José Antonio Poveda Salvatierra
Según la FAO el desarrollo sustentable “es el manejo y la conservación de la base de recursos naturales, una orientación de los cambios tecnológicos e institucional, que asegure la continua satisfacción de las necesidades humanas de las generaciones presentes y futuras.
La sostenibilidad de la agricultura podría definirse como la capacidad de un sistema para mantener la productividad a pesar de las rupturas que ocasiona su accionar. La agricultura sostenible debe conservar el recurso tierra sin degradarlo, así como ser productiva, económicamente viable y socialmente aceptable. Por tanto, debe manejar sus recursos con tal eficiencia que su gestión satisfaga las cambiantes necesidades humanas y mantenga y eleve la calidad tanto del medio como de los recursos. Asimismo, debe prever la conservación de la base genética de las especies.
El concepto de modernización de la agricultura se ha utilizado en América Latina desde hace varios años; en 1979 G. Gómez y A. Pérez la definieron de la siguiente manera: “En un sentido amplio comprende el conjunto de transformaciones de las estructuras y las relaciones socioeconómicas de esa actividad que tiende a profundizar el carácter competitivo del régimen de producción agrícola.
Las empresas agrícolas podrían considerarse manifestación directa de la modernización en las cuales el capital y la fuerza de trabajo están claramente separados. Ello permite organizar asociaciones entre empresarios (modernos y tradicionales, grandes y pequeños propietarios y diversos tenedores de tierra) para acelerar la transformación del sector. Por tanto, las ganancias, los salarios y la renta de la tierra se expresan como una relación entre los propietarios de los medios de producción, los vendedores de su fuerza de trabajo y los dueños de la tierra.
La producción exclusivamente mercantil: su objetivo central, y por tanto el criterio con que se determina qué, cuánto, cómo y para qué, es obtener por lo menos la ganancia medida. La fuerza de trabajo es asalariada y las relaciones laborales no tienen el menor vínculo con las de producción. Las consideraciones sobre el riesgo y la incertidumbre son estrictamente riesgosas, en el sentido de que se integran al proceso de decisiones con el carácter de relaciones entre ganancia esperada y probabilidades asociadas a cada magnitud.
Existen cuando menos cuatro factores determinantes de la modernización de la agricultura: la tecnología, su inserción en el mercado en un marco político e institucional propicio a las operaciones comerciales ágiles, las relaciones de la región con el sistema interrelacionado de comercialización y su capacidad gerencial. Otro factor importante entre algunos subgrupos de empresas es una organización grupal que preste buenos servicios de información, mercadotecnia y actividades de modernización productiva.
La tecnología para modernizar la agricultura debe ser compatible con los avances de la ciencia y la demanda de los mercados. La modernización es sinónimo del uso de técnicas y procedimientos ágiles. Ese proceso puede tener un importante contenido de insumos adquiridos en el mercado, pero el desarrollo autosostenido requiere mejorar la calidad de los recursos físicos, las herramientas y el material biogenético (vegetal y animal), así como introducir procesos agroindustriales consecuentes con el avance tecnológico y la realidad social de los países.
La investigación en el campo agrícola debe concentrarse en los siguientes aspectos:
Diagnóstico: se revisan los datos secundarios y se realizan encuestas formales e informales para comprender el sistema e identificar las restricciones que impiden el avance del proceso productivo.
Planificación: se definen prioridades de investigación y se diseñan experimentos en el propio campo donde se desarrolla la actividad.
Experimentación: se ensaya en las parcelas para generar tecnologías y los agricultores evalúan las tecnologías más viables.
Recomendaciones: se sugieren y comprueban ante los agricultores las tecnologías mejoradas. Las recomendaciones formuladas a través de la investigación en fincas a menudo se presentan como prácticas individuales que pueden ser adoptadas en forma gradual por los agricultores.
Lograr que la banca y el sistema financiero en general canalicen mayores recursos al campo, requiere avanzar en diversos aspectos vinculados al proceso financiero: las garantías, la supervisión y el control de los créditos, la informática para evaluar el riesgo, y la recuperación de los créditos.
En general, el crédito agrícola tiene que hacerse más competitivo que el destinado a otros sectores, lo que supone mejorar su rentabilidad. Desde luego, no pueden ignorarse las especificidades que han hecho del sector agropecuario el más complicado para operaciones bancarias, ya que posee una serie de características propias de orden ecológico y socioeconómico que acentúan la incertidumbre y por lo tanto el riesgo. De ah í que el crédito por proyectos integrados sea una alternativa superior.
Otro gran campo de acción está en aprovechar las posibilidades que abre la reforma, al permitir un mayor grado de flexibilidad en las formas asociativas para combinar los factores productivos. Esto permitirá también diferentes combinaciones financieras, que de preferencia deben promover la modernización de productores tradicionales, dándoles acceso a proyectos integrales de viabilidad garantizada. Entre estas modalidades estaría fomentar que las unidades productivas de los campesinos se reconstituyen como empresas rurales mediante el saneamiento de carteras vencidas y créditos de operación e inversión sólidamente establecidos.
El autor es vicedecano de la Facultad de Derecho de la UNAN-León.