Jorge A. Samper B.
Ha llamado la atención el miedo que se apoderó en la fila de los arnoldistas, orteguistas y hasta de algunos convergentes (tus dos y dos más), cuando se mencionó la posibilidad de convocar a un plebiscito, normal en cualquier sociedad democrática, —a propósito en los periódicos se publicó recientemente un anuncio de la Embajada de Italia llamando a sus ciudadanos residentes en Nicaragua a votar en el plebiscito que se realizará próximamente en dicho país— a fin de conocer la opinión del pueblo sobre las reformas necesarias al Estado en lo relativo a los Poderes Judicial y Electoral. Miedo que sólo me recuerda cuando en 1978, también se habló de la posibilidad de realizar un plebiscito para expulsar en ese entonces a la dictadura somocista.
En aquel entonces uno conocía las razones de aquel terror del somocismo: La segura derrota en las urnas. Recuerdo los argumentos para oponerse: “es muy caro para el país”, “va a desestabilizar a la nación”, etc. Hoy la historia parece repetirse y apenas cuando se mencionó la posibilidad de escuchar la voz del pueblo, otra vez como hace veinticinco años, las fuerzas autoritarias ahora representadas en la figura de los caudillos de turno, con los mismos argumentos, se oponen a esta idea por la misma razón: La segura derrota en las urnas.
Y también igual que en esa época la necesidad de un plebiscito, es impostergable, para poner fin al cáncer que pretende destruir los avances que se habían logrado en la construcción de una sociedad democrática y erradicarlos antes que nos destruya. Es necesario escuchar la voz del pueblo para que se pronuncie sobre: la no reelección absoluta, la independencia y despartidización del Poder Judicial, la independencia y despartidización del Poder Electoral, la reducción del número de diputados y de los magistrados de la Corte Suprema y del Consejo Supremo Electoral.
Las fuerzas democráticas deben unirse alrededor de ese tema y desde ya se debe de iniciar la recolección de las 50,000 firmas a presentarse en la Asamblea Nacional y presionar para que el órgano legislativo lo apruebe de inmediato. De no hacerlo la Asamblea, ¿cuál es el miedo al plebiscito?