Jorge Eduardo Arellano
De formación académica anglosajona, el doctor Arturo Cruz Sequeira es uno de los docentes de mayor prestigio en el INCAE, un agudo analista económico y uno de los más profundos conocedores de la política norteamericana con respecto a la de América Latina. Al mismo tiempo en virtud de su tradición familiar y trato con figuras notables del país —comenzando por su padre—, ha indagado en las raíces históricas nacionales, empresa que se ha traducido en un excelente trabajo: La República Conservadora de Nicaragua (1858-1893).
En principio esta obra cumple su propósito esencial: dar a conocer mejor la dinámica nicaragüense del siglo XIX. Más aún: trasciende ese límite. Su afán analítico abarca el régimen de J. Santos Zelaya (1893-1909), al que propina una formidable diatriba, afín a su discurso granadinista, o mejor dicho, brillantemente sesgado. En esta dirección, Cruz Sequeira carece del elemento que predicaba don José Coronel Urtecho, su admirado maestro oral: la apoliticidad de la inteligencia.
Asimismo, prescinde de lo que el mismo poeta e historiador había escrito sobre ese fundamental período de nuestra historia en el tomo II b de sus Reflexiones (1967), prefiriendo la simplista opinión que en su senectud el mismo autor —converso en un radical efeselenista— le comunicara: que los Treinta Años habían sido producto de “un grupito de señores granadinos” (pág. 16). Tal expresión —agrega Cruz Sequeira— fue utilizada por Coronel Urtecho “desde agosto de 1991 hasta su muerte en marzo de 1995” (pág. 220), equivocándose de fecha: el deceso del eminente literato fue el 19 de marzo de 1994.
No escasas imprecisiones, al margen de su indiscutible valor —sobre todo en rescate e interpretaciones de cuadros estadísticos— se advierten en su obra. Sin ánimo de disminuirla, señalo algunos. Por ejemplo, afirmar que el asesinato del obispo Antonio de Valdivieso se perpetró en la catedral de León Viejo (pág. 6), cuando tuvo lugar en su residencia mientras jugaba ajedrez; que el escritor Enrique Guzmán fue candidato presidencial en 1878 (pág. 103), confundiéndolo con su padre Fernando; que Buenaventura Selva era “un granadino que colaboró con Walker” (pág. 104), ignorando que había dejado de serlo desde mediados de los decimonónicos años treinta al establecerse y casarse en León, transformándose en un acérrimo liberal y leonesista; y que José Dolores Gámez era de Rivas (pág. 171), no poseía “propiedades de ningún tipo” ni “ningún centavo para moderar sus perspectivas o darle un centro de gravedad a sus ambiciones” (pág. 188). Sin embargo, existen numerosos textos que prueban lo contrario.
Entre ellos, el libro Por el departamento meridional (1905), reproducido en los Cuadernos Centroamericanos de Historia (núm. 6, septiembre-diciembre, 1989, pp. 95-96) y la crónica de Fernando Buitrago Morales “El Boaco que yo conocí” (RAGHN, tomo LII, diciembre, 2001, pp. 68-69) refieren la existencia de dos haciendas de Gámez (“Santa Úrsula” y “La Asunción”) y de mil cien cabezas de ganado que había adquirido en Chontales. También basta consultar cualquier obra de referencia para enterarnos que Gámez nació en 1851 y fue criado en Granada (en la casa que ocupara primero el Teatro Bertini y luego el Cine Colonial). O leer sus “Memorias” para tener noticia de que, desde muy temprano, desplegó su resentimiento contra los granadinos principales, de cuyas costumbres hizo sangrienta mofa (Cfr. Granada: aldea señorial. Managua, CIRA, 2000, pp. 161-164).
Otra tarea, esta vez imprescindible, debió asumir mi querido pariente doble (por Sequeira y Arellano): la utilización de las fuentes primarias —unos catorce mil folios— conservadas en el Archivo de la Prefectura y la Municipalidad de Granada (1856-1893), disponibles al público desde hace diez años. Allí se localiza la mayor cantidad de documentos nacionales que detallan, en forma más que rica, la vida política, social y económica de la República Conservadora; fuentes que Cruz Sequeira privilegia (pág. 15). Pero optó por eludirlas, excepto para revelar un dato fiscal relacionado con doña Luisa Chamorro viuda de Arellano, antepasado común. De lo contrario, la hipótesis central de su tesis hubiera encontrado una sustentación irrebatible e insuperable.
¿Pero esta obra, amena y audaz, ofrece novedades interpretativas de la llamada República Conservadora? Casi ninguna. Porque ya estaba demostrada la categoría de primus inter pares de sus líderes, el probo y escrupuloso manejo de la hacienda pública, el carácter personal más que la inteligencia como definitorio del estilo de esos patricios fundadores, más el proceso de la generación de confianza, destacado por Cruz Sequeira: elementos que forjaron el gradual progreso de los Treinta Años, lo mismo que su democracia oligárquica —similar a la de Costa Rica y Chile— y relativa estabilidad. Y lo que hace Cruz Sequeira es recontar el cuento a su manera. En ese esfuerzo, que soy el primero en reconocer, aclara y selecciona, omite y simplifica hechos. El fenómeno cultural de las tertulias, del cual se documentó insuficientemente, debió merecerle más atención. Al respecto, no aprovecha “La ciudad trágica”, monografía de Granada de Pío Bolaños ni el “Darío íntimo” de Enrique Guzmán Selva. Ambas fuentes proveen preciosos datos sobre las tertulias granadinas. Por eso Cruz Sequeira no cita en ninguna de sus páginas la célebre llamada del “Cacho” que representaba el genuinismo conservador o chamorrista, o sea la política conducida por el “Amo Pedro”, la cual exigía a todo ciudadano para ser presidenciable tres requisitos: 1. Ser granadino; 2. Poseer un capital más que considerable y 3. Creer en Dios.
