Más allá de las hermosas playas de Cancún

Xavier Ruiz [email protected]

Mientras los abarrotados aviones, llenos de turistas ávidos de sol y playas transparentes, seguían aterrizando por decenas en su aeropuerto, Cancún celebraba una nueva ronda de negociaciones de la OMC. Lugar idóneo, sin duda: vistos los resultados de la cumbre, más hubiera valido que algunos de los asistentes se hubieran confundido entre las sombrillas y se hubieran dedicado a construir castillos de arena.

La OMC sigue adoleciendo de los males que arrastra desde su creación: pretender imponer unas condiciones comerciales pensadas desde el Norte (los países con más influencia política, no digamos ya económica), y proteger los intereses de un sistema liberal que ya da muestras de cansancio y de haber entrado en un callejón sin salida. La gran novedad de Cancún fue el resurgimiento de un grupo de presión capaz de frenar el ímpetu dominador de EE.UU. o de la Unión Europea; un grupo de 23 países liderado —ahí es nada— por Brasil, China, Argentina e India, y que han podido plasmar las necesidades del Sur con una fuerza negociadora muy necesaria.

Esto lleva a considerar que, sin duda, la OMC debe seguir existiendo. La crítica a los postulados de algunos de sus miembros no debe esconder que esta organización es imprescindible, pues allí los países menos desarrollados pueden discutir en la misma mesa con las grandes potencias, y este diálogo es básico para la construcción de un mundo más justo. ¿Dónde, si no, plantear el problema de las patentes y los problemas de distribución de las medicinas genéricas, que hunden a África hacia unos índices de mortalidad descomunales? ¿Dónde, entonces, denunciar las subvenciones agrícolas del Norte, que condenan a millones de productores del Sur a vender en unas condiciones de imposible competencia?

Nicaragua y toda Centroamérica son víctimas y parte fundamental de este circuito viciado, y me temo que su voz ha vuelto a oírse a bajo volumen. ¿Para cuándo una postura común de todo el área, firme y clara? Se sigue sin desprenderse del complejo de país pequeño sometido a las voluntades de los hermanos mayores. Y aquí hay ganaderos y agricultores que esperan del Gobierno una postura sincera para garantizar unas exportaciones que les permitan subsistir con dignidad.

Pero muchos fueron a Cancún pensando que la partida estaba ganada de antemano y que podrían gozar del sol mexicano. Así se explica el fracaso final de la reunión, con una UE enrocada en impedir cualquier menoscabo de sus privilegios (no olvidemos que el precio por día de una vaca europea es superior al coste diario de un niño somalí) y unos EE.UU. que siguen dominando el mercado a golpe de arancel. La aparición de un lobby alternativo ha supuesto una esperanza para millones de personas, pues este contrapeso debe repercutir, a la larga, en un equilibrio de los desajustes comerciales a nivel internacional. ¿Pero se podrá mantener esta coalición, todavía frágil debido a la disparidad política de sus miembros? ¿Estará Centroamérica en ese carro, o dejará a sus campesinos a merced del mercado para conservar otras migajas otorgadas en cuentagotas?

Los países en vías de desarrollo van descubriendo, por fin, sus demandas de forma clara. Hay que destacar el buen papel también de algunas ONG que con sus informes han plasmado la dura realidad del comercio mundial. Y a nadie le gusta que le saquen sus vergüenzas, por eso los rostros de algunos representantes de países ricos en la OMC eran, el último día, el vivo retrato del cazador cazado. No se avanzó mucho, pero esa ronda de negociaciones llamada “del desarrollo” pudo, finalmente, hacer honor a su nombre. Ni que sea por demostrar que algunos castillos de arena que el Norte quiso construir en las playas de Cancún se tornaron, por arte de magia, en castillos de aire.

El autor es cooperante español. Profesor del master de Cooperación y Desarrollo de la Universidad de Barcelona.

Editorial
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