Marte

Luis Sánchez [email protected]

Desde que leí en LA PRENSA un artículo del maestro Jaime Incer acerca de que en estos días el planeta Marte tendría su mayor aproximación a la Tierra, todas las madrugadas cuando salgo a caminar y el cielo está despejado observo la espléndida y brillante luz rojiza de este cuerpo celeste, visible hasta más o menos las 5 y 15 a.m.

Durante mucho tiempo se creyó —también yo— que había vida en Marte y que los “marcianos” eran unos seres pequeñitos, con grandes ojos y orejas, y mucho más inteligentes que los terrícolas. Pero la ilusión de tener tales vecinos planetarios terminó brutalmente el 20 de julio de 1976, cuando la sonda espacial norteamericana Viking se posó en la superficie de Marte y comenzó a informar de que es un planeta muerto.

En realidad, ya los antiguos asociaron a este planeta con la sangre —por su color rojizo— y la muerte, y lo llamaron Marte, como el dios romano de la guerra (Ares, para los griegos).

Ares o Marte, hijo de Zeus o Júpiter, nació gracias a Cloris (Flora), diosa de las flores y mujer de Céfiro, el suave viento de Occidente que daba vida a los árboles y a los frutos, y quien a su vez era hijo de Eolo (Viento) y la Aurora. Como Hera no podía tener hijos pidió ayuda a Cloros o Flora, quien cortó una flor de su jardín maravilloso y tocó con ella el vientre de la diosa mayor, quien así quedó embarazada de Ares (o Marte). La verdad es que Marte (Ares) originalmente fue una deidad de la vegetación y se le rendía culto como dios de la primavera. Y andando el tiempo se convirtió en dios de la guerra porque éstas comenzaban al terminar el invierno.

Ares era representado montado en una carroza de guerra, con un yelmo de oro en la cabeza, un escudo en su brazo poderoso y el cuerpo protegido con una armadura de bronce. Cuando Ares iba al combate se hacía acompañar por dos de sus hijos, Fobos, que infundía el miedo a los combatientes, y Huida, quien se encargaba de ponerlos en fuga. Y los tres, padre e hijos, concedían la victoria a uno u otro de los bandos.

Hay muchas leyendas sobre Marte o Ares, pero la que más me gusta es la que dio su nombre al Areópago, el gran tribunal de los griegos para juzgar los delitos de sangre, que estaba integrado por los Arcontes.

Un día Ares fue expulsado del Olimpo porque sedujo a Afrodita (o Venus), que era la mujer de Hefaisto (Vulcano). Ares se fue a vivir a la Tierra, donde una de sus hijas, Alcipa, se casó con Alirrocio, hijo de Poseidón. Pero éste la maltrataba físicamente y entonces su divino suegro lo mató. Poseidón hizo comparecer a Ares ante un tribunal que sin embargo lo absolvió, persuadido por la sinceridad y elocuencia con que el dios guerrero justificó el asesinato.

Desde entonces a aquel supremo tribunal que estaba integrado por 31 jueces (Arcontes) y juzgaba las causas criminales más graves, se le llamó Areópago, que quiere decir “Colina de Ares”, y adquirió gran fama y respeto en toda Grecia por la sabiduría, severidad e integridad de sus jueces, que eran absolutamente imparciales y a prueba de sobornos de cualquier clase.

Por supuesto que no estoy haciendo ninguna comparación con “nuestra” Corte Suprema de Justicia, cuya reputación es absolutamente contraria a la de los Arcontes y del Areópago griego.

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