- En El Gueto, en el barrio Beholdeen, la gente vive en un infierno de expendedores y drogadictos
Freddy Potoy ySergio León [email protected]
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“Tengo 33 años. Lo que he pasado en el mundo de la droga es muy grave. A mi madre le robé la casa, la desvelo y la golpeo a cualquier hora de la noche”, relató uno de los consumidores de crack que se refugia en el sector de El Gueto, el lugar más peligroso del barrio Beholdeen, donde la Policía tiene problemas para controlar los expendios.
Era la tarde del lunes 28 de abril. El hombre de mediana estatura, con pantalón corto, camiseta azul raída por el tiempo y calzando una chinelas viejas, rodeado de varios amigos suyos que también consumen droga, empezó a contar las cosas malas que ha hecho por causa del consumo de droga.
Mientras los demás adictos invadían el patio de una de las casas pobres de El Gueto, con el humo de varias “pipas” artesanales hechas con envases de lapiceros plásticos u otros materiales, el consumidor que no quiso brindar su identidad dijo: “Quiero que la juventud mire lo malo que hace la droga. Me tienen dos hijos, a veces los miro y me da pena que me miren así”, y luego se llevó las manos al rostro tratando de ocultar su tristeza.
Bluefields, si bien es una ciudad agradable, también vive su drama: el cáncer de las drogas. Beholdeeen, Punta Fría y El Canal, son los principales barrios donde el consumo y expendio de drogas acechan las 24 horas del día a los costeños.
SE SIENTEN ABANDONADOS
Sus habitantes dicen sentirse abandonados por el Estado; la poca pesca y el cierre de algunas empresas ha agudizado la situación económica de esta ciudad. En el día, cada cual vive su mundo, y en las calles igual andan magistrados del Tribunal de Apelaciones de la Región Autónoma del Atlántico Sur (RAAS), periodistas, oficinistas, el juez, el fiscal, empresarios, pescadores y policías, así como cualquier cantidad de expendedores y consumidores de drogas.
Al recorrer las calles de Bluefields, es duro observar a un niño de seis años, sin camisa, con un short color café, en chinelas y con un bolso que cuelga de su hombro, comprando varias piedras de crack en el principal callejón que conduce a la Bahía de Bluefields, donde un letrero reza: “Mantengamos limpia la bahía”, pero la misma estaba anegada de basura que botan los pescadores.
El niño compró la droga justo en la casa de un sujeto que hace varios meses fue procesado por el tráfico de estupefacientes, pero después fue sobreseído definitivamente. El pequeño abandonó el callejón, salió a la calle principal de Bluefields, pasó una patrulla policial y la vida siguió normal esa tarde del martes 29 de abril de este año.
QUIERE CAMBIAR
Harry Wgo, dice que “en esta nota a veces a uno le sale peligro grave, a veces le sale buena nota, pero ya estoy cansado de esto. Tengo 13 años consecutivos de consumir, pero estoy aburrido y quiero hacer un cambio en la vida porque ya tengo mis hijos grandes; ellos no viven aquí, y cuando llegan, yo tengo pena y es el tiempo que quiero cambiar porque no puedo pasarles nada (casi llora) y cuando consigo, sólo para eso (para la droga)
Dijo que le gustaría estar aunque sea unos seis meses en un centro de rehabilitación para volver a trabajar dignamente. Es marino y asegura que hay momentos buenos y momentos malos para él. La Policía lo ha detenido varias veces por consumir piedras de crack, marihuana o por “tope” (comprar cosas robadas). “Esos son mis delitos”, destacó.
Otro consumidor de droga, mientras escuchaba a sus amigos, se fumaba en cuestión de segundos una piedra de crack en las “pipas” artesanales. Después se motivó a decir: “Mi oficio es carpintería, jalo agua, vendo queso, chambeo. Tengo mis hijos, pero ellos están grandes, tienen 27, 20 y 13 años; ellos me regañan porque les debo respeto. Es duro esto, uno sufre. Lo más duro es cuando uno cae preso por droga.”
NO ES FICCIÓN, ES REALIDAD
Pero para Humberto Wilson, este problema de la droga no es una ficción, sino una realidad. A su juicio, no es tanto el problema de los drogadictos, sino la falta de ayuda a los mismos para rehabilitarlos.
“No somos los únicos ni somos los últimos, no deberíamos de ser despreciados y apartados de la sociedad, porque igualmente que el alcohólico, el adicto (a la droga) necesita ayuda”, dijo Wilson.
Wilson tiene 49 años, engendró nueve hijos, y desde hace 13 años consume droga. Su situación es difícil, porque se recorre el centro de Bluefields de extremo a extremo viendo qué hace para conseguir droga.
En Bluefields consumen droga jóvenes, adultos, mujeres, hombres. “No hay distinción de raza, sexo ni edades”, dice Thomas H.
“Lo más triste es aceptar la realidad cuando uno se retrata en los hechos del pasado al presente, pero ya no podemos atrapar el pasado, pero yo por lo menos no me doy por vencido, aunque caiga 100 veces, 100 veces voy a tratar de levantarme porque el hombre nunca debe darse por vencido”, sostuvo Wilson.
BUSQUE MAÑANA
Cómo alguien que nació, creció y vivió en El Gueto, es la directora de un colegio ubicado en los cinturones de expendios y consumidores. Ella cada día lucha contra este flagelo y protege a sus pequeños con mucha firmeza.
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