Eduardo Enrí[email protected]
Los señores y señoras políticos —porque en esto sí que no hay diferencia de género— ya nos tienen acostumbrados a sus desmanes con el erario. Todo es que lleguen a un puesto público para que se sientan obligados a llevar una vida similar a la de la nobleza, aunque sea chapiolla, a costa de los contribuyentes.
Pero en esta semana hemos tenido noticias que ponen de relieve otro ámbito que los políticos están depredando: el medio ambiente, y la situación es tal que a uno hasta lo obliga a plantearse si estas personas son de otro planeta.
Veamos: Cemex en San Rafael del Sur, los chayules y los pozos sépticos en que están convirtiendo el río San Juan y Tiscapa, y ya para “ponerle la tapa al pomo” como dicen los cubanos, a nuestro flamante alcalde se le ocurre convertir un Parque Nacional en la Chureca del siglo XXI.
Es cierto que don Herty Lewites después explicó que “era un chiste”, pero la verdad es que lo dijo en declaraciones a los periodistas, y muy serio. Además, ¿por qué lo vamos a dudar, si ya un correligionario suyo desvió los cauces hacia la Laguna de Tiscapa, y cada invierno se pierde un poco más ese precioso cuerpo de agua en el centro de nuestra capital? ¿Qué ciudad del mundo no daría cualquier cosa por tener ese atractivo ecoturístico en su propio centro? Pero aquí decidimos hacerlo botadero. ¡Genial!
Ahora, casos como Cemex son los que le dan un mal nombre a la economía de mercado; pero el empresario sólo llega hasta donde el regulador le permite. Cemex tiene plantas cementeras en otros países y, obviamente, en México, pero estoy seguro de que en ningún otro lugar están asfixiando a un pueblo entero sólo por sacarle la mayor rentabilidad a su inversión.
Para poner a funcionar la planta tendrían que haber hecho un estudio de impacto ambiental, y debieron darle el mínimo pensamiento a las molestias y peligros en que pondrían a sus vecinos, pero en Nicaragua les importó un comino. Pues por mucho que digan que “para enero de 2004” tendrán puestos los filtros, el punto es que los filtros debieron estar puestos antes de empezar a tirar todo ese polvo.
Sin embargo, lo verdaderamente trágico es que en ninguno de los casos mencionados, el Estado, a través de sus instituciones, ha tomado medidas para solucionar los problemas. Y en algunos, como en los casos de las municipalidades de Managua y Río San Juan —con las aguas negras—, ellos son los causantes.
Lo de verter las aguas negras en el río San Juan es de antología. El potencial turístico de ese río es tan inmenso que hasta los ticos se lo quieren llevar, pero a nosotros lo mejor que se nos ocurre es convertirlo en pozo séptico.
La respuesta de las entidades estatales —como en este caso fue la del Ministerio de Recursos Naturales y del Ambiente— es siempre la misma: “No podemos hacer nada”, ¿y por qué? “Porque no hay recursos”. ¿Entonces, de qué sirve tener un Ministerio “del Ambiente”, si todo el presupuesto se lo comen los burócratas en Managua?
¡Ah! Es que a estos señores hay que pagarles grandes salarios porque si no se irían con sus privilegiadas mentes para otra parte. Si es por mí, que regresen al planeta de donde vinieron y que les vaya bien.