¿Es posible un nuevo pacto Alemán-Ortega?

Mario Alfaro Alvarado

Algunos pronósticos, casi todos pesimistas, se manejan —para usar una frase en boga— en los comentarios y “análisis” de los corrillos políticos, donde se afirma que la reciente reforma fiscal fue un triunfo del sandinismo y que la libertad de Arnoldo Alemán está en manos de los sandinistas, porque ellos controlan el Poder Judicial. Esta posibilidad brinda al FSLN una carta política valiosa para negociar un nuevo pacto con los arnoldistas.

Si se aplica un poco de lógica política es posible colocar estas afirmaciones en su justa dimensión. La reforma fiscal es pieza inevitable de la política presupuestaria del Gobierno porque es una condición del FMI para que Nicaragua, en este año, clasifique para el HIPC después que haya nivelado las finanzas públicas con la reducción de las deudas externa e interna, hasta un límite razonablemente manejable. Tras el perdón de la deuda externa, lo que se ahorre se deberá utilizar en desarrollo social y en obras de infraestructura para promover las exportaciones.

Es bien sabido que ninguna reforma fiscal agrada, porque nadie quiere pagar más impuestos. La única reforma fiscal aceptable es la que reduce las cargas tributarias. La reforma recién aprobada es ingrata pero necesaria, es, en términos generales, una medida de sacrificio para nivelar los ingresos con los egresos.

Lo contrario de lo anterior es rebajar los impuestos cuando la economía nacional asegura en forma sostenible un régimen presupuestario sin déficit ni saldos negativos. Entonces el Gobierno puede aplicar medidas que ya han dado resultados en otras partes, para impulsar una política de expansión comercial y aumentar las exportaciones. Entonces, y sólo entonces le es dable a un Gobierno aprobar una reforma presupuestaria para reducir los impuestos.

El segundo pronóstico tiene una naturaleza eminentemente política y negociadora. Se afirma, y algunos lo dan por un hecho inevitable, que los sandinistas en cualquier momento pueden liberar a Arnoldo Alemán y como resultado le serían devueltos los bienes que adquirió ilícitamente. Es verdad, los sandinistas tienen el control del Poder Judicial y eso podría suceder. Y si la situación fuese al revés, es decir, si los arnoldistas tuvieran el control del sistema judicial, Alemán y Jerez ya estarían libres y gozando de sus fortunas mal habidas. Como consecuencia, la política anticorrupción del Gobierno —que le ha merecido la confianza y apoyo de los organismos internacionales de crédito— habría fracasado estruendosamente. Entonces ya no serían críticas las que recibiría el presidente Bolaños y su Gobierno, sino airadas acusaciones.

La situación del Gobierno Bolaños está lejos de ser medianamente afortunada, porque debe hilar muy fino para mantener el equilibrio, aunque sus adversarios no las tengan todas consigo para romper ese equilibrio. Para decirlo en las propias palabras de Iósif Stalin, los sandinistas sostienen al Gobierno de Bolaños “como la cuerda sostiene al ahorcado”. Debo agregar que la cuerda la fabricaron los arnoldistas.

La crítica es buena cuando contribuye a enderezar y corregir la política gubernamental; pero cuando es sistemáticamente necia, un estadista seguro de lo que está haciendo, debe desatenderla hasta obtener los resultados que se ha propuesto. Está por descontado que cuando son buenos y aceptables los resultados carecen de la virtud de convertir las críticas en elogios. Así es el género humano.

El autor es periodista.  

Editorial
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