La “decepción” mutua de Latinoamérica y Washington

Marcela Sánchezwashingtonpost.com Si Washington ha tenido motivos para estar “decepcionado” de que Chile, México y otros en Latinoamérica no logran entender el cambio tan sustancial de prioridades que se ha producido desde hace 20 meses, ni cómo la guerra contra Irak se encasilló perfectamente en ese cambio, América Latina también tiene razones para estar “decepcionada”. […]

Marcela Sánchezwashingtonpost.com

Si Washington ha tenido motivos para estar “decepcionado” de que Chile, México y otros en Latinoamérica no logran entender el cambio tan sustancial de prioridades que se ha producido desde hace 20 meses, ni cómo la guerra contra Irak se encasilló perfectamente en ese cambio, América Latina también tiene razones para estar “decepcionada”.

Latinoamérica se ha sentido frustrada con la incapacidad de Estados Unidos para explicar en qué forma después del 11 de septiembre, las reglas del juego en el hemisferio cambiaron drásticamente. Desde entonces las expectativas de Washington son que cada país sepa intuitivamente adaptarse al nuevo contexto mundial de seguridad como primera prioridad, incluso si la amenaza terrorista que lo creó pareciera más alejada e insoluble para la mayoría de ellos.

Los latinoamericanos tienen derecho a una explicación más clara. Después de todo, incluso observadores estadounidenses reconocen que el frecuente enfrentamiento al interior de la Administración Bush ha dejado al mundo en general confundido, cuando no sospechando, acerca de la visión de Washington después del 11 de septiembre.

En una conferencia en el Departamento de Estado sobre el Hemisferio Occidental esta semana, el Secretario de Estado, Colin L. Powell, abrió las puertas a un nuevo comienzo, acogió nuevamente a las naciones descarriadas y declaró que “los desacuerdos llegan y los desacuerdos se van”. Pero curiosamente no fue un diplomático quien ofreció el ejemplo más concreto de cómo el imperativo de seguridad de Washington debería determinar el pensamiento, las acciones y las decisiones cotidianas en Latinoamérica.

Gordon England, el segundo al mando del nuevo Departamento de Seguridad Interna, describió un hemisferio donde algún día contenedores de carga llegarán a las costas estadounidenses y no necesitarán ser inspeccionados. Desde su punto de partida, ya sea un puerto latinoamericano o caribeño, los contenedores habrán sido ya registrados, sellados y rastreados a satisfacción de EE.UU.

Bajo el criterio de seguridad como primera prioridad, Washington espera que los gobiernos a lo largo del hemisferio hagan mucho más para controlar sus fronteras. La preocupación de que ciudadanos de terceros países usen a vecinos estadounidenses para entrar a este país no es nueva, pero el potencial de que lo hagan con la intención de causar daño a otros debe reconocerse y tratarse con urgencia. También viejos delitos entre fronteras de tráfico de armas y drogas, al igual que lavado de dinero, deben ser vistos ahora como actividades que pueden beneficiar a terroristas.

En el contexto actual, Washington se considera tan vulnerable como el más vulnerable de sus vecinos o socios. Por esa razón, no puede ya esperar a que se elijan nuevos gobiernos para construir nuevas agendas de cooperación. Necesita de líderes que vean aquí y ahora lo que debe hacerse y tengan la voluntad de hacerlo.

Aquellos líderes latinoamericanos fuera del selecto grupo de los siete (Colombia, Costa Rica, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Panamá y República Dominicana) que Powell reconoció públicamente “por su valiente posición frente a lo que es correcto, lo que es necesario y lo que es justo”, tienen otra oportunidad. Pueden demostrar ahora el tipo de liderazgo que les faltó antes de la guerra en Irak, cuando, según funcionarios estadounidenses, dejaron que la opinión pública en sus países dictara su oposición al conflicto.

La esperanza aquí es que dichos líderes dejarán a un lado la vieja costumbre de complacer el sentimiento antiestadounidense, que convierte al país del norte en chivo expiatorio y en el origen de todo tipo de males. En cambio, dice Washington, es hora de que dichos líderes acepten sin temores el nuevo reto y convenzan a su pueblo de que es lo correcto para el futuro de la civilización occidental.

Washington clama por un liderazgo en Latinoamérica que vea más allá de las fronteras nacionales y se atreva a retar los viejos principios de no interferencia en los asuntos de otros países.

No se trata sólo de ofrecer apoyo para ayudar en los esfuerzos de reconstrucción en Irak. Powell señaló otras áreas en las que líderes latinoamericanos podrían actuar en forma más significativa, como en asistir multilateralmente a Colombia para enfrentar su amenaza terrorista y de narcotráfico, ayudar a Venezuela a resolver su agitación política interna o ayudar a los cubanos que trabajan por una Cuba democrática y libre y condenar al líder que se interpone en su camino.

Esa es la responsabilidad de Latinoamérica y la expectativa de Washington. Ahora le corresponde a América Latina responder. Si la respuesta es inadecuada, ¿estará Washington nuevamente “decepcionado” o mostrará su propia capacidad de entender?  

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