Edmundo Dávila Castelló[email protected]
Han pasado ya casi 24 años desde la revolución sandinista de 1979, que transformó totalmente la fisonomía política, social y económica del nicaragüense. Se creyó por aquel entonces que “todo sería mejor”, porque la dictadura de los Somoza, que desde el año anterior adolecía de fuerte inestabilidad y rechazo de la mayoría del pueblo, había llegado a su ineludible fin.
Sin embargo, el progreso, la paz y la relativa bienandanza económica y social que había alcanzado Nicaragua hasta fines de los años 70, a muy pocos se les ocurrió que serían interrumpidos súbitamente a raíz de la revolución y mucho menos que al poco tiempo se quedaran solos los sandinistas en el poder (que el pueblo admiraba por su valiente lucha contra la dinastía) lo que haría involucionar radicalmente al país, con las naturales consecuencias que repercuten hasta hoy.
La historia no es más que un encadenamiento de procesos en que se impone inexorablemente la ley de causa y efecto y nadie (los políticos no son una excepción), puede exonerarse de la responsabilidad que le cupo jugar en el pasado. “El hombre es la suma de sus actos”, dice Sartre …y las naciones también, cabría agregar.
A partir de 1990 y por si fuera poco, empezó a generarse una manifiesta ingobernabilidad exógena, debido a la fuerte injerencia del sandinismo, que en forma abrumadora y evidente, ha demostrado desde entonces una influencia avasalladora pero anómala, en todos los poderes e instituciones del Estado.
La gran mayoría de los nicaragüenses ha sido víctima de la frustración y el desengaño. La cultura del regalo, del no pago y de la vida fácil y oportunista, por primera vez subyugó a buena parte de la población, como si ése fuera el fin de la existencia y la felicidad del hombre en la tierra, en detrimento de los valores tradicionales de justicia, seriedad, responsabilidad en el trabajo y en las relaciones humanas entre los conciudadanos.
La población de Nicaragua se encuentra deplorablemente fragmentada, tanto política como socialmente. La “voluntad popular” no puede ejercerse en forma clara, efectiva y contundente. Ganar en las urnas conlleva el riesgo de ser luego gobernados por los perdedores. El ciudadano, entonces, para empezar, no goza de libertad de elección. Peor aún si se cree erróneamente que las votaciones representan a toda la democracia.
Al pueblo le falta cohesión y ha perdido su identidad, encontrándose polarizado y dividido en su base, entre sandinistas y antisandinistas, careciendo totalmente de la unión, que hace la fuerza.
Los elevados niveles de corrupción económica, que se han presentado desde la revolución, aunados a la inconsciencia y superficialidad de la gran mayoría de los políticos nacionales, han obstaculizado gravemente la evolución, el progreso y desarrollo naturales de Nicaragua, quedándonos a la zaga del mundo, todo lo cual ha fomentado el temor, la desconfianza y la incertidumbre entre los ciudadanos honrados y trabajadores que todavía existen en este país.
Se presenta el peculiar fenómeno de que es mucho más corto el tiempo que dista entre las elecciones generales, que el que se necesita para levantar a Nicaragua de la pobreza, de la desocupación, y de la enconada y enfermiza política partidaria que se vive desde la década de los 80. Elecciones van, elecciones vienen, gastándose millones sin provecho alguno para Nicaragua y los partidos políticos, multiplicándose en forma estéril y deprimente, con sus enraizados candidatos, que son votados más en contra que a favor de los mismos. Es obvio que el país lo que necesita prioritariamente, es emerger de la postración general en que se encuentra sumido.
La delincuencia, los suicidios, el crimen y la violencia vienen desarrollándose en alarmante espiral, producto directo de la pobreza, del ateísmo, de la falta de entusiasmo por la vida, el amor y la esperanza, socavándose cada día más las bases de la unión familiar y de la sociedad nicaragüense.
El país vive de la ayuda y de la caridad internacional desde 1979 y sólo se informa a la población, orgullosamente, sobre los millones que se van a “recibir” (para endeudarse todavía más), pero nunca se mencionan los millones que se van a “producir”.
No puede haber una sana y progresista economía en Nicaragua, si no coexiste con ella una paz y estabilidad política y social, porque la economía está sumisa y condicionada a los vaivenes políticos. Donde hay desorden y confusión, no puede florecer la economía ni nada provechoso. Son leyes de la naturaleza, de las cuales no hay escapatoria. La historia reciente de Nicaragua, particularmente, se ha encargado de demostrarlo.
El autor es ingeniero civil.