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Los camaradas enriquecidos
La conocida y prestigiosa revista norteamericana Forbes, publica anualmente la lista de las personas más ricas del mundo, sobre la base de un rango de fortunas de mil millones de dólares para arriba. En 2003 hay en esa lista 476 personas de 43 países.
La sorpresa, este año, ha sido el ingreso “masivo” de rusos a la lista de los más ricos del mundo. En efecto, diez personas de Rusia figuran este año y por primera vez en el registro de los cien más multimillonarios de todo el planeta.
El hombre más rico de Rusia y número 26 en el mundo, según Forbes, es Mijail Jodorkovsky, cuya fortuna se cifra en ocho mil millones de dólares. A continuación está Román Abramovich, segundo más rico en Rusia y 49 en el mundo, con 5,700 millones de dólares. El tercer ruso más rico y número 68 en la Tierra es Mijail Fridman, que posee 4,300 millones de dólares. Otros catorce rusos que tienen capitales superiores a 1,000 millones de dólares, están ubicados entre los lugares 147 a 427.
Pero, ¿de dónde salieron esos rusos multimillonarios y cómo obtuvieron sus fortunas, si hasta la caída del comunismo en agosto de 1992 en la Unión Soviética nadie era capitalista, todos eran iguales y a lo sumo poseían una “propiedad personal” que no pasaba de un automóvil y una “dacha” (casa de descanso)?
En realidad, en Rusia como en todos los países ex comunistas y revolucionarios en los que el Estado era el dueño de todas o la mayoría de las empresas y bienes del país, después del derrumbe del comunismo y la revolución ocurrieron las “piñatas” (apropiación “legal” o de hecho de las empresas, propiedades y otros bienes públicos) perpetradas por los antiguos líderes del partido y sus allegados.
En Nicaragua, país pequeñito y pobre, según estimaciones extraoficiales, las empresas, propiedades y bienes que fueron piñateados después que terminó el régimen sandinista, valían más de mil millones de dólares, y muchos antiguos capos revolucionarios quedaron convertidos en poderosos empresarios. Podemos entonces imaginar cómo sería la piñata en la antigua Unión Soviética, uno de los países más grandes y poderosos del mundo donde las innumerables propiedades del Estado pasaron a manos de particulares por medio de múltiples modalidades, turbias en su mayoría.
Según la prensa rusa, la principal fuente de enriquecimiento súbito de la nueva oligarquía fue la privatización de las empresas estatales que se llevó a cabo mediante los más oscuros procedimientos que cabe imaginar, durante los diez años que el ex comunista Boris Yeltsin estuvo en el poder. Fue entonces que surgieron los poderosos imperios económicos que ahora dominan Rusia y pertenecen a apenas 17 personas poseedoras cada una de ellos de más de mil millones de dólares.
Por cierto que una de las claves del éxito de la política económica del actual presidente de la Federación rusa, Vladimir Putin, es haber dejado de cuestionar a los grandes potentados rusos que se enriquecieron desmedidamente bajo el amparo de las privatizaciones. “Lo robado robado está”, pareció pensar Putin y lo que hizo fue obligar a los nuevos oligarcas económicos y financieros a pagar correctamente sus impuestos y que dejaran de meterse en los asuntos del gobierno.
En realidad, desde 1992 hasta el 2000, cuando Putin llegó al poder, Rusia se precipitó en una de las más terribles crisis económicas que país alguno haya sufrido jamás. Pero Putin enterró la política corrupta e ineficiente de Boris Yeltsin e implementó una serie de medidas drásticas: creación del impuesto único del 13 por ciento, implantación de un benigno sistema impositivo a las corporaciones, autorización de la venta y comercialización de la tierra y eliminación de muchos de los engorrosos trámites burocráticos.
Ahora la inversión extranjera en Rusia ha aumentado a un ritmo del dos por ciento anual, la economía creció nueve por ciento en el año 2000, cinco por ciento en el 2001 y más o menos cuatro por ciento el año pasado. Y los antiguos camaradas enriquecidos disfrutan sus fortunas piñateadas a cambio de no molestar al Gobierno y pagar cumplidamente sus impuestos, y así ayudar al desarrollo del país donde una vez todo fue de todos y ahora es de unos cuantos.