Rafael Ibarguren
Uno de los genios más grandes que ha producido la humanidad en todos los tiempos es San Agustín, obispo de Hipona, en África del Norte, que vivió entre los siglos IV y V de la era cristiana. Hoy 28 de agosto es su celebración en el calendario litúrgico.
Para un contemporáneo poco conocedor de la historia de la Iglesia, resulta sorprendente que en aquellas latitudes sobre las cuales se desataron sucesivamente invasiones bárbaras y musulmanas, cismas, guerras y luchas de clanes, hubiera otrora una cristiandad floreciente, a tal punto que un ilustre personaje como Agustín —y que lo era ya en su tiempo— llegó a ser el pastor titular de esa entonces importante Diócesis.
Lo cierto es que Agustín, después de una juventud conturbada que él mismo relata en sus célebres Confesiones, en la que los errores doctrinarios y los pecados de la carne convivían con una apasionada búsqueda de la verdad finalmente encontrada, se convirtió en un maestro lleno de erudición y, por encima de eso, en un héroe de santidad. Su obra teológica, filosófica y literaria es monumental. Y su testimonio de vida es de los más bellos que conozca la hagiografía.
No voy a detenerme en este artículo en el vasto pensamiento agustiniano ni en la complejidad de su rico perfil moral. A la vista de su conversión, diré tan sólo que la gracia de Dios lo transformó radicalmente: de difusor de errores y malos ejemplos pasó a ser un paladín de la ortodoxia y del ideal de perfección.
Dios en su accionar sobre los corazones, suele utilizar causas segundas, instrumentos que sirvan de puente, que creen situaciones y faciliten las condiciones para que la gracia divina sea fecunda. De hecho, raramente Dios actúa directamente sobre un alma convirtiéndola en un lance fulminante, como hizo con Saulo de Tarso. En general se dan circunstancias —es lo que llamamos causas segundas— que concurren para que la obra de Dios se realice.
En el caso del santo confesor de la fe, hubo, entre otros, un instrumento precioso, dulce, conmovedor: una madre, su propia madre, Santa Mónica, cuya memoria la Iglesia celebra la víspera, el 27 de agosto. Así lo quiso la Providencia, madre e hijo unidos en el tiempo y en la eternidad.
No es raro que en la vida de los santos, la madre tenga un papel saliente en el caminar de los hijos por las vías del Señor. Que lo digan San Luis Rey, San Juan Bosco, Santa Teresita del Niño Jesús, entre otros. Santa Mónica, entretanto, no fue tan sólo una buena madre, fue una víctima expiatoria que con sus lágrimas arrancó de Dios la conversión de su hijo.
Contando San Agustín en Las Confesiones por cuan errados caminos andaba él en su juventud, dice: “(…) pero Tú, Señor, hiciste sentir tu mano desde lo alto y libraste mi alma de aquella negra humareda porque mi madre, tu sierva fiel, lloró por mí más de lo que suelen todas las madres juntas llorar los funerales corpóreos de sus hijos. Ella lloraba por mi muerte espiritual con la fe que Tú le habías dado, y Tú escuchaste su clamor. La oíste cuando ella con sus lágrimas regaba la tierra ante tus ojos; ella oraba por mí en todas partes, y Tú oíste su plegaria. Pues ¿de dónde sino de Ti le vino aquel sueño consolador en que me vio comer con ella en la misma mesa, cosa que ella no había querido por el horror que le causaban mis blasfemos errores? (…)” (Ediciones San Pablo, Venezuela, 1999, páginas 83/84).
Asimismo, en la obra citada relata Agustín que su madre acudió al famoso obispo de Milán, San Ambrosio, pidiendo su concurso para que convenciera al joven de su descamino. “(…) Pero él no quiso. Dijo que yo era todavía demasiado indócil, hinchado como estaba por el entusiasmo de mi reciente adhesión a la secta (maniquea) (…) “Déjalo en paz, solamente ruega a Dios por él (…)” Y como la madre desconsolada insistía en la intervención del docto pastor “el obispo, un tanto fastidiado, le dijo: No es posible que se pierda el hijo de tantas lágrimas”. (página 86)
He ahí el secreto de la gloria del Doctor y Padre de la Iglesia, del Águila de Hipona —como se le llama—, del incomparable San Agustín: en el origen de su fulgor están las lágrimas de su madre.
Sepan, pues, las que tienen hijos ingratos, descarriados o perdidos: el dolor, la paciencia y la oración de una madre tienen un valor insospechado ante el trono de Dios. Es ésta una de las valiosas y animadoras lecciones que podemos sacar de la vida de Santa Mónica y San Agustín.
El autor es miembro de la Asociación de Derecho Pontificio Heraldos del Evangelio.