Mario A. De Franco
Centroamérica tuvo en los años ochenta una representación política en el mundo inversamente proporcional a su pequeño tamaño. Por las guerras y la marginalidad nos dieron dos premios Nóbel de la Paz: la Menchú y Oscar.
Oscar el Nóbel trajo ideas realmente noveles a Nicaragua. Nos dijo, con mucha convicción y gravedad, que en Nicaragua no debíamos pensar en el largo plazo y menos en política. Los nicaragüenses debemos pensar en hoy y mañana, en la próxima semana, en el próximo mes y no en los próximos veinticinco años. No debemos pensar en acuerdos políticos institucionales y debemos discutir sobre economía.
Oscar no solamente quiere tener un Nóbel de la Paz sino un Nóbel en desarrollo económico.
Soy gran admirador de Costa Rica y de su pueblo. Costa Rica es un ejemplo que se estudia en economía como un país pobre que encontró su vía para el bienestar de su población. Yo pensaba que había que copiar muchas cosas buenas de Costa Rica, así como de Irlanda, del sur de España e Italia, de Chile y de muchos otros países.
Pensaba, hasta la venida de Oscar, que el desarrollo de Costa Rica se basaba en los acuerdos nacionales que se hicieron a finales del siglo XIX para establecer la educación obligatoria; en los acuerdos nacionales que se dieron con la revolución del 48, con la que se estableció un sólido marco legal entre los diferentes grupos sociales, sobre educación, seguro social, sindicatos y empresarios, el papel solidario del Estado, el control estatal al alcohol, la energía eléctrica, las comunicaciones, el agua, la distribución de los beneficios entre la población, la abolición del ejército, la democracia política y más tarde con el establecimiento de la no reelección.
Creía que Costa Rica logró todo lo que tiene, porque ese contrato social, se había puesto al día en los ochenta cuando se optó por las exportaciones no tradicionales, y, más tarde, declarando como prioridad el turismo y las inversiones en tecnología de la información.
Estos acuerdos nacionales de largo plazo, este New Deal costarricense, yo especulaba, erróneamente según Oscar, que señalaban una ruta para el desarrollo digna de copiar. Una ruta de transformaciones económicas, políticas e institucionales que se hilvanó a lo largo de muchos pero muchos años. Pero no. De acuerdo a las declaraciones de Oscar toda esta interpretación era equivocada.
Lo novel del Nóbel es que todo esto se logra pensando en mañana, en la próxima semana y quizás en el próximo mes. Ver más allá es peligroso, vano y derrochador. Cualquier intento por pensar en el largo plazo con acciones concretas hoy, de acuerdo al Oscar, no es la vía.
Los problemas de desempleo, nutrición, falta de educación primaria y técnica, de agua potable, de infraestructura de caminos, carreteras y puertos, de mecanismos de crédito, los problemas de endeudamiento externo e interno, la debilidad de las instituciones democráticas y, en fin, todos los problemas que vivimos los más de cinco millones de nicaragüenses diariamente, que a mi juicio requerían de tiempo, de consensos entre los nicaragüenses, se resuelven no teniendo una visión de sociedad, de país de largo plazo, sino pensando en mañana.
Busqué las raíces de la novel teoría de este Oscar del desarrollo con resultados iniciales infructuosos. Le escribí a varios amigos profesores en EE.UU. para saber si conocían estas ideas y discutí con diferentes colegas, y nadie me pudo dar explicaciones. Decidí llamar a un amigo de Costa Rica, quien contestó muy sencillamente diciéndome que las raíces no hay que buscarlas en la academia ni en los principios ni en las teorías económicas, sino en los intereses personales de Oscar.
Oscar no quiere otro Nóbel, lo que quiere es ser nuevamente Presidente de Costa Rica; y para eso la Corte Suprema de Justicia de Costa Rica hizo un “salacuartazo” y cambió un acuerdo central de ese país: estableció la reelección presidencial y por lo tanto para él lo que importa es el mañana y su reelección.
Hasta ese momento comprendí las motivaciones del Nóbel. Entonces me di cuenta de que lo que motiva hoy a los nicaragüenses y a don Enrique, son principios para el bienestar común y no intereses personales. Me di cuenta de la gran verdad de la interpretación que comparten muchos nicaragüenses: que tenemos que unirnos, trabajar mucho, hacer grandes reformas, superar con visión los vaivenes del cuarto de hora. Me di cuenta que no estaba equivocado, que el Gobierno y los que pensamos que se necesita una estrategia específica de largo plazo al menos para el próximo cuarto de siglo, estamos en lo correcto. Me di cuenta que lo que nos guía hoy, son principios más similares al fundador de la Segunda República de Costa Rica, don Pepe Figueres, que a los de Oscar. Me di cuenta que las lecciones que nos ofrece ese gran país, Costa Rica, son ciertas y son válidas, y me di cuenta de algo peor: que Oscar en vez de venir a predicar lo bueno de Costa Rica, ha venido a aprender de lo malo de nosotros, a pensar solamente en el hoy y en su reelección.
El autor es Secretario de Coordinación y Estrategias de la Presidencia de la República.