La fantasiosa Chureca en el histórico Volcán Masaya

Jaime [email protected]

El volcán Masaya, el único de tipo hawaiano en América, fue también el primer volcán en actividad observado por los conquistadores en el continente. Explorado y dibujado por el célebre cronista Fernández de Oviedo fue presentado al rey de España como “la maravilla del Nuevo Mundo”. No obstante ser el primer Parque Nacional establecido en Nicaragua por sus valores científico, educativo y turístico, es hoy motivo de preocupación ante la propuesta nicapiteca de convertirlo en un basurero municipal.

Las fantasías alrededor del volcán vienen desde siglos atrás, cuando los caciques de Masaya y Nindirí solían bajar al fondo del cráter para consultar a una vieja deidad, especie de pitonisa aborigen, que emergía del crisol ardiente para anunciarles los sucesos del futuro. Exigía sacrificios propiciatorios de niños y doncellas para aplacar la furia de los dioses cada vez que se producían erupciones, terremotos, epidemias y sequías. Los crédulos españoles consideraban a la vieja bruja como el mismísimo diablo y suponían que el cráter era la boca del infierno, tan así que el fraile Francisco Bobadilla mandó erigir una cruz en lo alto del volcán para exorcizar al demonio.

En 1538 surgió la primera idea de explotar los recursos del volcán, cuando otro fraile, Blas del Castillo, bajó hasta el fondo del cráter, suspendido en un canasto monimboseño, para recoger “el oro” que creía brillaba en el fondo. Logró extraer sólo negras escorias, sin valor comercial, producto de la petrificación de la lava incandescente.

En 1840 el explorador y diplomático norteamericano John L. Stephens ascendió hasta la cumbre del volcán. Admirado por la grandiosidad del panorama exclamó: “En mi país este volcán sería una maravilla, atrayendo visitantes como las cataratas de Trenton y Niágara. Bastaría construir una escalera hasta el fondo del cráter y gozar de un vaso de limonada fresca allá abajo”. Fue el primer visionario en proponer al Volcán Masaya como un parque nacional.

Pasaron unos ochenta años antes de surgir una nueva fantasía. En 1927 los humos que desprendía el nuevo cráter Santiago arruinaban los cafetales de Las Sierras de Managua. El gobierno contrató a dos ingenieros alemanes, Schönberg y Scharfenber, para que estudiasen cómo controlar las emisiones gaseosas. Éstos construyeron un embudo de hierro de 60 metros de boca que montaron sobre el intra cráter y armaron una larga tubería para conducir los humos a una planta química. Además de resolver el problema a los caficultores, se intentaba obtener otras ganancias con la industrialización de los gases volcánicos.

Para llevar a cabo su empresa, los ingenieros dinamitaron la pared del cráter con el propósito de sellar con el derrumbe algunos escapes de gases no previstos al acoplar el embudo, pero la explosión resultó demasiado poderosa: el fondo del volcán colapsó, tragándose en la vorágine toda la parafernalia de los alemanes, haciendo fracasar el proyecto.

Por varios años quedó atorado el cráter, pero en 1946 surgió del fondo una nueva columna de lava que reconstruyó el piso. Otra vez los gases destruyeron los cafetales y las quintas en Casa Colorada. El Presidente de la República, Somoza García, consultó al geólogo norteamericano Alexander McBirney sobre la conveniencia de aterrar el cráter, lanzando unas cuantas bombas con aviones de la FAN. El vulcanólogo disipó la fantasiosa idea del general, explicándole que la fuerza interna de un volcán es muy poderosa y que el cráter Santiago se tragaría las bombas como píldoras en las fauces de un ogro. Además, el plan de “taponear” el cráter podría originar, tarde o temprano, una catastrófica explosión por los gases encerrados a presión en las entrañas del volcán.

Actualmente ha surgido la nueva fantasía de volcar toda la basura de Managua y Masaya en el cráter Santiago para ser incinerada por la lava. El candente magma que surgió por tercera vez en 1965 se mantuvo visible en el fondo del cráter por catorce años. Desde entonces ha descendido por el angosto cuello de la chimenea volcánica, reduciendo su voracidad ígnea y eructando en cambio espesas fumarolas. De llevarse a cabo tan peligrosa iniciativa, el tapón de basura terminaría volando por los aires los desechos urbanos, provocando una continua “lluvia” de desperdicios y gérmenes sobre toda la región metropolitana de Managua.

Los parques nacionales son las áreas más representativas que un país ofrece para conservar y mostrar al mundo la singularidad de su geografía, la riqueza de su ecología o algún importante hecho histórico allí acontecido. Que yo sepa, el Parque Nacional Volcanes de Hawai, donde las lavas son muy fluidas y candentes, nunca ha sido utilizado para incinerar basuras en la caldera Kilauea. Tampoco he escuchado planes para utilizar la gran hondura del Cañón del Colorado para acumular en ella los desperdicios urbanos de Arizona o Nuevo México. Que el error cometido con Tiscapa no se repita en el Volcán Masaya.

Es inaudito, por no llamar insensato, que este proyecto escatológico convierta al atractivo e histórico primer Parque Nacional de Nicaragua en el primer basurero de la nación. Su ejecución provocaría una erupción de disgustos y oposición, no sólo de los ecólogos dentro y fuera del país, sino de todos los nicaragüenses conscientes que aún no salen de su asombro al conocer de esta disparatada y sucia fantasía que ya ha sido bautizada como el “churecazo volcánico”.

El autor es geógrafo, ecólogo y promotor del Parque Volcán Masaya.  

Editorial
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