Angélica Martínez [email protected]
Un amigo extranjero me hizo un comentario el otro día. Él dice que en Nicaragua “no existe” gusto por la música clásica. Un poco airada le contesté que él estaba totalmente equivocado. Las generalizaciones son peligrosas. Pero luego más calmada me puse a pensar que aquella crítica solo podía deberse a un simple ejercicio de observación: la única radio dedicada a difundir la música clásica (Radio Güegüense) agoniza y no existe preocupación por salvarla.
Entre los culpables de que en nuestro país no se conozcan a los grandes compositores universales estamos nosotros (los medios), pero no somos los únicos. El Ministerio de Educación, Cultura y Deportes (MECD) y el Ministerio de Cultura son los primeros llamados a implementar programas de educación y difusión musical y no lo hacen (¡!). Sin irnos muy lejos en nuestro vecino del Sur, Costa Rica, dentro de los programas escolares se ha incluido la música como una materia más.
El problema con la democracia es que no siempre la mayoría tiene la razón. Estas palabras me las dijo uno de mis profesores en la universidad y vienen a mi memoria cada vez que me encuentro frente a situaciones paradójicas. Una gran paradoja para mí es la moda.
Lo triste con la moda es que pasa pronto. Si no lo creen, en el caso de la música sólo recordemos a la Macarena o más reciente aún el Aserejé. Es el mejor ejemplo (o el peor según se vea), de lo que ocurre cuando una mayoría prefiere escuchar “el perreo”, desdeñando a los grandes clásicos como Beethoven, Vivaldi, Bach o Verdi, sin darse cuenta de lo que se pierden.
Los ritmos que han causado el mayor furor entre la juventud han marcado épocas, pero ¿de cuántos de ellos se puede decir que se hayan hecho tratados o que hayan sobrevivido en su estado puro por más de un siglo hasta nuestros días? La respuesta es: sólo la música clásica.
Soy joven. Partamos de ese hecho y no estoy conspirando en contra de la moda. Sólo quiero hacer notar que existen otras opciones más allá de ella. Entre Beethoven y el “perreo” hay un mundo de diferencia.
Como joven disfruto de todo el abanico musical que se puede escuchar en CD y por las emisoras de radio. Dependiendo del ambiente, lo mismo puedo bailar una buena ranchera, “soltarme el pelo” con el hip-hop o moverme al ritmo sinuoso del reggae, pero nunca cambiaría la “Gran Sinfonía en C Mayor”, de Schubert por La gata celosa, de Magnate y Valentino.
No estoy diciendo que todos los jóvenes busquen escuchar sólo “perreo” sino que por la misma presión de grupo que los somete y por la cual no pueden expresar sus otros gustos musicales, la falta de oportunidades para gozar de música clásica y el miedo a que los demás se ¡burlen!, los convierte en “borregos”, una masa amorfa que sólo ve y escucha lo que la mayoría quiere o lo que el mercado ofrece.
Los beneficios de la música clásica son muchos y están comprobados científicamente. Los sicólogos Haley y Goldenson dicen: “…el jugar es la forma en que el niño aprende a conocer más el mundo que lo rodea… Así como aprenden a hablar y a caminar, así también descubren y desarrollan sus habilidades motoras jugando con melodías, ritmos, movimientos y sonidos”.
¿Quién no ha sentido cómo unas manos delicadas le masajean las sienes mientras escucha el Ave María, en la voz de Luciano Pavaroti? y ¿cuántos pueden decir que han sentido eso al escuchar Fumarme un Phillie, de Rubio & Joel? Lo que está a la vista no necesita anteojos, pero mi amigo extranjero tiene que escarbar más que encima de la superficie. A los nicaragüenses sí nos gusta la buena música.
La autora es Periodista.