- La guerra en Irak rompió con los conceptos de seguridad colectiva empleados desde 1945, del uso de la fuerza en nombre de la comunidad internacional y de las Naciones Unidas. Supone el fin en la práctica de las viejas doctrinas de defensa de EE.UU. y la aplicación de una nueva idea de “defensa preventiva” conveniente a la superpotencia. En este escenario, ¿qué papel desempeñará en adelante la ONU?
Carlos Murillo Zamora (*)ESPECIAL PARA LA PRENSA
Tras el final de la Guerra Fría se consideró que había comenzado una nueva era en las relaciones internacionales. El presidente Bush (padre) proclamó, en 1990, un “nuevo orden mundial”. Los optimistas hablaron del “fin de la historia” (F. Fukuyama) y los pesimistas acerca del “choque de civilizaciones” (S. Huntington) y el “desorden mundial”.
Pero luego de la primera Guerra del Golfo en 1991 y de los eventos del 11 de septiembre se consideró que el cambio real —y aún más un nuevo orden— se dio a partir de esos momentos, construyéndose una “alianza contra el terrorismo”, liderada por EE.UU., con apoyo, entre muchos, de Rusia y China. Sin embargo, tras la Guerra en Irak se vuelve a hablar de una transformación profunda del orden internacional, incluidas opciones como la desaparición de la ONU.
La cuestión es que las tres coyunturas anteriores hay que verlas como parte de un fenómeno más amplio: la fractura del orden internacional establecido tras la Segunda Guerra Mundial (GM), caracterizado por un juego de poder bipolar —eje Washington-Moscú— y por un esquema de paz y seguridad internacionales fundamentado en el predominio de cinco superpotencias en el Consejo de Seguridad.
Además téngase en cuenta que ese orden de posguerra constituyó un nuevo ajuste del esquema establecido en 1648 por el Tratado de Paz de Westfalia —en el que se formuló la noción de un sistema dominado por estados soberanos— al que se le hicieron modificaciones en 1815 (Congreso de Viena) y en 1919 (establecimiento de la Sociedad de Naciones).
Sin embargo, la evidencia parece indicar que esta nueva fractura es una especie de “big bang” del cambio, de acuerdo con K. J. Holsti; puesto que las tendencias muestran variaciones en la perspectiva de la guerra como recurso de los estados; en la política exterior de la hiperpotencia estadounidense y en las organizaciones internacionales como mecanismo de cooperación (coordinación/colaboración) en el sistema internacional.
NUEVAS DOCTRINAS ESTRATÉGICAS Y OTRO ENFOQUE DEL USO DE LA FUERZA
Con la guerra en Irak, y tras las operaciones armadas en Afganistán, los recientes acuerdos militares entre los EE.UU. y países como Filipinas, la decisión norcoreana de reactivar sus programas nucleares, la política china de renovación y fortalecimiento de su arsenal balístico y el nuevo discurso de Tokio en asunto de seguridad y defensa, surge una nueva perspectiva del recurso al uso de la fuerza.
A lo que se unen, al menos, cinco elementos claves en el escenario mundial —todos vinculados a Washington—: el “Proyecto de Nuevo Siglo Americano” (PNAC, siglas en inglés), formulado por un reducido grupo de ultraconservadores estadounidenses desde mediados de los años 1990; la “Doctrina Bush” que concibe el carácter de los regímenes como factor crítico en la determinación de la conducta estatal; el creciente fundamentalismo cristiano, presente en el discurso de la actual administración de los EE.UU.; la tesis de la “defensa preventiva”, resumida en la idea que la “seguridad nacional” de una potencia debe garantizarse lo más distante posible de su territorio y amerita el ataque ante cualquier sospecha de potencial amenaza; y la noción de hiperpotencia, introducida por el ex canciller francés, H. Védrine, en la que se combinan los atributos típicos de la superpotencia con aquellos del “poder blando” (soft-power).
La convergencia de estos elementos en el caso de Irak evidencia que la Administración Bush está encaminada a replantear el orden que se construyó a partir de las propuestas de un antecesor suyo —el presidente W. Wilson en sus “14 puntos”—. Ese orden internacional, establecido tras la SGM, se asentó en la idea de la “guerra legal” y en el uso del recurso a la fuerza en nombre de la comunidad internacional, liderada por una organización —ONU—, dominada por las superpotencias.
