Lula elige ser estadista

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Lula elige ser estadista





No sólo en Brasil sino que a escala internacional impactó la declaración del presidente brasileño, Luiz Inácio (Lula) da Silva, de que no le gusta que lo consideren izquierdista.

La sorprendente declaración se produjo el miércoles (27 de agosto) de esta semana, en Caracas, durante una presentación ante los periodistas junto con el presidente venezolano Hugo Chávez. Pocos días antes (el domingo 24 de agosto) el influyente periódico de Sao Paulo, O Estado, había publicado los resultados de un estudio de opinión pública elaborado a solicitud de dicho diario por el Instituto Brasmarket, según los cuales “las expectativas positivas de los brasileños en relación con el gobierno de Lula cayeron de 84.3 por ciento en junio al 59 por ciento en la tercera semana de agosto”.

Además, la abjuración de Lula al izquierdismo se produjo en medio de un aumento de las inconformidades entre sus mismos correligionarios del oficialista Partido de los Trabajadores, que lo acusan de que no quiere convertir las propuestas partidistas en acciones gubernamentales.

Al respecto de la declaración del presidente Lula los periódicos brasileños han recordado su contundente expresión durante la campaña electoral de 1998: “Somos una candidatura de izquierda para resolver los problemas sociales del país”. Y han citado al presidente del Partido de los Trabajadores, José Genoino, quien proclamó orgullosamente apenas en junio del año en curso: “Con la victoria de Lula para la Presidencia de la República, por primera vez la izquierda llegó al gobierno”.

Pero la verdad es que Lula, desde que asumió el poder en enero de este año, se ha esforzado en comportarse como un estadista. Eso se comentó la semana pasada en el periódico La Nación, de Buenos Aires, en relación con el contraste en los estilos de los presidentes, Lula da Silva, de Brasil, y Néstor Kirchner, de Argentina, a propósito de las contradicciones de ambos con sus respectivos vicepresidentes.

El Vicepresidente brasileño, José Alencar, criticó públicamente la política económica del presidente Lula da Silva y aseguró que por su culpa este año ya está perdido para la economía de Brasil. Pero ante la insistencia de los periodistas en obtener de Lula una reacción contra su vicepresidente, él respondió como un inteligente y experimentado estadista: “Yo no reacciono a eso porque tengo mucho respeto por el compañero Alencar. Él es de otro partido y por lo tanto es lógico que tenga otras ideas”.

En cambio, en Argentina, ante las críticas del vicepresidente Daniel Scioli a algunas decisiones presidenciales, por ejemplo la anulación de las leyes de amnistía, el presidente Kirchner reaccionó echando del Gobierno a varios colaboradores cercanos del viceprimer mandatario, al que además lo tiene aislado de casi todo contacto con la Presidencia.

Pero, volviendo al cambio político del presidente Luiz Inácio da Silva desde que asumió el poder, en realidad su renegación de la izquierda no fue una sorpresa para los analistas que observan de cerca su desenvolvimiento en el ejercicio presidencial. Lo cierto es que Lula ha venido aplicando una política económica ortodoxa —es decir, de acuerdo con las “recetas” de los organismos financieros internacionales—, nombró al ex presidente mundial del súper capitalista Bank of Boston, Henrique Meirelles, como presidente del Banco Central de Brasil, inclusive elogió la capacidad de planificación económica de las dictaduras brasileñas, y se alió con partidos de derecha para gobernar el país.

Por eso es que para los analistas la única sorpresa fue que ellos esperaban que Lula seguiría planteando un discurso de izquierda, aunque no lo aplicara en su práctica gubernamental. Sin embargo Lula es más audaz, realista y estadista de lo que se creía, y hasta aprovechó su visita a Venezuela y la compañía de Hugo Chávez, el presidente más izquierdista que hay en América Latina, después de Fidel Castro, para abjurar públicamente de la izquierda.

Es evidente que el presidente Lula quiere resolver los problemas de su país, no agravarlos, y por eso se esfuerza en gobernar con sentido de nación, para lo cual es indispensable desechar los planteamientos izquierdistas, que pueden ser muy buenos para agitar a las masas populares pero son muy malos para gobernar, como lo ha demostrado ampliamente la experiencia histórica, inclusive en Nicaragua.

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