Un país de mentira

Eduardo Enrí[email protected]

Nicaragua no es un país de verdad. Hay gente a la que le molesta escuchar eso, pero en lugar de enojarse deberían examinar nuestra realidad. Y actuar.

Esa afirmación me costó muchas críticas ayer por la mañana cuando participé en un foro organizado por la Fundación Violeta Barrios de Chamorro y la Facultad de Comunicación, de la UCA, en el que se analizó la cobertura que los medios escritos dieron al caso de la niña conocida como “Rosa” y al proyecto de Ley de Igualdad de Oportunidades.

Mi afirmación fue que, en parte, el caso de “Rosa” no había desembocado en una cobertura de mayor profundidad porque “en los países de verdad”, dije, esos casos provocan la movilización de la sociedad civil y de los políticos y eso desemboca en mayor cobertura y muchas veces hasta en una mejor legislación para hacer más difícil que ocurran tragedias como la que sufrió esa niña.

Eso fue suficiente para que muchos colegas reaccionaran airados. Lo tomaron como un insulto personal o, al menos, como un insulto a la Patria.

¿Pero, cómo se puede pensar que nuestro país es “de verdad”, cuando hay zonas donde no existe la presencia del Estado; donde al menos 800 mil niños se quedan sin ir a la escuela cada año; donde los hospitales no tienen medicinas; las carreteras las hacen nuevas y a los tres años desaparecen; el sistema judicial es un mercado persa, la Asamblea Nacional un circo y el Poder Electoral da ganas de llorar.

¿Hay alguien que piense que la decisión de enviar tropas a Irak por parte del Ejecutivo es soberana? Esa palabra no tiene ningún significado aquí. En la zona fronteriza con Costa Rica la moneda más común es el colón, ven televisión y oyen radio de Costa Rica y si deben ir a la escuela o al centro de salud, van al tico, porque de este lado no hay. Y ni hablar de nuestros mares, violados constantemente por piratas hondureños o narcotraficantes colombianos.

¿Qué país que se precie de serlo permite que su niñez languidezca a un par de cuadras de la flamante Casa Presidencial. En la esquina de lo que fue el Teatro González pululan los niños cargando a niños y de milagro no muere uno diario bajo las pesadas llantas de las camionetonas o los camiones.

Y esa es otra cosa. Terremotos hubo en Japón, México, Guatemala y en muchos lugares más, pero las ciudades se vuelven a levantar; sólo aquí han pasado 30 años y en el centro de Managua todavía quedan escombros. ¡Por favor!

Para colmo, aquí no más, en la Laguna de Apoyo, donde los peces se están muriendo y nadie sabe todavía por qué, la presencia estatal es un sólo guardaparques armado de un machete. Él debe recorrer a pie la costa de los más de 20 kilómetros cuadrados de la laguna.

Tal vez me dirán que lo que es de mentira, entonces, es el Estado. Pero si el Estado sale de la misma ciudadanía. ¿O acaso hace año y medio no salió el 94 por ciento de la población a votar en las elecciones generales? ¿y cuál fue el resultado? Miren la Asamblea que elegimos, ¡por Dios!

Al final el país es de uno y uno lo quiere sea como sea, pero fuera de un romanticismo patriotero mal entendido, la verdad es que nos falta mucho para llegar a ser un país de verdad. Y como el alcohólico, el primer paso hacia la recuperación es reconocer que se tiene un problema. Lo demás es charlatanería.

Editorial
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