Para bien y para mal, los partidos políticos han sido determinantes en la historia nacional, desde la independencia de 1821 hasta ahora. Los partidos fundaron la República y sembraron las semillas de la democracia y la libertad; pero también las atropellaron y propiciaron las intervenciones extranjeras en Nicaragua, lo mismo la de los filibusteros norteamericanos de William Walker a mediados del siglo 19 que los comisarios soviéticos y cubanos en la revolución sandinista de 1979 a 1989.
Hubo una época en que la política se hacía en Nicaragua a base de los principios éticos que establecieron los clásicos de la antigüedad (Platón, Pericles) y los padres de la democracia moderna (Kant, Locke, Rousseau, Jefferson). Por ejemplo, hacer oposición durante las dictaduras somocista y sandinista no sólo era un riesgo para la integridad física y la vida de los opositores, sino también un asunto de honor. Salvo alguna que otra minoría que el Dr. Pedro Joaquín Chamorro calificó de “zancuda” porque lo único que le interesaba era chupar la sangre del pueblo en los puestos públicos, no se luchaba por prebendas sino por los ideales de la democracia, la justicia y la libertad.
Ahora es otra cosa. Salvo rarísimas excepciones, los líderes de todos los partidos sólo quieren vivir del Estado, llegar al poder para robar y enriquecerse. Por eso es que los partidos están desprestigiados. Y por eso a la mayoría de los nicaragüenses no le interesan las cuitas de los partidos ni les importa si los liberales se reunifican en derredor del PLC y bajo la égida de Arnoldo Alemán, o si lo hacen alrededor del liderazgo de, por ejemplo, Eduardo Montealegre o José Rizo; o si los que están en el gobierno organizan un nuevo partido oficialista o bolañista.
En realidad, lo que le interesa a los ciudadanos y le importa al país es que los partidos le sirvan a la sociedad en vez de servirse de ella, que trabajen por el fortalecimiento de la libertad y la democracia y que no se roben el dinero de los impuestos de la gente que trabaja, produce y crea riqueza.
Se dice que los partidos son para la democracia como la savia para los árboles o la sangre para el cuerpo humano. Y en efecto, si la vitalidad de los partidos se seca por la inercia, la incompetencia, la corrupción o lo que sea, la democracia sucumbe o al menos se desnaturaliza.
La experiencia histórica universal ha demostrado que los partidos son los instrumentos idóneos para construir y fortalecer la democracia, facilitar los consensos entre los grupos sociales y asegurar la alternancia en el poder. Los partidos son instituciones fundamentales del sistema democrático y por eso el Estado les confiere la exclusividad para la organización política de los ciudadanos y la postulación de candidatos a cargos públicos electivos.
Pero a cambio a los partidos se les exige responsabilidad, eficacia y decencia, pues sin éstas se quebranta el sistema democrático, se pervierte la moralidad pública y se cae en la demagogia, el populismo y el autoritarismo, y en última instancia se corre el peligro de caer en la dictadura o la anarquía.
Lamentablemente el concepto ideal de los partidos —escuelas de participación política y trama vital de la República, dijo Alexis Tocqueville que debían ser—, no se corresponde con lo que son en la realidad: instrumentos para unir a muchos en beneficio de pocos, según la definición del genial escritor satírico irlandés Jonathan Swift.
En fin, lo que interesa a la sociedad del partido liberal, sea liderado por José Rizo o Eduardo Montealegre; o del nuevo partido que están organizando bajo el alero del Gobierno; o del FSLN y cualquier otro, es que no le roben al pueblo, que no perviertan la política, que no restablezcan los vicios del somocismo y del sandinismo; que cuiden y fortalezcan la libertad y la democracia que tanta lucha y sacrificio le han costado al pueblo nicaragüense.
En todo caso, tenemos que decir —sin pesimismo pero con franqueza— que es muy difícil que estos liberales y estos sandinistas crean en los principios fundamentales de la democracia y la libertad, y mucho menos que quieran y puedan respetarlos.