¿Por qué acallar la voz de la Iglesia?

Violeta Reyes de Padilla

Con relativa frecuencia en algunas entrevistas que se realizan por la TV se escucha y se ve a personas que atacan a la Iglesia Católica, queriendo acallar su voz, pidiendo que no opine, diciendo que no tiene derecho de hacerlo.

Este sarampión se está regando en diferentes medios de comunicación social y sin querer queriendo va calando en la opinión de muchos que la Iglesia no puede emitir juicios sobre los temas relacionados con la vida humana.

Especialmente se percibe esta actitud hostil en grupos feministas radicales y de izquierda, que se autoproclaman representantes de las mujeres nicaragüenses, cuando la mayoría de nosotras no nos identificamos con ellas y constituyen una minoría ínfima auspiciadas por ONG que manejan muchos fondos, que les dan un alto estándar de vida. Y está bien si ellas así lo quieren, pero siempre y cuando no quieran cambiar la identidad y vida de familia de nuestro pueblo.

Estas mismas personas son ahora las que promueven y abogan por una enseñanza sexual libertina. Saben que una educación sexual que promueve el “sexo seguro” la homosexualidad como una “opción sexual” abre las puertas a un libertinaje favorecedor de conductas sexuales con consecuencias nefastas en la vida y en la naturaleza humana. Fuimos creados varón y hembra, esta es la especie humana que tenemos que proteger, así como protegemos las otras especies. Mientras más seamos a nuestra naturaleza, habrá menos desequilibrios ecológicos.

No se puede olvidar que precisamente uno de los cometidos fundamentales de la misión de la Iglesia es velar por la recta ordenación de las cosas temporales, de modo que sirvan al hombre y a la mujer para alcanzar su fin último y no lo desvíen de él. La Iglesia Católica contiene en su doctrina todo lo que concierne al ser humano en su entorno moral y social. Por eso como maestra y madre detecta de inmediato lo que no está bien.

Es una realidad que después de años de campaña de sexo seguro las enfermedades de transmisión sexual se han extendido más que nunca. Un caso ilustrativo: en EE.UU., donde se propagaron los preservativos, los 65 millones de personas infectadas actualmente con algún tipo de enfermedad de transmisión sexual, denotan que no preservan nada. Este dato fue presentado por el National Institute for Health Report. Está claro que el sexo casual, no es seguro a pesar de que lo digan todos los eslóganes.

¿Por qué se apoya la educación sexual tan inadecuadamente? Como decía la periodista L. Burrows, en el Daily Telegraph: “Quizá la respuesta se debe a que hay demasiadas personas que tienen, o un interés financiero en promover la contracepción, o una postura ideológica que defiende el libertinaje sexual. Apoyando ambas estos dos motivos han silenciado la discusión pública sobre el sexo casual. Para las personas que buscan una guía real para permanecer sanas, se debería escuchar con más atención a la Iglesia Católica.

La Iglesia desaprueba el intento de combatir la difusión de las enfermedades venéreas repartiendo al por mayor los preservativos a los adolescentes. Esto significa promover la promiscuidad. Como lo ha hecho desde hace 2,000 años, respalda con firmeza y promueve la educación basada en valores y en los programas de prevención: abstinencia fuera del matrimonio monógamo, y fidelidad conyugal. Son las únicas cosas que al final funcionan.

La Iglesia tiene el derecho, por su autoridad moral y porque estamos en una democracia, de dar su opinión públicamente (Cfr. Constitución Política de Nicaragua, Arto. 69: todas las personas, individual o colectivamente, tienen derecho a manifestar sus creencias religiosas en privado o en público, mediante el culto, la prácticas y su enseñanza). Por tanto, no puede ser coartada ya que tiene el deber de denunciar toda amenaza a la dignidad de la vida de la persona humana en todas sus dimensiones, compromiso que tiene en su misión evangelizadora por todo el mundo y a toda criatura.

Hoy más que nunca es urgente que la Iglesia oriente con la verdad ya que hay una amenaza con nuevas formas de agresión a la dignidad humana y a la familia, queriendo cambiar nuestra cultura y nuestra forma de pensar y actuar, tratando de deformar nuestra conciencia y haciendo que veamos lo malo como bueno y lo falso como verdadero.

La autora es miembro de ANIMU.

Editorial
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