El santo que perdió la Superintendencia

Santos Amador Mairena

A fines del siglo quince, un santo llamado Girolamo Savonarola quiso convertir Florencia en la Ciudad de Dios. Aprovechando una revuelta popular contra los poderosos, creó una república basada en la misa y comunión diarias, el ayuno y la oración. Savonarola persiguió banqueros, cerró tabernas, prohibió la danza y la música profana, las carreras de caballos y los libros obscenos, y ordenó que los hombres llevaran el pelo corto y que las mujeres dejaran de acicalarse. Sus adeptos eran llamados piagnoni, (llorones) porque lloraban en el templo al escuchar los sermones de su santo profeta.

La República de la santidad se convirtió rápidamente en una tiranía teocrática: sin titubear, Savonarola persiguió a todos los que disentían de su manera de pensar. Encarceló franciscanos, exilió disidentes y mandó a la hoguera a los herejes que se atrevían a conspirar contra el gobierno de la Ciudad de Dios. El comercio decayó rápidamente. Florencia pronto tuvo las arcas exhaustas, y no tenía para comprar trigo ni para pagar los salarios de los mercenarios de Savonarola. De pronto, hasta el cielo pareció enfadarse contra el santo tirano: las cosechas de 1496 se perdieron porque en los campos llovió diariamente durante once meses consecutivos; en 1497 la gente moría de hambre en las calles de Florencia. En medio del caos que él mismo creó, Savonarola perdió el poder.

Cuando Noel Sacasa asumió la Superintendencia de Bancos, quiso implantar allí su propia idea de la santidad bancaria. El distinguido miembro del exclusivo club de la Ciudad de Dios puso en marcha una persecución contra los banqueros que disentían de la manera de pensar de su gobierno: Interbank, porque era de los sandinistas; Bancafé, porque era de Panchito (Francisco) Mayorga; Bamer, porque era de Haroldo Montealegre. Bajo la presión de la opinión pública, y con la ayuda de su vice, Alfonso Llanes, inspeccionó el Banic pero no detectó ninguna irregularidad. Santo de un ojo y tuerto del otro, no vio que Llanes había sido pieza clave en la época de esas irregularidades que ahora están saliendo a flote.

Como en los tiempos de la Inquisición, Sacasa llevó a la hoguera a la mitad de los bancos del país, y casi obligó al presidente Bolaños a cerrar Iniser. Nunca se preguntó el licenciado en economía si había una salida menos onerosa, si los quinientos millones de dólares que costaron los cierres bancarios podían haberse ahorrado con operaciones de salvamento. Recientemente los miles de créditos y valiosas propiedades que respondían por esos millones fueron rematados, subastados al martillo, a precios de guate mojado, para cerrar con broche de oro el trabajo del santo perseguidor.

Al saber que su gestión estaba siendo auditada por la Contraloría General de la República, Sacasa huyó. Dijo el santo al partir que no quería ser un mártir, que debían haberle dado inmunidad por todo lo que le tocó hacer, porque no debía ser obligado a rendir cuentas de sus actos como Superintendente. Y al no poder contar con esa gracia en esta tierra, se fue al cielo de Washington.

Hoy, cumplida su obra santa, Sacasa está sentado en su cómodo sillón de burócrata internacional en Washington, mientras en Managua los contribuyentes pagán más impuestos, hay menos obras sociales y menos crédito productivo, y todavía queda gente en la cárcel esperando un jurado para demostrar su inocencia, todo como resultado de los febriles afanes del celoso inquisidor bancario.

Los santos del santoral del día, Humberto y Silvio, como modernos piagnoni, claman al cielo y se dan golpes de pecho por la partida del gran rezador, ayunador, esposo abnegado y padre ejemplar de ocho niños. No parecen entender que un Superintendente de Bancos debe ser evaluado por la eficacia de su desempeño como funcionario del Estado, y no por las veces que reza el rosario al día. Y que cuando el supervisor bancario que liquidó ocho bancos en un año decidió salir huyendo para evadir el escrutinio público, su calidad moral y su integridad profesional quedaron inevitablemente en entredicho.

Nota Bene: Savonarola finalmente no pudo escapar al martirio. Juzgado por la Santa Inquisición, murió en la hoguera el 23 de mayo de 1498 en la Piazza de la Signoria, en Florencia.

El autor es activista de la Red de Defensa del Consumidor.

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