Atando cabos de la historia nacional

José Joaquín Quadra C.

Soy de los pocos que predicamos la reconciliación de la familia nicaragüense, perdonando pero no olvidando. Por eso creo en que la historia es la gran maestra de la vida.

Coloquémonos por un momento en los últimos años del siglo antepasado, 1894–1990. Gobernaba el liberalismo dictatorialmente en la persona del general José Santos Zelaya. Los conservadores luchaban por derrocar aquella dictadura que suprimía todas las libertades y aplicaba medios inhumanos, hoy se diría contra los más sagrados derechos del hombre.

Nicaragua era el centro de reunión de emigrados liberales de diferentes países hispanoamericanos que apoyaban al Gobierno, y le aconsejaban, al estilo de las dictaduras de esos países, que los conservadores nunca se abatían sino era castigándolos seriamente como lo había hecho Rufino Barrios en Guatemala. Se dijo entonces que un eminente liberal ecuatoriano Eloy Alfaro, que después fue Presidente de la República, le aconsejó al general Zelaya como el único sistema de abatir a los conservadores, que él llamaba aristocracia, el de arruinarlos en sus fortunas particulares. El general Zelaya siguió el consejo y lo aplicó sin compasión.

A don Vicente Quadra, ex presidente de la República, generalmente muy respetado, le impusieron una contribución de cincuenta mil pesos, lo llevaron preso al cuartel principal, con gran escándalo de la ciudad y lo trataron groseramente. Don Vicente no tenía en caja semejante cantidad, pero un fino amigo de él, don Constantino Marenco, que había sido durante toda su honrada administración Prefecto de Granada, entregó los cincuenta mil pesos en nombre de don Vicente que salió de la cárcel con esa deuda de honor y de gratitud para con su amigo. Por esa circunstancia que entristeció el ánimo del anciano que tenía ya ochenta años, agravada según opinión de la familia inmediata con la muerte de don Santiago Morales, primo hermano de don Vicente, de diario trato íntimo, se afectó tanto que se rindió a la muerte aquel recio varón.

Dejemos correr los años para detenernos un momento en 1956, época que ya me tocó vivir intensamente y sentir en carne propia los métodos represivos. Gobernaba nuevamente el liberalismo dictatorialmente en la persona del general Anastasio Somoza García. Fue un 21 de septiembre de ese año que en la ciudad de León un joven terminó con la vida del dictador Somoza García. Era el general Emiliano Chamorro Vargas en esos días, a la edad de 85 años, ex Presidente de Nicaragua, senador vitalicio por mandato de la Constitución y jefe y caudillo del Partido Conservador de Nicaragua, adversario histórico del liberalismo. De esos terribles días es el propio general Chamorro que en su Autobiografía nos narra la siguiente página de nuestra historia:

“Pues bien, a principios de septiembre de 1956 me fui a Río Grande a pasar unos días, y allí me encontraba el 21 de ese mes. Por la mañana del 22 llegó a mi aposento el mandador Hermenegildo Jaime, a avisarme que unos guardias habían llegado diciendo que querían hablar conmigo. Me extrañó la hora en que llegaron, que eran las cinco de la mañana, sin embargo no sospeché que pudiera ser algo grave para mí.

“Yo me encontraba solo en la hacienda, no andaba conmigo ningún compañero, amigo ni familiar; solamente me acompañaban las gentes del servicio de la hacienda.

“Cuando me levanté y salí a hablar con ellos me dijo uno de los dos guardias que llegaron que tenían instrucciones del comandante de San Francisco para citarme a que fuera a hablar con él, y que ellos estaban allí para acompañarme.

“Llegamos a San Francisco y nos dirigimos directamente a la Comandancia, donde le dije al comandante que estaba a sus órdenes. Por toda respuesta el comandante se dirigió a un cabo que se encontraba por allí y le ordenó que me llevara al cuarto tal, que era, simplemente, la cárcel.

