Durante la reciente guerra en Irak las calles de prácticamente todas las ciudades importantes del mundo se vieron inundadas de bulliciosos manifestantes pacifistas que protestaban contra la “agresión imperialista” de Estados Unidos.
Con todo el derecho que garantiza la democracia, los pacifistas repudiaron la intervención militar de los aliados en Irak y defendieron la supuesta voluntad del pueblo iraquí a tener un gobierno como el de Saddam Hussein. Inclusive, a la cabeza de los pacifistas se pusieron los gobernantes de Francia, Rusia y Alemania, que trataban de impedir que Estados Unidos se convirtiera de hecho en una potencia hegemónica unipolar. Y en todo momento los pacifistas dejaron claro que la motivación más importante de su oposición a la guerra era su angustia por las víctimas civiles e inocentes.
Ahora bien, cualesquiera que fuesen las motivaciones simuladas o reales de los líderes del movimiento pacifista mundial —hasta en Nicaragua se manifestaron unos cuantos, encabezados por Daniel Ortega—, la oposición a la guerra en Irak fue un hecho positivo porque nadie, aunque tenga la razón, debe poder actuar sin oposición alguna, como ocurre en los Estados totalitarios del tipo de Cuba comunista.
Sin embargo, con motivo de los ataques terroristas de la semana pasada contra la población civil en Chechenia (Federación Rusa), Ryad (Arabia Saudita), Casa Blanca (Marruecos) e Israel, en ninguna parte del mundo se han escuchado las protestas de los pacifistas. En efecto, según informaciones publicadas en la sección Internacional de LA PRENSA, más de 160 personas —niños y ancianos, mujeres y hombres— murieron la semana pasada destrozadas por las explosiones terroristas, y centenares más sufrieron heridas, muchas de extrema gravedad, en los lugares antes mencionados. Pero los pacifistas guardan absoluto silencio.
Para esos pacifistas los ataques terroristas de la semana pasada fueron un castigo a Estados Unidos y sus aliados por la guerra contra Irak y el derrocamiento de Hussein, de la misma manera que dijeron que los ataques del 11 de septiembre del 2001 eran una “justa” respuesta al imperialismo norteamericano. De manera que los atentados terroristas han merecido, si no el aplauso público de los pacifistas por lo menos su silencio satisfactorio.
Por ejemplo, los comunistas pacifistas de España (correligionarios de los sandinistas de Nicaragua) no condenaron a los terroristas por el ataque en Marruecos, la semana pasada, a pesar de que uno de ellos fue contra un restaurante hispánico en el que murieron por lo menos tres súbditos españoles. Más bien, por boca de su líder principal, Rodríguez Zapatero, culparon al gobierno de José María Aznar por el brutal crimen terrorista de Casa Blanca.
Al parecer a los pacifistas les tiene sin cuidado que los ataques terroristas no sean realmente contra los dirigentes de los Estados que derrocaron a Hussein, ni siquiera contra militares, sino contra personas civiles inocentes e indefensas reunidas en una celebración religiosa, en un hotel, un restaurante, en un complejo residencial o un edificio de oficinas. Y no les importa que las víctimas sean personas ajenas a las razones históricas, políticas y religiosas que esgrimen los asesinos para justificar sus horrendos atentados.
Pero es entendible que esos pacifistas no protesten contra los crímenes de los terroristas, pues de alguna manera son sus aliados; verbalmente se dicen demócratas pero de hecho defienden a las tiranías; retóricamente claman por los derechos humanos —sobre todo los de ellos mismos— pero son amigos de los tiranos que fusilan a quienes quieren emigrar —derecho consagrado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos— e imponen hasta 30 años de prisión a las personas que reclaman la libertad de expresión; denigran a George Bush, Tony Blair, José María Aznar y Enrique Bolaños, pero absuelven a Saddam Hussein y glorifican a Fidel Castro; invocan la paz y la tolerancia pero veneran al Ché Guevara que exhortaba a sus seguidores a “convertirse en una fría máquina de matar”.
Precisamente por eso un literato español dijo con frases fuertes pero apropiadas y oportunas, que el rojo de las banderas que esos pacifistas enarbolan en las calles es el mismo color de la sangre de los millones de seres humanos asesinados por el comunismo estalinista.