De los mecánicos, ¡líbranos Señor!

José Adán Silva [email protected] Eran las dos de la tarde y me urgía llegar a tiempo a la playa del Puerto San Jorge, el puerto en el Gran Lago de Nicaragua que sirve de puente entre el pacífico pueblo de Rivas y la monumental Isla de Ometepe. Mi prisa era por llegar a tiempo a […]

José Adán Silva [email protected]

Eran las dos de la tarde y me urgía llegar a tiempo a la playa del Puerto San Jorge, el puerto en el Gran Lago de Nicaragua que sirve de puente entre el pacífico pueblo de Rivas y la monumental Isla de Ometepe.

Mi prisa era por llegar a tiempo a tomar el bus expreso que parte de San Jorge a Managua todos los domingos a las 2:45 p.m. Por lo general siempre se llena y si uno llega después de las 2:00 p.m., corre el riesgo de irse de pie o tomar el peor lugar en los asientos del bus.

Así que tomé un taxi solitario que me cobró 20 córdobas. El joven conductor casi no andaba combustible –según me dijo–, por lo cual me pidió por adelantado el valor de la carrera, para echar combustible en una estación ubicada en las afueras de la ciudad.

Le pagué. Empezó a contarme el calvario de la última semana en su trabajo de taxista y me dijo que estaba preocupado porque su carro lo había llevado a dos talleres de mecánica, y en ninguno de ellos se lo habían reparado. Andaba un ruido extraño en la caja de cambios y un pequeño golpeteo hacía estremecer de vez en cuando al vehículo. En eso estaba, explicando que por más que pagó para que se lo arreglaran, sentía que la máquina estaba peor.

A la salida del pueblo, el taxista confirmó que le dejaron mal reparada la máquina. El carro dio dos sacudidas fuertes y se apagó. Ver el rostro de frustración del preocupado taxista, me recordó el triste capítulo que me tocó vivir cuando me apresuré a comprar, hace más de un año, un pequeño carro usado marca Subaru, año 1992.

Recuerdo que el carro andaba haciendo un ruido similar y daba unas pequeñas sacudidas, principalmente cuando aceleraba. Gasté más de tres mil córdobas en cuatro talleres distintos de mecánica y nunca le desaparecieron el ruido y las sacudidas.

Por el contrario, aparecieron nuevas fallas mecánicas, afectaron el sistema eléctrico, dañaron la batería, me vaciaron el tanque de combustible varias veces, me le cambiaron dos amortiguadores nuevos por dos usados y mancharon de grasa el tapizado.

En cada taller era un diagnóstico distinto: es el carburador, son los platinos, es el relay, necesita overhall, un afinado mayor del motor y hasta me salió un salvaje que me dijo que el carro estaba a punto de dar el “golpe” y que mejor lo vendiera. Agobiado por tantas calamidades de la primera y única compra de un carro, decidí rematarlo.

La semana pasada conocí una historia similar. Un taxista me contó que le dio el carro a un mecánico para que le viera un “golpe de válvula” en el motor, y al final el tipo no sólo le dejó el mismo desperfecto, sino que también le dañó el sistema eléctrico y lo chocó en un costado, porque según su entender, lo que andaba malo el carro era el sistema de dirección y no el motor.

Viendo tantos abusos y nada de respuesta, sólo me queda elevar una oración y compartirla con todos aquellos que han sido víctimas de esta especie llena de grasa: ¡De los malos mecánicos, líbranos Señor!

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