Roman, Times, serif»>
Una nación de “acuicidas”
LA PRENSA publicó la semana pasada varios reportajes sobre el problema del agua dulce en Nicaragua, elaborados por nuestro jefe de información, Douglas Carcache; el corresponsal en Granada, Emilio Zambrana, y el reportero Benjamín Blanco.
Esperábamos que hubiese reacciones de autoridades gubernamentales, ambientalistas y personas en general que habitualmente comentan las noticias, pero sufrimos una decepción. A nadie le interesó el asunto, lo que confirma la percepción de que a pesar que los nicaragüenses somos gente de agua, con una geografía dominada por el agua y bañada por copiosas lluvias, sin embargo también somos “acuicidas”, asesinos del agua.
Los datos que se proporcionan en los reportajes de LA PRENSA sobre las fuentes, depósitos y corrientes de agua en Nicaragua son, más que preocupantes, espeluznantes. El Lago Cocibolca, un inmenso depósito de agua de ocho mil kilómetros cuadrados, está siendo envenenado con los torrentes de desechos humanos, heces y basura, que desembocan y caen allí día tras día.
El destino del Cocibolca, si desde ahora no se ejecutan medidas drásticas y costosas para impedirlo, es el mismo del Lago Xolotlán de Managua, en el que todos los días cae más de un millón de libras de excrementos humanos, “y ya es más una laguna de oxidación que un lago”, según se dijo en los reportajes de LA PRENSA.
Pero el mortal daño causado al Xolotlán no es algo que se conoce hasta ahora. Sobre esta llaga ambiental los medios de comunicación y social y los periodistas han puesto el dedo desde hace mucho tiempo, cuando el daño no era tan grande y se podía revertir con menos esfuerzos y costos que los que ahora son necesarios.
Ya en los años sesenta del siglo XX, el ingenioso periodista “bachiller” Oscar Pérez Valdivia (q.e.p.d.) sugirió intercambiar con Bolivia y Perú, en cuyo altiplano yace el espectacular Lago Titicaca que es apenas un poquito más grande que nuestro Cocibolca, los nombres de los lagos: Que aquel se llamase Tititlán, propuso Pérez Valdivia, y el de Managua Xolocaca.
Como sea, el problema de los depósitos, fuentes y corrientes de agua dulce, en el que hay que incluir el caso de la Laguna de Masaya que también, por haber sido convertida en recipiente de aguas negras y basura está ahora “más muerta que viva” —según la dramática expresión del científico Jaime Incer Barquero—, la destrucción de los ríos, la contaminación de los acuíferos del Pacífico que son los mayores del país, todo lo cual debería sensibilizar a las autoridades gubernamentales y concienciar a la sociedad.
En realidad, cabe preguntarse de dónde, cómo y por qué aparecieron las tendencias “acuicidas” en nuestra nación, siendo que el mismo nombre del país y de la capital derivan del agua, lo que demuestra el significado y gran respeto que nuestros antepasados sentían hacia el bien llamado líquido vital.
Pueblo muy inteligente era el de la Nicaragua prehispánica, que tenía al agua como el elemento indispensable para la supervivencia y creó en su honor diversas deidades. Precisamente, sus principales dioses se dividían entre los del agua que caía del cielo (las lluvias) y los del agua que yacía en la superficie terrestre (lagos, lagunas y ríos). Para ellos el agua limpiaba y purificaba a los seres humanos, y por eso hacían ofrendas a los dioses para que perdonaran a los hombres insensatos que la ensuciaban, quienes para ser perdonados tenían que someterse a una “limpia” ritual en un manantial de agua viva y pura.
Para apreciar el inmenso valor de agua y cuidarla celosamente nuestros antepasados indígenas no tenían necesidad de poseer sofisticados conocimientos científicos; ni saber que la vida empezó en el agua hace más o menos seiscientos millones de años; ni tener idea de que un filósofo griego presocrático, Tales de Mileto, definió al agua como el elemento principio de todas las cosas; ni conocer la bella expresión del “mínimo y dulce Francisco de Asís”, como lo llamó Darío, sobre “la hermana agua, preciosa, casta y humilde”.
Y causa pena comprobar que nuestros antepasados aborígenes tenían mucho más conciencia y responsabilidad que nosotros sobre el valor del agua, tanto que la usaban de manera racional y la cuidaban como el más preciado de sus tesoros.