Una gran “embarcada” en el Logos II

Guillermo Cortés Domínguez

La “fantástica” idea de llevar a nuestra hija Celeste, de seis años y medio, a conocer un barco de verdad, aprovechando la llegada a Corinto del Logos II, resultó desafortunada debido al arribismo y oportunismo de muchas personas y al desorden de los organizadores.

Hacíamos fila cuando frente a mi esposa Carolina, Celeste y yo, se parqueó una camioneta de la Policía Nacional y bajó un policía moviendo un Ak. Mi niña estalló en llanto. Un señor de la fila se aproximó a la camioneta y habló con el policía armado de un fusil de guerra. Estábamos tensos.

Habíamos llegado a las 2:30 de la tarde a Corinto, donde encontramos una inmensa cola humana que pasaba por el portón y se extendía por una fila de tres cuadras, al final de la cual, con resignación y estoicismo, Celeste y yo tomamos el lugar que nos correspondía.

Nos acompañaba una amiga con dos de sus hijos, uno de once años y un tierno de año y medio. Perspicaz, ella interpretó que hacer fila era una insensatez y que, además, muchos se estaban “colando”. Y se “coló” con sus dos hijos.

Desde la fila mirábamos a muchas personas que se dirigían al portón, a “colarse”, y los organizadores lo permitían. A una muchacha del Logos II le dije que era un irrespeto a los de la línea, que fomentaban el arribismo, que no era justo pasar horas ahí y otros sólo unos minutos. La activista del barco pareció sorprendida aunque había estado suficiente tiempo en el portón y había un evidente clamor a lo largo de esa cola, pero prometió tomar medidas de orden, al igual que un señor alto, delgado, canoso, sonriente, que pidió perdón por el desmadre y aseguró que no pasaría más.

Pero el relajo continuó. Celeste, rojitos los cachetes y rendidos sus pies, pidió que nos regresáramos a Managua y le respondimos que esperáramos un poquito más. Cerca de donde íbamos había un lugar techado y pedí a Carolina que llevara a ese sitio a descansar a la niña, y que cuando me acercara al barco me alcanzara en la fila. Cuando lo hicieron, un activista del Logos II, moreno, tipo etíope, hindú o latino, mechudo, detuvo a Carolina y Celeste, impidiéndoles unirse a mí, por “coladas”. Fue el colmo. Y se armó la discusión. Le grité, lo reconozco, le dije que llevábamos casi tres horas esperando, que ellas se habían tomando un descanso en el lugar techado mientras yo continuaba la línea.

Mi esposa y mi niña se reintegraron a la fila mientras el “cara de hindú” amenazaba con no dejarnos entrar al barco. Era paradójico. Quienes actuamos correctamente éramos acusados de hacer lo que tanta indignación nos había causado. Mi niña sufría. Minutos después llegaron dos vigilantes uniformados de la Portuaria a decirme que no me dejarían subir al barco porque le había gritado al mechudo. Les dije que seguiría en la fila con mi familia.

Minutos más tarde, apareció, amenazante, la Policía. Un señor moreno, camiseta verde, que estaba delante de nosotros, en la fila, con su esposa y tres niños, desde que comenzó este calvario, habló con ellos y “el cara de hindú” durante unos 15 minutos que parecieron eternos. Ya casi llegábamos al barco cuando el señor retornó a la fila y me dijo que todo estaba arreglado. Luego llegó el mechudo y me ofreció disculpas. Le dije que sentía haberle gritado y le di la mano. Varios en la fila aplaudieron. Nuestro salvador era el abogado Marvin Sobalvarro.

Entramos, por fin, al barco pero no dimos el paseo que Celeste soñó, no lo conoció, tampoco vio la pecera que imaginó, pero su cuerpecito fue estremecido por una caldera hirviendo en que se convirtió el reducidísimo local donde estaban los libros, y media hora después salimos sofocados, buscando aire limpio, a las siete de la noche. Mi esposa compró más de 400 córdobas en materiales educativos para la niña y fue una de las mejores clientes del día, porque el 98 por ciento de los visitantes no compró nada.

Fue “una gran embarcada”. El arribismo y el oportunismo son un cáncer que desorganiza, entorpece, resta eficiencia y productividad; como un vómito saca lo peor y quita la oportunidad de valernos por nuestros propios medios. Confío en que Celeste le sacará algún provecho a la experiencia, porque pese a que los colados fueron centenares, fue satisfactorio comprobar que quienes hicimos fila fuimos miles.

El autor es periodista.

Editorial
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