Edgard Rodríguez C. [email protected]
A Cal Everett le dicen el incomprendido.
Durante once años, no ha sido comprendido en nueve equipos de Grandes Ligas. Entre su debut con los Marlins en 1993, y su reciente aterrizaje en Chicago, para unirse a los Medias Blancas, hay otros siete clubes por los que ha pasado y tampoco se le ha entendido su forma de ser.
Y no es un mal jugador. Everett juega caliente. Es capaz del gesto más heroico por su club y en cifras, hay dos campañas sobre 300 puntos y otras dos sobre 100 empujadas. Su average al año, es 25 jonrones y 95 remolques. A este tipo de bateador, no se halla a la vuelta de la esquina.
El problema es que es insoportable.
En 1999, después de batear .323, disparar 25 jonrones y empujar 108 carreras, en Houston nadie frunció el ceño con su partida. Llegó a Boston y bateó .300, con 34 tablazos y 108 remolques. Y objetivamente, no hallaban cómo salir de él. Siempre fue un problema. Es irascible.
¿Cuántos jugadores tipo Everett tenemos en nuestro béisbol? “Hay algunos”, me decía Eduardo Romero, el notable jardinero leonés, que se ha abierto espacio por su juego intenso y su claridad para enfocar las dificultades de sus compañeros con los dirigentes de la pelota nica.
Y uno de los temores que se percibe en el campamento de la Preselección Nacional de béisbol es que entre los profesionales que reforzarán al plantel que irá al Mundial de Cuba, haya uno que otro jugador “tipo Everett”. Es decir, disociador, intolerante y con mates de campeón.
Ojalá no sea así, porque una de las razones para el éxito del conjunto que fue a Dominicana, fue justamente la capacidad para sintonizar la misma frecuencia, para halar en la misma dirección y para sentirse todos de la misma estatura, sabiendo que existen unos mejores que otros.
¿Qué hay equipos en los que nadie se lleva bien y ganan? Es cierto. Los Yanquis del pasado son un ejemplo de eso. Pero hace poco salieron de Raúl Mondesí porque no se adaptó al sistema que se utiliza ahora. Los tiempos han cambiado.