Mientras que el triunfo estadounidense en Irak rompe con ese esquema de paz y seguridad internacionales y parece colocar la garantía de esa paz y seguridad en manos de la hiperpotencia, con capacidad de predominio militar global y hegemonía política (no económica, y es lo que procura obtener al controlar las reservas de petróleo en Irak). Así Washington decidiría cuando se puede iniciar una acción armada contra un miembro de la comunidad internacional, a pesar de la opinión y oposición de la gran mayoría de esa comunidad.
Esto último se hizo evidente cuando India argumentó que también tenía derecho a recurrir a la doctrina de la “defensa preventiva” en el caso de Cachemira; y los EE.UU. le advirtieron que no era aplicable —aunque Washington si ha permitido su uso por parte de Israel—.
Bajo el nuevo esquema internacional, como se deduce del PNAC, las decisiones claves en el orden mundial no están en función del interés nacional de los estados miembros de la ONU, ni del interés colectivo de la humanidad o, incluso, del mismo pueblo estadounidense, sino de los intereses de un gobierno en particular y de las empresas que respaldan al gobernante de turno.
Por consiguiente, el recurso a la guerra adquiere una nueva connotación en momentos de una gran fractura del orden internacional, y en el marco de una guerra en donde la víctimas son civiles —que en Irak también habían sido las víctimas de la dictadura de Saddam Hussein—.
LA POLÍTICA EXTERIOR DE LA HIPERPOTENCIA
Se supone que la política exterior de un país es el resultado de la convergencia de los intereses nacionales en las distintas esferas del quehacer estatal, de la perspectiva que tenga el Estado del escenario y orden internacionales y de la experiencia histórica de la nación; expresados según el liderazgo de turno.
Sin embargo, en la práctica la visión y los intereses de un grupo reducido imponen una política en clara contradicción con la opinión pública y con los principios rectores de la política exterior. Esto es, lo que según una serie de evidencias, está ocurriendo en los EE.UU. con la Administración Bush —aunque no es el único caso, pues en Centroamérica sucede algo similar—.
Lo anterior no quiere decir que en el pasado esa potencia no haya participado en “guerras ajenas” en nombre del interés nacional estadounidense. Lo que significa es que en el caso de Irak, las razones, motivaciones y argumentos son muy distintos de los casos anteriores. Incluso recuérdese que en la Guerra del Golfo hubo un gran consenso en torno a la acción armada, respaldada por la ONU, para expulsar al ejército de Saddam Hussein de Kuwait.
Una coalición que en realidad eran tropas de los EE.UU. con el apoyo de otros países. Como tampoco quiere decir que la denominada “alianza contra el terrorismo”, propuesta para el actual presidente Bush, tras los eventos del 11 de septiembre, fuera contraria a los principios e intereses de ese país y de la comunidad internacional.
“LOS VERDADEROS INTERESES DE LA ADMINISTRACIÓN”
La cuestión está en los verdaderos orígenes y razones de la política exterior de la Administración Bush, que parecen responder a los intereses de unas pocas compañías petroleras, financieras, militares y de construcción, más que a los intereses del pueblo estadounidense y a los principios que a lo largo de más de dos siglos han definido los grandes líderes de ese país.
Aún cuando en el discurso oficial se proclamen algunos conceptos y argumentos, como la cuestión de las armas de destrucción masiva en poder del régimen dictatorial, que no han aparecido hasta ahora —aunque en el pasado sí las hubo, como lo reconoció el mismo Hussein, construidas con materia prima aportada por los EE.UU., como muestran documentos de la CIA recién desclasificados—.
Por lo tanto, la política exterior de la hiperpotencia comienza a dejar de ser una auténtica “política exterior” y a convertirse en una política doméstica, cuyas decisiones están casi exclusivamente en función del interés de la élite gobernante. Como se evidencia con el creciente “unilateralismo paralelo” y el rechazo al multilateralismo —sólo utilizado cuando conviene a los intereses estadounidenses—.
En el contexto internacional de hoy, la política exterior de Bush obliga a cuestionar la vigencia de los principios que sirvieron de base al orden de posguerra, entre ellos los de no intervención y libre autodeterminación.
(*) Carlos Murillo Zamora es costarricense, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional en Costa Rica. Ha sido profesor visitante en Managua.
VER TAMBIÉN:
¿Qué pasará con las organizaciones internacionales en el siglo XXI?