Autores que editaron obras entre las fechas de aprobación de su disertación doctoral en Oxford y la aparición de su versión en español, tampoco fueron consultados. Aparte del volumen 2, “El siglo XIX” de la Historia básica de Nicaragua (1997), que ofrece la visión coherente que Cruz Sequeira buscaba de ese siglo, debió tomar en cuenta una obra tan decorosa como extensa (425 páginas, 168 más que las suyas): 50 años de vida republicana: 1859-1909 del doctor Enrique Belli Chamorro; y Gobernantes de Nicaragua (1996) de Aldo Díaz Lacayo.
Éste considera a uno de los patricios progresistas de los Treinta Años como “el primer presidente en la historia del país, quien utilizó la influencias de su cargo para enriquecerse, comprando legalmente —a través de una compañía constituida con un amigo— los bonos del tesoro a precios de mercado bastante inferiores a los nominales” (pág. 80), hecho significativo ausente en Cruz Sequeira.
A estas debilidades habría que añadir la contradicción que presenta el Libro al periodizar la República Conservadora de 1858 a 1893 y simultáneamente excluir las administraciones de Roberto Sacasa que, sumando sus dos etapas (la complementaria del efímero gobierno de Evaristo Carazo y la derivada de su elección en 1890), va del 1 de agosto de 1887 al 31 de mayo de 1893. Esa exclusión obedece, según Arturo, a que dicho gobernante rompió con las reglas del juego establecidas: el equilibrio regional en el gabinete —aunque con el predominio oriental— y la ruptura de la no reelección. Sin embargo, el advenimiento al poder del notable médico occidental (había nacido en El Viejo, Chinandega, pero era legítimo ciudadano leonés) respondía a la naturaleza legal del sistema instalado desde la Constitución de 1858.
De acuerdo con el mismo Arturo, éste era un “documento funcional” y, en el caso de sucesión presidencial a raíz de la repentina muerte del presidente Carazo a las dos de la tarde del 1 de agosto de 1889, se puso en práctica. Así, tres horas después se estaba escogiendo a uno de los tres senadores designados para sucederle, siendo favorecido por la suerte Sacasa, quien ya había sido candidato presidencial al igual que su padre Juan Bautista.
Por tanto, Sacasa disponía del respaldo de la constitucionalidad para inclinar la balanza del poder a la región de Occidente, ya que la superación de la desconfianza —argumento principal de la estabilidad mantenida por los conservadores orientales esgrimido por Cruz Sequeira— no se había realmente consolidado al mantener los conservadores granadinos, alevosa y sistemáticamente, su hegemonía sobre León (fueran éstos de su mismo partido y clase). De hecho, impidieron a su oligarquía comercialista adquirir nivel nacional. Uno de sus principales representantes, Santiago Morales —no sin fanfarronería orgullosa— proclamaba: “Si León fue la capital, Granada es ahora el capital”. Y su ideólogo por antonomasia, Anselmo H. Rivas, se arrepentiría de haber contribuido a la caída de Sacasa, conceptuándolo su máximo error político.
En cuanto a la “reelección” de Sacasa no fue tal, pues el 5 de octubre de 1890 se le eligió por primera vez (su primer mandato era provisional o accidental) popularmente. Su candidatura era legal de acuerdo con la Constitución, pudiendo recibir votos, ganar la elección, depositar el poder en la fecha prevista y asumirlo de nuevo el 1 de mayo de 1891, como en efecto lo hizo. No asiste razón a nadie, en consecuencia, para excluir a Sacasa de los Treinta Años, aunque su administración haya sido “desastrosa”, como la califica Cruz Sequeira y a su gestor “débil e ineficaz”. Pero el mismo Sacasa se defendió de todas las acusaciones que le adjudicaron sus enemigos en memorial firmado en León, julio de 1895, inserto en su Corona fúnebre (1897) y difundido en la RAGHN, tomo XLIX, diciembre, 2000, pp. 151-172.
Desde luego ese documento no brilla por su presencia en la exegétic obra de Cruz Sequeira, como también el acontecimiento social y bélico más importante de los Treinta Años: la rebelión en 1881 de los indígenas de Matagalpa en respuesta al trabajo forzoso que, en nombre del progreso, les había impuesto el gobierno de Joaquín Zavala. Como se sabe, en la represión de ese movimiento (¡murieron centenares de indígenas!) no estaba desvinculada del proceso de aniquilación de sus comunidades y valores culturales.
El autor es director de la Academia
Nicaragua de Lengua.