Apagones

Fernando José Bárcenas Molina El colapso en el suministro de energía eléctrica en un país desarrollado es una sorpresa mayúscula, no sólo porque los elementos de protección están adecuadamente diseñados para aislar una falla selectivamente, de modo que no trascienda más allá de la zona en que ocurre la misma, sino porque los componentes fundamentales […]

Fernando José Bárcenas Molina

El colapso en el suministro de energía eléctrica en un país desarrollado es una sorpresa mayúscula, no sólo porque los elementos de protección están adecuadamente diseñados para aislar una falla selectivamente, de modo que no trascienda más allá de la zona en que ocurre la misma, sino porque los componentes fundamentales del sistema cuentan con elementos redundantes, lo que permite realimentar subestaciones y centros de transformación por vías alternativas, sin sobrecargas. Pero, ahora, la sorpresa del apagón de Nueva York suscita suspicacias cuando 14 días después se repitió en Londres.

Ante ello, la investigación central del Consejo Norteamericano de Confiabilidad Eléctrica intenta determinar por qué razón no se circunscribió la falla después que las tres primeras líneas de transmisión salieron de servicio. Y por qué hasta 12 horas después del apagón el servicio comenzó a reestablecerse en ciertas áreas. Los trenes subterráneos de Nueva York, el sistema de transporte más eficiente de la ciudad, comenzó a funcionar hasta el lunes siguiente.

Para sorpresa general, en nueve segundos, a las 4:10 p.m. del jueves 14 de agosto, se cayó la red eléctrica del sistema Niágara-Mohawk (al noreste de los Estados Unidos), y quedaron a oscuras 50 millones de personas en Nueva York, Cleveland, Toledo, Hartford, Detroit, Toronto, Ottawa y el estado de Massachussets, en un área de 24,000 millas cuadradas. Con un costo superior a la destrucción de las dos Torres Gemelas. Sólo para los neoyorquinos, las pérdidas podrían ser de hasta 750 millones de dólares, según el New York Times.

Vimos con perplejidad cómo en las primeras horas y días en lugar de una información oportuna que generase confianza, se producían conjeturas en los más altos niveles de responsabilidad. Al inicio se dijo que un rayo cayó cerca de las cataratas del Niágara. Luego se atribuyó la culpa a Ohio, cuyas autoridades se la achacaron a Canadá y al norte del estado de Nueva York.

Por fin, el presidente del Consejo Norteamericano de Confiabilidad Eléctrica. Michel Gent, dio una versión categórica: “Ahora estamos bastante seguros de que esta interrupción comenzó en Ohio”.

Sin embargo, el New York Times publicó al día siguiente del apagón la declaración del ex ministro de Energía, Bill Richardson, que resume la situación de fondo, más allá de la explicación técnica de la falla en sí misma: “Somos una superpotencia con infraestructura eléctrica tercermundista”.

Esto, al igual que el reciente informe sobre la tragedia de la lanzadera espacial Columbia (ocurrida hace siete meses), revela que los Estados Unidos en distintos terrenos enfrenta un problema central de negligencia burocrática.

El concejal Hiram Monserrate, así como las asociaciones de dueños de restaurantes, han entablado una demanda por negligencia e irresponsabilidad, bajo la acusación de poner en peligro la seguridad y la salud de los neoyorquinos y de ocasionarles pérdidas por millones de dólares.

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