Jordi Gual
El elevado y persistente déficit por cuenta corriente de los Estados Unidos es uno de los graves desequilibrios de la economía mundial que está dificultando la salida del entorno recesivo actual. Tarde o temprano el déficit deberá reducirse y la solidez de la recuperación internacional va a depender de cómo tenga lugar ese ajuste.
La corrección de este desequilibrio puede llevarse a cabo con dos mecanismos alternativos. En primer lugar, mediante un cambio en el ritmo de crecimiento del gasto en EE.UU. en relación al resto del mundo. Es decir, con un menor crecimiento de la demanda en América, y una expansión en Europa y Asia. Por desgracia, ésta es una alternativa con escasas probabilidades de convertirse en realidad. Ni los Estados Unidos están por la labor de sufrir un crecimiento débil durante los próximos dos años, ni el resto del mundo parece dispuesto a protagonizar la expansión de demanda que sería necesaria.
Ante esta perspectiva, el plan B exige un ajuste a través del tipo de cambio, con una caída de la paridad del dólar. Algo de esto ha ocurrido ya, puesto que la divisa norteamericana ha perdido en media un 15 por ciento desde su cotización máxima hace unos cuantos meses. Sin embargo, ese ajuste ha tenido lugar fundamentalmente frente al euro (un 30%) y en mucha menor medida en relación con las monedas asiáticas. No es sorprendente, por tanto, que EE.UU. esté ejerciendo una enorme presión para que estas divisas se revalúen. Según los americanos, algunos países asiáticos están manteniendo sus monedas artificialmente depreciadas, y ello se refleja en una rápida acumulación de reservas de dólares. Esta cruzada americana a favor de la revaluación en Asia constituye, sin embargo, un empeño cuestionable, cuando no perverso: confunde la apreciación nominal con la apreciación real, y coloca en el mismo saco a economías como la japonesa y la china, que viven situaciones diferentes y no necesariamente requieren el mismo tratamiento.
En el caso de China el ajuste debería venir a través de una política monetaria más laxa, que permitiera una expansión de la demanda interna y así contribuyera al descenso del superávit comercial. Esta política llevaría a un aumento de precios en China y, por tanto, a una apreciación en términos reales. La política de impedir que el aumento de reservas se traduzca en una mayor liquidez interna no tiene sentido, en especial cuando la economía china puede aún crecer más de lo que lo está haciendo.
En Japón la situación es muy diferente. Lo que el país necesita no es una apreciación de su moneda, sino todo lo contrario. Una dosis significativa y creíble de inflación actual y futura, con la consiguiente depreciación. Y también una depreciación en términos reales, ya que en último término será necesario que la moneda refleje la competitividad real que el país ha perdido. Una evolución del yen en esta línea generaría un aumento del superávit comercial japonés, pero también permitiría al país salir de su marasmo. Además, la propia expansión de la actividad atenuaría la magnitud del excedente. En los EE.UU. esta opción no es muy popular, pero del mismo modo que EE.UU. tiene un déficit crónico de su cuenta corriente, Japón debe registrar un superávit, entre otras cosas por tratarse de una sociedad mucho más envejecida que la norteamericana.
Los Estados Unidos desearían que su déficit externo se corrigiera a través de un dólar débil y unas monedas asiáticas más caras. Tal vez esto sea lo que conviene políticamente ante las elecciones de 2004, pero no tiene por qué ser la alternativa que más facilite una corrección gradual de los actuales desequilibrios de la economía mundial.
El autor es Profesor de IESE (Universidad de Navarra).