Eduardo Marenco [email protected]
Bogotá hace mucho tiempo dejó de ser la ciudad remota y lúgubre donde caía una “lluvia insomne” desde el Siglo XVI, tal como la describió Gabriel García Márquez en sus memorias. Es hoy una ciudad moderna, hecha para vivir y no para sobrevivir, deslumbrante y fascinante, una ciudad que amerita ser reconocida como una “Atenas sudamericana” contemporánea, tal como alguna vez la idealizó Rubén Darío.
Viví en Bogotá durante año y medio, lo que me permitió reconocer una ciudad todavía aislada del sangriento conflicto que llena de tragedia y luto a Colombia; una ciudad planificada, cuyo centro es el ciudadano y su derecho a tener una buena calidad de vida. El eje de la ciudad es el derecho ciudadano a la dignidad, a la privacidad, a caminar sin ser atropellado, a que el ruido no lo deje sordo, a hacer deporte gracias a una ciclo-ruta, a viajar en un sistema de transporte tan eficaz y confortable como el mejor tren subterráneo, a disfrutar de una exquisita vida cultural y a que nadie abuse del “espacio público”, el espacio de todos, una noción que desconocen los managuas.
El cambio en Bogotá se viene produciendo desde hace varios años, desde la administración del ex alcalde Enrique Peñaloza, quien gracias a su eficiente labor es considerado el favorito a ser electo presidente de Colombia en la próxima contienda electoral. Ha sido un cambio de infraestructura a favor de los ciudadanos de a pie, no sólo a favor de los ciudadanos que tienen un carro. Y probablemente, el cambio fundamental ha sido cultural: cada uno de los bogotanos y bogotanas sabe que su obligación es cuidar de la ciudad, no arruinar los centros deportivos, respetar las normas de tránsito, no ensuciar los parques, no robarse los libros de la red de bibliotecas públicas; en fin, no apropiarse del espacio público. Saben además que eso se traduce en una mejor convivencia, en una ciudad más limpia y organizada. Obviamente persisten problemas, sobre todo de ruido, de cierto nivel de inseguridad pública y de polución.
Las administraciones del ex alcalde Peñaloza y del alcalde Antanas Mockus han demostrado que es posible hacer de la política el medio para trabajar a favor del bien común, tal como la concibieron los griegos en la antigüedad.
Por estos días Bogotá fue el escenario de la rumba más larga del mundo: cincuenta horas de bailes en el Palacio de los Deportes. La alegría de los colombianos, bravos a la rumba, es la manera más digna de soportar el conflicto que sufren. Lógicamente, Bogotá no es un paraíso. El narcoterrorismo a veces desciende sobre algunos sitios de la ciudad como si fuera un gélido viento que baja furioso desde las montañas cercanas. Pero a pesar de eso, Bogotá bien vale vivirla.
Da tristeza, en cambio, observar cómo en Managua —en la incapacidad de reconstruir la capital después del terremoto de 1972— no se hace nada por cuidarla y la gente se esmera en arruinarla. El lago Xolotlán es un ejemplo de la debacle. Se ensucia la capital tirando basura en cualquier lado, convirtiendo la ciudad en un basurero, al mismo tiempo que se violentan las normas de tránsito, siendo descorteses con los peatones que ni siquiera saben cómo caminar en una ciudad. Parece que no lo enseñan en las escuelas. Esfuerzos de la Policía de Tránsito para que los niños atraviesen la calle sin riesgo de ser atropellados, pasan desapercibidos.
El cambio de calidad de vida en Managua no solamente se dará cuando los más miserables dejen de vivir al borde del cauce o a la orilla del lago, sino también, cuando se deje de verla como un campamento que vale la pena convertir en basurero nacional.
Si bien la ciudad es responsabilidad de todos los ciudadanos, lo es también de las autoridades, que en vez de aprender lo mejor de ejemplos cercanos como el de Bogotá, se dedican a improvisar bromas de mal gusto sobre cómo convertir un destino turístico en basurero.
De modo que si de “colombianizar” se trata, ahora que tan inadecuado término fue puesto de moda por el Presidente para hablar de un problema tan grave como el impacto del narcotráfico en nuestra sociedad, deberíamos empezar por aprender lo bueno de Colombia, en vez de estigmatizar y etiquetar erróneamente a una nación tan rica en tradiciones y tan valiosa como la nuestra. Irónicamente, cuando se vive en el exterior se comprende cuánto le ha costado a Nicaragua el llevar colgada a la espalda una etiqueta de país corrupto, miserable e “inviable”.
El autor es magíster en Estudios Latinoamericanos.