Ricardo A. De León [email protected]
Al finalizar la “década perdida” e iniciar los noventa, muchos países comenzaron un largo camino para conocer la democratización, enfrentándose con altos índices de pobreza y resabios socioeconómicos resultantes de años, a veces de décadas de regímenes de corte autoritaristas y totalitaristas, los cuales emergieron enmarcados en la dinámica de la Guerra Fría, suponiendo un apoyo a una de las superpotencias mundiales.
Muchos de estos países que siguieron esta dinámica hacia la democracia han acabado por volver a regímenes de ex militares, tales son los casos de Venezuela y Ecuador, y con rasgos populistas. Y otros muestran signos de descomposición y la no aceptación del régimen democrático, que en muchos de ellos se ha limitado a la realización de elecciones libres.
Por eso es válido decir que la democracia latinoamericana se encuentra ante un mayor descontento y desencanto entre sus ciudadanos, pero si nuestro deseo es mantener la democracia, debemos aprender que se preservará solamente si se aprende a limitar el accionar despótico del Gobierno, sino caerá en manos de una pequeña minoría la cual tomará el poder en sus manos. El gobierno ilimitado, que es frecuentemente un efecto de la democracia, no siempre es el mejor camino para lograr conseguir la felicidad de los individuos, que deberá ser el fin último.
El Premio Nóbel de Economía y uno de las más grandes intelectuales del mundo, Friedrich Hayek expresó: “No considero a la democracia como un fin último; no es como la libertad una finalidad; es un medio, pero es probablemente la mejor forma de gobierno hasta aquí descubierta, y, creo que estamos todos interesados en preservarla”. Algo que definitivamente no deja de ser cierto, ya que ha sido el mejor medio para conservar las libertades de los individuos dentro de una sociedad, en comparación con los diferentes sistemas de gobiernos hasta ahora existentes.
“La democracia extiende la esfera de la libertad individual”, dijo Tocqueville en 1848, “el socialismo la restringe. La democracia le da todo el valor posible a cada hombre; el socialismo hace de cada hombre un simple agente, un número. La democracia y el socialismo no tienen nada en común sino una palabra: igualdad. Pero observen la diferencia: mientras la democracia busca la igualdad en la libertad, el socialismo busca la igualdad en la restricción y la servidumbre”.
Sin embargo, vemos que los gobiernos “progresistas” están volviendo a la carga con el discurso de antaño y sin ofrecer nuevas y mejores alternativas a los individuos, para gobernarse y ser gobernados libremente.
Por todo esto, los partidos políticos y los ciudadanos latinoamericanos deberíamos pensar que entre la democracia y otro sistema, América Latina necesita un proceso pacífico y profundo del cambio de las estructuras reales del poder y de las estructuras del pensamiento y del comportamiento, a como acertadamente dijera Josef Thesing, en su ensayo sobre Democracia en Latinoamérica.
El autor es licenciado en Relaciones Internacionales.