Porque no se resuelve el conflicto en Palestina

Miguel Ernesto [email protected]

Después de concluida la Primera Guerra Mundial, las potencias victoriosas intentaron establecer un nuevo orden internacional en donde los conflictos entre las naciones se pudieran resolver por medios pacíficos y crearon la Liga de las Naciones con sede en Ginebra. Este experimento no tuvo éxito pero sirvió de precedente para la Organización la las Naciones Unidas, la bien conocida ONU, cuyos propósitos son los mismos. La ONU heredó de la Liga de las Naciones todo lo que aquélla tenía, incluyendo sus bienes inmuebles y sus atribuciones internaciones.

En los tratados de paz después de la Primera Guerra Mundial, Alemania y el Imperio Turco cedieron a la Liga todas sus colonias a fin de que se les ayudara a convertirse en países independientes. La Liga optó por encomendarlas a Francia, Inglaterra, Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica y Japón en calidad de “mandatos”, situación que la ONU prorrogó después de la Segunda Guerra, sustituyendo Estados Unidos a Japón y cambiando el nombre de mandato por fideicomiso. A finales del siglo XX todos los fideicomisos eran naciones independientes, miembros de la ONU, con dos excepciones: las islas Carolinas del Norte, que optaron por convertirse en Estado Libre Asociado de los Estados Unidos, y una parte de Palestina.

Palestina fue entregada por la Liga a Inglaterra como un mandato. No obstante la regla que obligaba al país mandatario a apoyar a la población indígena para la independencia, Inglaterra tenía un propósito diferente: hacer en Palestina un hogar para el pueblo judío lo que, por supuesto, provocó conflictos con la población indígena abrumadoramente árabe musulmana.

Después de la Segunda Guerra y de las atrocidades cometidas por los nazis contra los judíos europeos, el asunto del hogar para el pueblo judío se hizo más urgente. La migración a Palestina de judíos europeos y de otras partes del mundo se aumentó enormemente y en consecuencia la reacción de los pobladores locales. La violencia se generalizó y los ingleses, sabedores de que no saldrían bien parados, devolvieron Palestina a las Naciones Unidas, sus soberanos y dueños legales en virtud de la cesión turca. La ONU entonces resolvió dividir Palestina en tres partes: la más grande para los judíos, aunque eran una minoría de la población, otro pedazo para los árabes, y la región de Jerusalén y Belén se la reservó la ONU como territorio internacional para proteger los intereses de muchas personas de todo el mundo en los lugares santos de cristianos, musulmanes y judíos.

Los judíos aceptaron el arreglo y proclamaron el Estado de Israel que fue inmediatamente reconocido internacionalmente. Pero los árabes no aceptaron la partición y se produjo una guerra entre Israel y varios países árabes del vecindario. Los judíos vencedores y los árabes vencidos aceptaron un cese al fuego que dejó en manos de Israel no sólo su parte de Palestina sino que también buena parte del territorio asignado a los árabes y del reservado como zona internacional. Egipto y Jordania ocuparon lo que quedaba. En 1968, después de otra guerra desafortunada para los árabes, los israelitas se apoderaron también de esta última porción de Palestina.

Lo más triste de esta historia fue la suerte de los refugiados árabes. Casi tres cuartos de millón de árabes fueron forzados a abandonar sus hogares y parcelas de terreno agrícola y se convirtieron en refugiados en campos ubicados en los territorios vecinos. Han vivido en condiciones terribles desde 1948 y 1968 recibiendo raciones de subsistencias de parte de la ONU. Hoy ellos y sus descendientes suman tres millones de personas y siguen viviendo en la miseria, pero sin haber perdido la esperanza de regresar a sus hogares algún día.

A pesar de la evidente urgencia de resolver este conflicto cuyas repercusiones se han hecho sentir en muchas partes y de que la ONU tiene una gran responsabilidad como poder soberano de Palestina, el Consejo de Seguridad, el poder verdadero de la ONU, ha permanecido impotente y solamente ha aprobado blandas resoluciones que carecen de colmillos para hacerlas efectivas. La razón es que uno de los miembros del Consejo con derecho a veto, los Estados Unidos, se han opuesto a cualquier medida que les parezca perjudicial para Israel. De nada han servido muchísimas resoluciones de la Asamblea General de la ONU, que en el fondo sólo es un club de debates, en donde la opinión mundial se ha expresado, muchas veces con sólo los votos en contra de Israel y los Estados Unidos. Nada será posible si Israel no está de acuerdo, parece ser la posición norteamericana, y en esas condiciones, y con semejante aliado, a Israel nada le parece posible hacer para dar por terminado este asunto. Es preciso reconocer que los árabes tampoco son fáciles, pero cualquier observador podrá encontrar en Internet, a pesar de la propaganda en contrario, suficientes elementos de juicio para darse por satisfecho de que Israel lo quiere todo y que en realidad está dispuesto a ceder muy poco. Futuras negociaciones entre ambas partes no llevarán a ninguna parte aún cuando los Estados Unidos se esfuercen por imponer un liderato palestino dispuesto a ceder lo que se le pida, que es lo que parece se busca a toda costa.

La verdadera solución no se encontrará en negociaciones entre judíos y palestinos cuyos puntos de vista son tan opuestos, sólo podrá venir desde fuera. Debe ser una solución justa que de una vez por todas haga posible la existencia pacífica y segura de los dos estados previstos por la ONU en 1948. Se debe garantizar la justa distribución del territorio entre estos dos estados, la distribución equitativa de los recursos hídricos y el trato apropiado de los santos lugares, tomando en cuenta no sólo los intereses de musulmanes y judíos, sino que también los de los cristianos. De manera muy especial se debe encontrar una solución al tema de los refugiados, de lo contrario se estaría santificando un caso espantoso de “limpieza étnica”.

Si el Consejo de Seguridad no considera que está en capacidad de proponer por él mismo una resolución en ese sentido, tal como hizo cuando acordó la primera partición legal de Palestina, que, recordemos, dio origen al Estado de Israel, tiene a su disposición a la Corte Internacional de Justicia que tiene la capacidad de constituirse en tribunal de arbitraje para considerar no sólo los elementos de derecho sino que también los de hecho.

Y entonces el Consejo de Seguridad, con toda la fuerza que le concede el Derecho Internacional y el hecho real de poseer los medios para aplicar medidas coercitivas, puede imponer una solución que al fin de cuentas todos tendrían que aceptar.

El autor es profesor universitario.  

Editorial
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