“Esta cárcel estaba inmunda, ni siguiera se encontraba barrida, toda polvosa, en el mismo estado de suciedad y porquería en que la había dejado el último prisionero que había estado allí. No había un taburete, ni un cajón en que sentarse y allí pasé toda la mañana.

“Como a las una de la tarde de ese mismo día llegó una comisión de guardias, bastante numerosa, con instrucciones de llevarme a Managua. El comandante de San Francisco hizo entrega de mi persona a esa comisión, y ésta, que estaba compuesta de oficiales, me llevó a embarcarme en la misma embarcación en que había llegado: una lancha de vela y motor.

“A nuestra llegada al embarcadero nos esperaba otro numeroso pelotón de guardias, al mando del mayor Peralta, quien nos obligó a subir a una camioneta zaranda, en la que, como la habían desprovisto de sus asientos, tuvimos que sentarnos en el piso y sufrir las violentas sacudidas y golpes a través de terrenos abruptos y caminos no pavimentados, en un alarde de ultrajarme sin respetar ni mi edad ni mi condición de ex Presidente de la República.

“Llegamos hasta la residencia del Jefe Director de la Guardia Nacional. Me metieron en una celda cerrada herméticamente cuya puerta de entrada tenía un cartón grueso entre los barrotes de manera que no se veía nada que pasara en el exterior.

“Yo no podía, pues, darme cuenta de lo que pasaba por el pasadizo que quedaba enfrente de la puerta de mi celda, apenas podía oír los pasos de los que transitaban por allí. En la celda, por todo mobiliario había un catre bajo, de hierro, sin nada que cubriera el alambre del colchón, ni una almohada, ni nada. Ese era mi dormitorio. “Para servicio sanitario me aprovechaba de una lata vacía de kerosene. En los primeros días de estar allí me llevaban, algunas veces, papel higiénico, pero después dejaron de hacerlo, y a pesar de que lo pedía con insistencia a los guardias que estaban de turno, era imposible que me hicieran caso y que atendieran a mi solicitud. No tenía, pues, ni papel higiénico, ni un periódico, ni un pedazo de papel cualquiera. Verme en aquellas condiciones me hacía sufrir mucho. Pero felizmente había llevado mi saco y este saco tenía muy buenos forros, y entonces pensé que los forros de mi saco me podían servir, y desde entonces me puse a hacerlos pedazos y de eso me valía para mi higiene. Mas como la prisión se prolongaba, en los últimos días tenía que lavar aquellos pedazos de trapo usados en el agua que yo mismo producía, ponerlos a orear para secarse y usarlos nuevamente. Era aquélla una operación verdaderamente desagradable.

“Cuando ya llevaba más de dos meses de estar preso en aquellas condiciones, los pantalones y los calzoncillos, así como la camisa y camisola, estaban completamente rotos. No logré nunca tener comunicación con mi familia, a pesar de que yo les decía a los guardias: “hablen ustedes, por Dios, a sus jefes, háganlo por ustedes mismos, ya no por mí, porque a ustedes les debería dar vergüenza tenerme como me tienen y permitir que ande como ando”. Mas ellos se quedaban callados y no me respondían.

“Como los guardias nunca me dirigían la palabra, opté yo también por no decir nada, de manera que por algún tiempo pasé sin hablar, sin leer nunca, sin anteojos, sin nada.

“En cuanto a la comida, era la comida ordinaria de un preso cualquiera. Frijoles, arroz, y a veces, un poquito de carne y un pocillo de café negro. Ése era el almuerzo. Lo mismo, más o menos en la noche, y por la mañana gallopinto, esto es, arroz frío revuelto con frijoles y tortilla”.

Por ese entonces ningún correligionario protestó, y peor aun, ahora siguen ensalzando como próceres y caudillos a Zelaya y Somoza. Amigo lector: no hay que olvidar que la historia es la gran maestra de la vida.

El autor es historiador conservador.

Editorial
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