Jorge Ramos Ávalos
No cabe la menor duda de que al presidente George W. Bush le conviene la guerra. No se trata de ninguna especulación. No es, ni siquiera, un comentario malintencionado. La realidad es que la popularidad de Bush se dispara con cada guerra. Y por eso su estrategia es tener una guerra permanente que le permita reelegirse en la Casa Blanca para el 2004.
Después de destruir al gobierno Talibán y a la red terrorista Al Qaeda en Afganistán, Bush recibió muy buenas calificaciones de los norteamericanos; es lo que esperaban después de los actos terroristas del 11 de septiembre de 2001. Y ahora que el ejército norteamericano ha terminado con el régimen de Saddam Hussein en Irak, siete de cada 10 estadounidenses (según una encuesta Gallup/CNN) apoyan la operación militar a pesar de que no se han encontrado armas químicas o bacteriológicas. Este altísimo nivel de aprobación no existe cuando se le pregunta a los norteamericanos su opinión sobre el estado de la economía. Bush, en la economía, no pasa ni de panzazo.
El fantasma de George Bush, padre, flota en la Casa Blanca. El terror de su hijo es, en este caso, seguir los mismos pasos de su padre: haber ganado la(s) guerra(s) y perder la reelección por la mala situación económica. Por eso Bush hijo nos propone una guerra interminable. Si la guerra continúa la reelección estaría casi asegurada. Pero para eso es preciso meterle miedo a los votantes. Es la filosofía del miedo. Estados Unidos, asegura la Casa Blanca, vive bajo un inminente peligro de nuevos ataques terroristas y por eso es preciso apoyar la nueva doctrina del presidente Bush.
La doctrina Bush es muy simple: pegar antes que te peguen, atacar antes que te ataquen. Pero para eso Bush necesita enemigos fresquecitos. Ya terminó con Afganistán e Irak pero aún están pendientes Corea del Norte, Irán, Siria, Cuba… De lo que se trata es que Bush llegue a las elecciones del martes 2 de noviembre de 2004 empujado por la guerra. Esa ya famosa “guerra contra el terrorismo” es tan global, tan genérica, tan abierta, que no tiene un fin a corto plazo.
Nunca en mi vida he escuchado a tantos políticos acusar a tantas personas y a tantos países con la palabra “terrorista”. Es el insulto de moda, dentro y fuera de Estados Unidos. El presidente colombiano Álvaro Uribe le llama terroristas a los guerrilleros de las FARC que a su vez acusan de terrorista a su gobierno. Hugo Chávez acusa de terroristas a quienes se oponen a su gobierno autoritario mientras que dichos opositores denuncian al presidente de terrorista por matar civiles en las calles de Caracas. Y Estados Unidos, cada vez que se enfrenta a un país u organización que le pone mala cara lo amenaza con incluirlo en su lista de terroristas.
La guerra permanente de Bush requiere tener siempre listos los cañones, una lista bastante larga de enemigos potenciales a quienes atacar en caso necesario y una población atemorizada ante posibles ataques terroristas. Esos tres elementos forman parte de la estrategia de Karl Rove, el principal asesor político del presidente Bush, para reelegir a su jefe.
No es una coincidencia que la Convención Nacional Republicana se vaya a celebrar en Nueva York, en el 2004, unos días antes del tercer aniversario de los actos terroristas del 11 de septiembre. Si Estados Unidos se mantiene en un constante estado de emergencia el comandante en jefe del ejército del país –Bush- tiene una clara ventaja electoral frente a sus contrincantes. Se trata de hacerle creer a los votantes que sin Bush en la presidencia otro 9/11 estaría a la vuelta de la esquina y de etiquetar a los opositores del presidente como antipatriotas. Atacar a Bush es atacar a Estados Unidos, es el sofisma republicano.
Así, los votantes estadounidenses tendrían la siguiente disyuntiva: votan por el candidato demócrata a la presidencia que prometerá, sin duda, mejorar la situación económica pero que no tiene experiencia en la guerra o se quedan con Bush que no pega una en economía pero que ya ha ganado dos guerras. Bush, Rove y los republicanos esperan que la mayoría de los norteamericanos tengan miedo y prefieran quedarse con Bush.
La lógica de la paz no le interesa a Bush. Por eso se ha tardado tanto tiempo en declarar victoria en Irak. De hecho, no declarar victoria total en la guerra contra el terrorismo significa, sencillamente, que para él la guerra continúa. No encontrar a Osama y a Saddam, irónicamente, refuerza su argumento: Estados Unidos sigue amenazado. A Bush le conviene la lógica de la guerra porque mantiene alta su popularidad, porque tiene en jaque, inmovilizados, a sus opositores políticos y porque le ofrece el premio que su padre nunca pudo tener: cuatro años más con un escritorio en la Oficina Oval.
El futuro está muy claro. Bush está enfrascado en una guerra permanente y la única forma de ponerle fin es que los votantes lo saquen de la Casa Blanca en el 2004. Pero su apuesta es que los norteamericanos estarán tan asustados para entonces que no se atreverán a hacerlo.
El autor es periodista