Luis Sánchez [email protected]
El 10 de agosto LA PRENSA publicó un artículo de Guillermo Rothschuh Villanueva titulado Los centauros existen en Chontales, acerca de las fiestas agostinas de Juigalpa y los famosos jinetes chontaleños, que se dice son los mejores de Nicaragua.
Los Centauros (Abantes, Agrios, Arneo, Astilo, Bianor, Caumantes, Clito, Eurito, Folo, Grineo, Hipeo, Licos, Neso, Reco, Quirón, y otros) eran, en la mitología griega, seres monstruosos mitad humanos y mitad caballos, hijos de Ixión y Nefole (la Nube), a quien la diosa Hera, esposa de Zeus, le dio su apariencia para engañar a aquél, que la acosaba sexualmente.
Los Centauros eran aficionados al vino y a las mujeres, pero tenían costumbres primitivas; comían la carne cruda de los animales que cazaban con arco y flechas, palos y piedras, y vivían en los bosques de la Élide, Arcadia y Tesalia. Algunos eran agresivos y feroces, pero otros pacíficos, hospitalarios y amistosos.
La historia más conocida de los Centauros es de una terrible pelea (la Tauromaquia) que provocaron en el casamiento de Pirítoo (rey de los Lapitas, hijo de Ixión, y medio hermano de los Centauros) con la bellísima Hipodamia (también conocida como Deidamia). Ya borracho, Euritión (que era el más brutal de los Centauros) quiso violar a Hipodamia, lo que provocó la sangrienta batalla. Gracias a Teseo, el semi-dios hijo de Egeo y de Etra que venció al Minotauro y escapó del Laberinto de Dédalo gracias al hilo de Ariadna, los Lapitas vencieron a los Centauros y los expulsaron del país.
En otra oportunidad, Euritión quiso raptar a Mnesímaca, novia de Heracles. Y Neso intentó violar a Deyanira, la esposa del mismo Heracles, e Hileo y Reco quisieron abusar sexualmente de Atalanta, la hermosísima mujer de Hipómenes que fue convertida en leona, y su esposo en león, por haber hecho el amor en el templo consagrado a Deméter, la diosa de la tierra y la agricultura, hija de Cronos y Rea.
Los Centauros representan simbólicamente la doble naturaleza del hombre —humano y bestial—, la inversión del caballero, el triunfo de lo inferior sobre lo superior, el predominio del desenfreno pasional sobre la nobleza y la espiritualidad. Pero la victoria de los Lapitas sobre los Centauros simboliza el triunfo de la civilización sobre la barbarie.
Los Centauros son parte de la cultura nicaragüense por su comparación figurativa con los jinetes chontaleños y la apropiación de Rubén Darío, con su Coloquio de los Centauros en Prosas Profanas.
“Son los Centauros. Unos enormes, rudos; otros alegres y saltantes como jóvenes potros; unos con largas barbas como los padres-ríos; otros imberbes, ágiles y de piafantes bríos, y de robustos músculos, brazos y lomos aptos para portar las ninfas rosadas en los raptos”, escribió Darío.
Comencé con el hijo y concluyo con el padre, el maestro, poeta y académico Guillermo Rothschuh Tablada, quien escribió en un prólogo a Prosas Profanas: “El Coloquio de los Centauros es quizás el mayor intento que realizó el poeta, en toda su vida, por expresar su visión de la vida y de la muerte, las ideas filosóficas y religiosas que servían de base a su poesía: el misterio del mundo, oculto tras las formas perceptibles; el enigma de la mujer; el arcano de la muerte, que es para él la “victoria de la progenie humana…”
Pero la contradicción entre lo bestia y lo humano sigue sin resolver, al menos en Nicaragua, donde mucha falta hace que los Lapitas venzan a los Centauros.