Jeffrey E. Garten
No es de extrañar que una Administración preocupada por Irak y el terrorismo haya tenido poco tiempo para ocuparse de otras crisis. Sin embargo, pudiera ser que los EE.UU. tenga que involucrarse durante años y años en la lucha contra los fanáticos, por lo que es esencial que otros problemas serios sigan tomándose como alta prioridad en la agenda de Washington. Por ejemplo: América Latina.
Tomo como ejemplo el caso de México. Apenas unos pocos días antes de los ataques del 11 de septiembre, los presidentes George W. Bush y Vicente Fox estaban trabajando en un arreglo para resolver el status de 3.5 millones de trabajadores mejicanos ilegales en los Estados Unidos, y después de septiembre 11 se abandonó el proyecto, dando como resultado que millones de mejicanos continuaran cruzando ilegalmente la frontera, sometidos muchos de ellos a abusos físicos cuando capturados, corriendo aún mayores riesgos ante unas medidas de seguridad mucho más rigurosas. Y todo esto sucede a pesar de que los Estados Unidos necesita trabajadores mejicanos productivos. Más aún, estos asuntos laborales han enfriado la cooperación entre los Estados Unidos y México sobre el comercio, la protección del medio ambiente, el tráfico ilegal de narcóticos, y el compartir de la energía y el agua.
La situación financiera del Brasil apunta también hacia otra crisis potencial. Su deuda pública de US$290 billones corresponde al 60 por ciento de la producción nacional. Los préstamos e inversiones de la banca extranjera en el mercado de valores brasileño está creciendo. Y si los tipos de interés locales continúan incrementando los costos del servicio de la deuda, es posible que a principios del próximo año ya no se puedan honrar esas deudas. Éstas son malas noticias para muchos de los principales bancos norteamericanos.
Argentina pasa por un caos político. Su economía se contraerá este año por lo menos en un 11 por ciento, no pudiendo pagar más de US$100 billones de la deuda a los bancos comerciales y en US$800 millones a uno de sus más recientes prestatarios, el Banco Mundial. En Venezuela, las violentas huelgas con un presidente políticamente aislado ha vuelto al país casi ingobernable, mientras su economía se hunde cada vez más en una profunda recesión. Colombia está cayendo en un trágico abismo al extenderse su banda de narco-guerrilla de la montaña a las ciudades.
La más grande iniciativa hemisférica de los EE.UU., el acuerdo de libre comercio con todas las Américas camina a paso de tortuga. Una de las razones: las naciones de América Latina, encabezadas por Brasil, se preguntan qué ventajas les acarrearía este convenio, ya que Washington continúa bloqueando sus exportaciones críticas con tarifas y subsidios.
Para los Estados Unidos el costo de esta escalada de problemas podría ser alto. Cerca del 20 por ciento de todas sus exportaciones van para América Latina, versus el 16 por ciento que va a las naciones en vías de desarrollo de Asia del Este. Debido a la contracción económica en el Hemisferio Sur el déficit comercial de los Estados Unidos en la región aumentó a 31 por ciento durante los primeros ocho meses del año pasado. El monto de inversión directa norteamericana en América Latina es de cerca de los US$163 billones, más del 30 por ciento que la de Asia del Este (excluyendo Japón). Las empresas norteamericanas, desde AOL, Time Warner Inc. hasta General Motors Corp., seguramente están preocupadas por el futuro de sus inversiones.
Lo que está en juego es importante. En tiempos de lento crecimiento económico global, las crisis financieras de Brasil y Argentina pueden esparcirse a otros mercados emergentes. El creciente escepticismo que se observa desde la ciudad de México hasta Buenos Aires sobre los beneficios de la globalización, pudieran revivir políticas populistas y proteccionistas.
El fracaso económico y político pueden también minar la seguridad hemisférica. El periodista investigador Jeffrey Goldberg escribió en The New Yorker asegurando que Hamas y Hezbollah de Al Qaeda están en Sur América. La cooperación entre la creciente red de narcotraficantes y terroristas es ahora mucho más real.
Washington debe enfrentar esta crisis regional. Debe volverle a inyectar vida a la NAFTA, primero con un arreglo sobre la mano de obra mejicana en los Estados Unidos, mediante una amplia cooperación en cuanto a la seguridad fronteriza que incremente en vez de que obstaculice el comercio. Ambos países deberían aumentar sus inversiones en sus sistemas de transporte para empujar el comercio en toda Norteamérica.
Los Estados Unidos deberían acercarse al nuevo presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva y apoyarlo con el Fondo Monetario Internacional, para suministrarle mayor asistencia. A fin de lograr que se muevan más rápidamente las negociaciones comerciales y para animar a que Brasil las apoye, el presidente George W. Bush podría demostrar su buena voluntad levantando las barreras a las exportaciones brasileñas, acero, cítricos y azúcar, entre otros. Washington podría también enviar una misión comercial de alto nivel a Río de Janeiro y Sao Paulo a construir fuertes vínculos comerciales entre las dos naciones.
Por supuesto, es esencial que los gobiernos de América Latina fortalezcan la administración de sus sectores públicos implementando políticas económicas sólidas. Es verdad que hay mucho por hacer en estos campos, pero estos países son los socios naturales de los Estados Unidos en lo económico, en la seguridad, y merecen una ayuda y una atención seria de parte del Tío Sam. Este año Washington debe demostrar un compromiso más profundo y renovado hacia la región.
El autor es decano de la facultad de Maestría en Administración de Negocios de la Universidad de Yale, EE.UU. Autor de “Una Nueva Agenda para los Líderes Empresariales: de “Los políticos de fortuna”.