- Si la madurez no es impedimento para aprender, la juventud tampoco debe serlo para enseñar. A pesar de su frágil
apariencia y la dulzura de sus facciones, Silvana Flinn, no anda con cuentos a la hora de impartir disciplina
Angélica Martínez R.Especial para “Aquí Entre Nos”
Cuando se trata de los maestros o profesores de historia, a nuestra mente viene la figura del señor con el ceño fruncido, que todo lo mira por encima de los lentes y que rara vez te habla en tono amable.
En el Colegio Americano Nicaragüense, sin embargo, encontramos a una joven profesora que contrasta totalmente con la imagen que acabas de tener. Tras observarla por algunos segundos, cualquiera piensa que esta muchacha menuda bien pasa desapercibida entre un grupo de adolescentes que bailan en una discoteca, pero al escucharla esa idea cambia radicalmente.
Uno se percata de la autoridad y firmeza de carácter que posee y que son típicos de un maestro. No obstante, sus expresivos ojos hablan de la nobleza que existe en su corazón.
A sólo un año de haberse graduado en Washington and Lee University en la carrera de Ciencias Políticas, Silvana Flinn Vivas, de 23 años de edad, es una de las docentes más queridas en este colegio.
¿Por qué elegiste dar clases de historia después de graduarte?
“Cuando salí de la universidad me dieron varias ofertas para escoger y quedarme trabajando en los Estados Unidos, pero quería estar más tiempo con mi familia nicaragüense (Silvana, nació en Inglaterra, tiene la nacionalidad británica y nicaragüense). Así que decidí aceptar dar clases de historia, relaciones internacionales y política comparativa en el (colegio) Americano”.
Pero, allá tenías más oportunidades…
“Es cierto, estaría ganando más dinero y tendría más oportunidades de trabajo, pero para mí era importante pasar un tiempo aquí. Además, en Nicaragua existe mucha riqueza cultural y yo la deseaba conocer más de cerca”.
La verdadera razón no sería… ¿un novio?
“¡Nooo! (se sonroja y ríe nerviosa), para nada. Lo que pasa es que durante mi niñez tuve que mudarme mucho de ciudades, debido al trabajo de mi papá y por eso sólo visitaba a mi familia una vez al año, en las vacaciones de verano. No había podido fortalecer amistades ni mis lazos con la familia. Quise darme una oportunidad de conocerlos mejor y disfrutar más del calor del hogar”.
Siendo tan joven, ¿cómo hiciste para ganarte el respeto de los muchachos?
(Ahora su rostro se transforma, dando paso a la actitud severa de la maestra). “Desde el primer día entré al salón muy seria, hasta cierto punto seca. Presenté mi plan de estudio de todo el año y dejé muy claras las reglas. A mí me gusta ser amiga de mis alumnos, pero eso es algo que se da con el tiempo. Si no te ganas el respeto de ellos desde el inicio, caes en los abusos de confianza”.
¿Alguna vez tus estudiantes te han hecho algo desagradable con o sin intención?
“Creo que nadie hace nada sin intención, pero han sido poquísimas veces. Una vez en el escritorio de mi mamá, quien da clases de inglés en el colegio, escribieron algo feo de las dos (no quiso comentar lo que decían). Creo que por naturaleza a los jóvenes les cuesta aceptar la crítica y un maestro hace eso la mayor parte del tiempo, criticarlos. Aunque el mensaje era para hacerle daño a mi mamá, terminaron involucrándome”.
¿Qué te exaspera de tu trabajo?
“Que un alumno se copie durante un examen. Siento que todo se puede solucionar, pero cuando se viola la confianza que depositaste en ellos, se convierte en una burla hacia tu trabajo”.
¿Qué te conmueve?
“Te tengo que contar una anécdota. Hace poco fuimos con el consejo de estudiantes a Matagalpa, a visitar una escuelita pobre. Llevamos una piñata, libros y cosas para los niños de allá y fue bonito ver cómo interaccionaron entre sí. Todos los días aprendo algo de mis alumnos, siempre me sorprenden y es por eso que me puedo levantar en las mañanas para venir a dar clases”.
Y tu vida social, porque tienes una… ¿Cómo la reconcilias con tu trabajo?
“Mi trabajo no interfiere para nada. Al principio me sentía observada, porque a donde iba a bailar o a divertirme me encontraba con mis alumnos o sus papás, pero ya me acostumbré. Siento que la diferencia de edad y la distancia maestra-alumnos van a dejar de existir un día y ellos van a ser mis amigos… ya lo son”.
¿Planeas quedarte dentro del magisterio?
“No sé. Me gustaría dar clases en la universidad después de terminar mis estudios de Maestría en Estudios Latinoamericanos, misma que pienso iniciar el próximo año. Pero también quisiera trabajar en una ONG dedicada al desarrollo… vamos a ver. Por lo pronto, disfruto mucho lo que hago”.