Vanessa Castro [email protected]
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La educación para la vida y el debate que existe sobre la educación sexual
Vanessa Castro Cardenal
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Con alivio he sabido que el Ministerio de Educación ha retirado sólo temporalmente el Manual de Educación de la Sexualidad para docentes, procurando conseguir mayor consenso de la sociedad. Escribo esta nota para aportar al debate externando tres preocupaciones.
La primera es sobre la naturaleza del consenso a crear. Me parece vital que se dé prioridad a las opiniones de padres de familias con hijos-as en escuelas autónomas o públicas, sobre todo a los de bajo nivel educativo. Es en estos sectores según datos de Endesa, donde se concentra el embarazo de mujeres adolescentes. Si el consenso se hace con quienes tenemos hijos-as en colegios o universidades religiosos, o sólo con líderes de opinión, se dejará por fuera a la población más pobre, la mayoría, desgraciadamente silenciosa de esta sociedad. No consultarles nos arriesga a quedarnos con una visión distorsionada o peligrosamente ideológica de lo que Nicaragua necesita.
La segunda es sobre el foco de discusión. ¿Discutimos sobre preceptos o sobre seres humanos? Tristemente, muchos articulistas parecen más preocupados por el cumplimiento de determinadas reglas y normas de conductas que por quienes las practicarán. Sobre todo, percibo despreocupación por los resultados de la falta de educación sexual. ¿No son acaso muchos niño-as que mendigan resultado de la ignorancia de sus padres sobre procesos biológicos? ¿qué nos debe preocupar más, estos niños que más tarde pueden sumarse a pandillas e involucrarse en drogas o un conjunto de normas?
La tercera, es que creo debe aclararse la diferencia entre educación sexual, educación moral y educación religiosa. En muchos artículos noto confusión entre estos tipos de enseñanza, lo mismo que una errada asociación entre lo que es suministro de información objetiva sobre procesos biológicos y emocionales con indoctrinamiento. En muchos colegios religiosos se da formación cristiana y educación sexual, reconociéndose la importancia del sexo en la construcción y bienestar de la familia. ¿Por qué entonces los estudiantes de menor nivel de ingresos no podrían contar con profesores debidamente preparados para brindarles educación sexual? ¿por qué no puede utilizarse este manual en los colegios laicos y públicos para dar una educación sexual moderna combinada con una educación moral formadora de los educandos en el respeto a sí mismos y a los otros en todos los campos de la vida, no exclusivamente en el sexual?
Considero vital que en nuestras escuelas se implemente el uso de este manual mejorado, pero no adulterado en su esencia científica, ni en la visión moderna de las emociones asociadas a un desarrollo sexual sano. El MECD no puede impulsar un proyecto de educación para la vida ignorando la sexualidad. No hay vida sin sexualidad y educarnos para vivir esa sexualidad respetándonos y respetando a otros, es vital para la familia, los niños y niñas de este país.
Simultáneamente se debe trabajar en un proyecto de educación moral. Este proyecto de educación moral a impartir a nuestros estudiantes debe armonizar con el proyecto del MECD de educación para la vida. Según entiendo la educación para la vida busca que los estudiantes puedan aplicar lo que aprenden cotidianamente. Esto es conocido en pedagogía como “autonomía intelectual”, definida por Piaget como:
* la capacidad de poder seguir aprendiendo,
* de aplicar los conocimientos,
* de distinguir entre lo falso y lo verdadero.
Consecuentemente, la formación complementaria en el campo cívico según mi opinión, debe crear “autonomía moral” en los estudiantes. Esta autonomía permite a los educandos distinguir entre el bien y el mal tomando muy en cuenta el respeto a los principios por auto-control, no por temor al castigo.
Enseñando autonomía moral lograremos que nuestros estudiantes se formen no sólo para que controlen su sexualidad, sino para que puedan resolver los dilemas morales que se plantean cuando nuestros intereses individuales entran en conflicto con los de nuestra comunidad.
Esta formación es contraria a la que surge de la permisividad o de la represión. La represión no forma, como tampoco “enseña a aprender” el docente que dicta en su clase sin generar curiosidad por nuevos conocimientos, ni crear destrezas para que los educandos sepan buscarlos por sí mismos.
Por ello creo que los problemas de la moralidad de Nicaragua no se van a resolver suprimiendo la educación sexual o decretando la prohibición de las relaciones sexuales entre los jóvenes antes del matrimonio. Y no es que discrepe de la importancia de la abstinencia, simplemente creo que a ella se llega por autocontrol. Y este último no se consigue cuando se niega el acceso a información objetiva. Más bien al revés, sólo el conocimiento sobre nosotros mismos, nuestro cuerpo y nuestras limitaciones y cualidades nos permitirá ejercer la responsabilidad sobre nuestros actos.
La autora es consultora y doctora en Educación, Harvard.