Bush y la más reciente iniciativa de Uribe. Mientras que el Senador demócrata Patrick J. Leahy de Vermont estaba listo para ofrecer otro mensaje de advertencia. “Colombia tiene una larga historia de impunidad”, dijo, previniendo a la administración Bush de que “los Estados Unidos no deberían apoyar una política de indulgencia para aquéllos bajo cuyas órdenes se cometieron atrocidades”.
Hacia el lunes en la noche, en su camino al aeropuerto, Restrepo estaba todavía desmoralizado con el último golpe del día: la organización Human Rights Watch había emitido un informe declarando que los planes de Uribe le permitirían comprar su libertad a paramilitares que han sacado los ojos de personas, sofocado a niños con bolsas plásticas y masacrado a miles.
“Cuando veo lo que dicen (sobre nuestros esfuerzos) casi me aterro de mí mismo”, dijo Restrepo claramente consternado antes de subir al avión en camino a Bogotá. “No soy esa clase de persona”.
La afinidad entre Bush y Uribe ciertamente ha acercado a sus dos países más que nunca antes, especialmente en prioridades e ideología. Ante los ojos de Bush, pareciera que Uribe no podría hacer algo incorrecto.
La actual crisis, sin embargo, es el primer disentimiento serio entre los dos países desde la posesión de Uribe el año pasado. La forma en que ambos líderes reaccionen demostrará su temple y pondrá a prueba el deseo de ambas partes de enfrentar la guerra sucia, que los planes de Uribe intentaban resolver, y el secreto inconfesado detrás de esa guerra.
Uribe todavía cuenta con una envidiable buena voluntad en esta ciudad. Pero esta vez las deferencias debieran dejarse a un lado. De hecho, Washington puede apretar las tuercas recordándole a Uribe que el éxito dependerá de su voluntad de enfrentar directamente las profunda raíces causantes de la violencia paramilitar en Colombia.
Eso significaría tratar duramente a cualquier militar que se haya confabulado con los paras. Eso significaría también tratar duramente a cualquier civil influyente que haya financiado sus actividades ilegales y asesinas.
Washington podría “rápida y plenamente” proveer al gobierno de Uribe cualquier información que tenga sobre cualquiera de esos individuos, como lo recomendó la semana pasada la organización privada sin ánimo de lucro International Crisis Group.
Con esa información a la mano, Uribe tendría una oportunidad, con sus actos, de borrar dudas persistentes sobre su propia indulgencia hacia los paramilitares y sus aliados. Al mismo tiempo, podría convertir su solicitud de ayuda —que hizo la semana pasada a representantes de Human Rights Watch en Bogotá— en una seria consulta pública que incluya en particular la opinión de grupos que representen a las víctimas y cuyo apoyo es decisivo para cualquier acuerdo de paz.
La experiencia de Restrepo en Washington recordó los días en que los enviados del ex presidente Andrés Pastrana presentaron su plan para dar control a rebeldes de izquierda —la otra facción del conflicto en Colombia— de una región que se llegó a conocer como El Caguán.
En ese entonces, fueron los republicanos en el Congreso los que rechazaron la idea, pero de ahí no pasaron. Un silencio palpable de escepticismo cubría otros rincones de la ciudad, mientras algunos expresaban apoyo de dientes para fuera en deferencia a un líder que al menos estaba tratando de acabar un conflicto de décadas. Al final, el plan de Pastrana fue un fracaso.