Ruth C. de Fuentes
El amor de Sor María a su madre María Auxiliadora está unido íntimamente a su amor a Jesús. En uno de sus escritos dice: al no más despertar gritaré, mamá, mamacita linda, y me echaré en sus brazos… y allí me quedaré abrazándola y besándola y repitiendo bajito, muy bajito y dulcemente: “Ave María, yo te amo y te amo por medio de Jesús”, eso es verdadero y sincero amor.
Sor María gozaba enormemente el sólo pensar en el amor y unión de Jesús con su Madre. Recuerden que la única sangre humana que Él llevaba era la de su Madre, la que lo llevó en su vientre por los nueve meses por obra del Espíritu Santo. Fue mucho lo que sufrió por ese amor, por eso la llamamos Virgen Dolorosa. Qué grandeza y maravilla de mujer y qué regalo más precioso es el que el Señor nos ha dejado, el que al recibir su sangre también recibamos la sangre de su Madre. Me imagino lo que debe haber sentido Sor María al recibir ese milagro maravilloso, recibir la sangre de Jesús y de su Madre en la Sagrada Eucaristía, diariamente. Esto le servía de ejemplo para así amarlos a los dos, siempre juntos en el dolor y el amor. Recordemos que la Virgen fue la Corredentora de todos los hombres, sufrió la pasión de su hijo y lo acompañó en silencio en todo su calvario. Sí, Sor María quiso seguirlos y acompañarlos con lo mucho que sufrió, pero a pesar de tanto sufrir no perdió su carácter jovial y bromista.
Sor Antonieta Navarro, compañera suya de colegio, escribe: “María, era muy alegre, buena y aplicada. Cogía el modo de ser de cada persona y luego lo remedaba con tanta gracia que nos hacía reír a todas. Su maestra de sexto grado (laica), le decía siempre Romerito y como a ella no le gustaba, le decía Señoritinga. Una vez la maestra le reclamó y ella le dijo: ‘cuando usted no me diga Romerito, yo no le diré Señoritinga’”.
Uno de los tantos milagros que le concedió su Reina: “Un técnico fue a ver en dónde se podía hacer el pozo e indicó un lugar apropiado, en donde debía hacerse la ‘columna mater’. El ingeniero dijo que era imposible y mirando a Sor María le habló autoritariamente: ‘usted tiene que cambiarlo y marcarlo ahora mismo’. La pobre Sor María intentó sustraerse a tanto riesgo: ‘pero, si yo no entiendo nada de eso, no sé nada’ y él le replicó: ‘no importa, la cosa es apremiante, no hay tiempo que perder’”.
Con su encantadora sencillez ella escribe: “¿Qué hacer, pues? ¡Obedecer! Y con los ojos cerrados, caminando entre escombros, apoyada en uno de los peones y como buscando con un palo, pidiendo a la Virgen que le inspirara el lugar donde debía marcar, aquí, dijo al fin la hermana, y allí clavó el palo. El que iba a hacer el pozo le advirtió: “En barrio México acabamos de hacer uno de treinta y cinco metros de profundidad. Aquí estamos en la zona más alta del barrio y, desde luego, el agua la encontraremos a una profundidad mucho mayor, a lo menos de cuarenta a cincuenta metros”.
Sor María tenía de su parte a la Virgen y le estaba repitiendo en voz baja. “Pon tu mano, madre mía, pon tu mano”… “no importa —se le repuso—, aunque fuera a cien, con tal de que haya agua”, se fue a la Capilla rápidamente y rogó a la Virgen que hiciera encontrar el agua en seguida, pues cada milímetro cúbico costaba muchísimo y que si estaba contenta con que tuviéramos el consultorio, nos lo manifestara poniendo aquí su sello.
Se inició la excavación. Un día después escribe ella, el que estaba excavando el pozo, vino lívido corriendo a decirnos: “¡Ya hay agua! ¡ya hay agua!”
“¿Ya hay agua? Sí. Y, a cuántos metros? A diez”.
Sor María es elegíaca: “¡aquella agua, como una palanguita llena de plata, se veía al fondo oscilar, hablándonos en su lenguaje mudo de la bondad de nuestra madre del cielo! De rodilla la bendijimos y rezamos con todo el corazón el Agimus y el Magnificat. Mandaron a examinar el agua: resultó agua potable, ¡perfecta!
Esa era Sor María Romero, nuestra santita que amó y sirvió a los pobres imitando a Jesús y a la Virgen. Sigamos su ejemplo.
La autora es miembro de la Asociación Sor María Romero.